sábado, 1 de agosto de 2015

Cómo Ala mató a la ciencia


Advertencia.- Robert Spencer, el autor del siguiente texto, es un autor con el cual no compartimos muchas ideas. Pro sionista, con una opinión demasiado negativa de la Edad Media (o mejor dicho, Época Cristiana) europea (muy en consonancia, paradójicamente, con el pensamiento políticamente correcto, a pesar del titulo de su libro); no obstante, en este artículo hace observaciones y menciona hechos bastante importantes e innegables contra el mito de la pretendida la gran cultura islámica.


Extracto del Libro “Guía Políticamente Incorrecta del Islam”
de Robert Spencer

Capítulo 7 Cómo Alá mató a la ciencia

El florecimiento de la cultura islámica es legendario. Los musulmanes inventaron el álgebra, el número cero y el astrolabio (un antiguo instrumento de navegación). Abrieron nuevos caminos en la agricultura y preservaron la filosofía aristotélica mientras Europa se adentraba en la Alta Edad Media. Prácticamente en todos los campos, los imperios islámicos de épocas pasadas superaron ampliamente los logros de sus contemporáneos no musulmanes de Europa y del resto del mundo. ¿Fue así en realidad? Bueno, no exactamente, a menos que valgan las imitaciones.

El arte y la música

Todos hemos oído hablar de la literatura islámica, o al menos del poeta sufí Jalaluddín Rumi (1207-1273) y Las mil y una noches. También se conoce al poeta persa Abu Nuwas (762-814), cuyos puntos de vista heterodoxos acerca de la homosexualidad van a ser considerados en el capítulo ocho; Al-Mutanabbi (915-965), cuyo apellido significa «uno que se considera un profeta»; el heterodoxo sufí turco Nesimi (¿?—1417), y el poeta épico persa Hakim Abu al- asim Mansur Firdowsi (935-1020), que glosó en verso la historia de Persia, utilizando como fuentes las crónicas cristianas y zoroastrianas, extraviadas mucho tiempo atrás. Muchos de estos hombres eran herejes islámicos declarados, y pocos de ellos parecen haberse inspirado en el islam propiamente dicho, con la posible excepción de la alegoría del siglo XII de Farid ud-Din Attar, La conferencia de los pájaros. Dejaron como legado muchas obras relevantes, pero la mayoría se han destacado no por su carácter islámico sino por estar desprovistas del mismo. Sin embargo, consignar el poder inspirador del islam sería equivalente a avalar al sistema soviético por las obras de Mandelstam, Sajarov o incluso Solzhenitsyn. Además ¿qué sucede con las realizaciones islámicas en otros campos artísticos? ¿Dónde están el Beethoven o el Miguel Ángel musulmanes? ¿Dónde se puede escuchar el equivalente islámico del Concierto para piano n.° 20 de Mozart, o disfrutar con una Mona Lisa o una Piedad islámicas? No hay que dedicar demasiado tiempo a esa búsqueda. En los países islámicos existen la música y el arte, y algunos musulmanes han sido responsables de importantes logros musicales y artísticos, pero siempre se han generado a pesar del islam; no ha habido un desarrollo comparable con las tradiciones musicales y artísticas occidentales, porque la ley islámica proscribe las representaciones de la figura humana, tanto musicales como artísticas.

En el campo de la música, no existe en el islam nada parecido a la Misa en Si menor de Bach o al gospel, sobre todo porque en la religión no hay cabida para la creatividad musical. La ley islámica, citando algunos hadices, invoca al mismo Mahoma para avalar la prohibición de los instrumentos musicales: Alá todopoderoso y majestuoso me ha enviado como guía y piedad para los fieles, y me ha ordenado abolir los instrumentos musicales, las flautas, las cuerdas y todo lo correspondiente al periodo preislámico de ignorancia. El Día de la Resurrección, Alá verterá plomo fundido en las orejas de quienes se sienten a escuchar canciones. La música hace crecer la hipocresía en el corazón como lo hace el agua con la hierba. «Esta comunidad va a experimentar osas tales como que algunas personas sean tragadas por la tierra, algunos de ellos se van a metamorfosear en animales, y van a recibir una avalancha de piedras». Alguien preguntó: «¿Cuándo sucederá esto, oh, Mensajero de Alá?», y él respondió: «Cuando aparecen las canciones y los instrumentos musicales, el vino se vuelve lícito». Habrá gente en mi comunidad que aceptará la fornicación, la seda y el vino, y los instrumentos musicales serán considerados lícitos. Aquí no se trata de leyes antiguas que han perdido actualmente su vigencia universal, como alguna normativa americana colonial que prohibía escupir en la acera. El ayatolá Jomeini de Irán se expresó con vehemencia acerca del carácter maligno de la música, y no solamente del rock and roll o del rap, sino de todo tipo de música: La música corrompe las mentes de la juventud. No hay ninguna diferencia entre la música y el opio. Ambos causan letargo por diversas vías. Si queréis que vuestro país sea independiente, entonces prohibid la música. La música constituye una traición a nuestra nación y a nuestra juventud. ¿Y qué pasa con el arte? La prohibición de la representación figurativa en el arte posee un carácter todavía más absoluto. Mahoma dijo: «Los ángeles no entran a una casa en la cual hay un perro o imágenes [...] de seres vivos (de un ser humano o de un animal, etc.)». No hay ninguna palabra de aliento para algún Caravaggio en ciernes. Por supuesto, los museos occidentales van a hacer todo lo posible para exhibir las obras disponibles en esmalte o caligrafía con el fin de hacer honor al arte islámico (ya que las maravillas arquitectónicas y artísticas que se encuentran dentro de las mezquitas no pueden ser trasladadas fuera de ellas), pero en comparación con la tradición artística occidental, solamente los más ignorantes multiculturalistas se negarían a admitir que se trata de un repertorio bastante reducido.

Mito políticamente correcto: el islam, base del florecimiento cultural y científico

En realidad, el islam no constituyó el inicio de ningún desarrollo significativo al nivel cultural o científico. Es innegable que hubo un gran florecimiento cultural y científico en el mundo islámico de la Edad Media, pero no existe ningún indicio de que este proceso tuviera realmente su origen en el islam. De hecho, hay considerables evidencias de que no provino del islam, sino de los no musulmanes que estaban al servicio de sus amos musulmanes en la ejecución de distintas tareas. Por ejemplo, el diseño arquitectónico de las mezquitas, que es una fuente de orgullo entre los musulmanes, fue copiado del de las iglesias bizantinas (y, desde luego, la construcción de cúpulas y arcos tuvo su desarrollo más de mil años antes del advenimiento del islam). La Cúpula de la Roca, del siglo VII, considerada hoy en día como la primera gran mezquita, no sólo fue copiada de modelos bizantinos, sino que fue construida por artesanos bizantinos. Resulta por demás interesante el hecho de que las innovaciones arquitectónicas islámicas tengan su origen en necesidades militares. Oleg Grabar, un historiador del arte y la arquitectura islámicos, explica: «Independientemente de su función social o personal, es muy raro ver algún monumento importante de la arquitectura islámica que no refleje de alguna manera al poder [...] La ostentación raramente se encuentra ausente de la arquitectura, y casi siempre constituye una expresión del poder [...] Por ejemplo, en el siglo XI en El Cairo, o en el siglo XIV en Granada, los portones estaban construidos empleando una inusual cantidad de diferentes técnicas de bóvedas. Las trompas coexistían con las pechinas, las bóvedas de cañón con las bóvedas en cruz, los simples arcos de medio punto con arcos polilobulados o de herradura [...] Es posible que algunas de las innovaciones islámicas en las técnicas para las bóvedas, particularmente la ejecución de trompas y de bóvedas en cruz, fueran el resultado directo de la importancia de la arquitectura militar, dentro de la cual la fortaleza y la prevención de incendios, tan comunes en los techos y cielorrasos de madera, eran sus objetivos primordiales».

Existen numerosos ejemplos adicionales al respecto. El astrolabio fue desarrollado, perfeccionado, mucho antes del nacimiento de Mahoma. Avicena (980-1037), Averroes (1128-1198) y otros filósofos musulmanes realizaron sus elaboraciones sobre la base de la obra del pagano griego Aristóteles. Los cristianos preservaron la obra de Aristóteles de los estragos de la Alta Edad Media, como el sacerdote del siglo V Probus de Antioquía, que introdujo a Aristóteles en el mundo de lengua árabe.166 El cristiano Huneyn ibn Isaac (809-873) tradujo muchos trabajos de Aristóteles, Galeno, Platón e Hipócrates al sirio, y luego su hijo los tradujo ni árabe. El jacobita (sirio) cristiano Yahya ibn Adi (893-974) también ira dujo obras filosóficas al árabe, y escribió la suya propia; en ocasiones, su tratado La reforma de las moralidades ha sido atribuido, erróneamente, a algunos de sus contemporáneos musulmanes. Su discípulo, un cristiano llamado Abu Ali Isa ibn Zur'a (943-1008), también hizo traducciones de textos de Aristóteles y de otros escritores griegos del sirio al árabe. El primer tratado médico en lengua árabe fue escrito por un sacerdote cristiano y traducido al árabe en el año 683 por un médico judío. El primer hospital de Bagdad durante el auge del califato abasida fue construido por un cristiano nestoriano llamado Jabrail ibn Bakhtishu. Los cristianos asirios fundaron una escuela médica pionera en Gundeshapur, Persia. La primera universidad del mundo pudo no haber sido, como muchas veces se dice, la de los musulmanes de Al-Azhar en El Cairo, sino la Escuela Asiría de Nisibis. Estos hechos no tienen nada de vergonzoso. Ninguna cultura existe en el vacío, sino que se construye sobre la base de los logros de otras culturas y se nutre de aquellas con las que se halla en contacto.

Pero los antecedentes históricos no pueden sustentar la idea de que el islam ha dado origen a una cultura superadora de las demás. En alguna época, la cultura islámica estuvo más avanzada que las europeas, pero esa superioridad corresponde exactamente al periodo en el cual los musulmanes eran capaces de utilizar y continuar las realizaciones de la civilización bizantina y de otras más. Después de todo, los musulmanes que invadieron Persia en el siglo VII estaban tan poco civilizados, en comparación con los conquistados, que cambiaban oro (elemento que nunca habían visto antes) por plata (que ya conocían) y usaban alcanfor, una sustancia completamente nueva para ellos, para cocinar. ¿Podemos creer que esos hombres rudos ingresaron en su nuevo entorno acarreando bajo su armamento nuevos y osados planes artísticos y arquitectónicos? Pero cuando se apropiaron de todo lo que podían obtener en Bizancio y en Persia, y cuando una cantidad significativa de judíos y cristianos fueron convertidos al islam o quedaron totalmente sometidos al mismo, éste entró en un período de estancamiento intelectual del cual todavía no ha podido salir. Resulta aún más embarazosa la pregunta de por qué el islam, si realmente alcanzó un nivel tan alto de logros culturales, cayó en esa acelerada y persistente decadencia.

¿Qué pasó con la Edad de Oro?

Es verdad: hubo una época en la cual los musulmanes lideraban al resto del mundo en varios campos intelectuales, especialmente en las matemáticas y la ciencia. Pero después de esta «Edad de Oro» se produjo tal grado de decadencia que casi no han quedado rastros de este período en el mundo islámico. Tomemos en consideración, por ejemplo, las ciencias médicas. Los musulmanes instalaron las primeras farmacias y fueron los primeros en requerir estándares de conocimiento y competencia para los doctores y farmacéuticos, que debían superar un examen. En la época del quinto califa abasida, Harun al-Rashid (763-809), se estableció el primer hospital de Bagdad, y luego lo siguieron muchos más. En realidad no fue un musulmán sino un físico e investigador nacido en Bruselas, Andrés Vesalio (1514-1564), quien abrió el camino a los modernos avances médicos por medio de la publicación, en 1543, de la primera descripción correcta de los órganos internos del ser humano: De Humani Corporis Fabrica. ¿Por qué? Porque Vesalio podía disecar cuerpos humanos, mientras que esta práctica estaba prohibida en el islam. Además, el libro de Vesalio contiene dibujos anatómicos detallados, y en el islam están prohibidas las representaciones artísticas del cuerpo humano. Lo mismo sucede en el campo de las matemáticas. Abu Ja'far Mohamed ibn Musa al-Jwrizmi (780-850) fue un matemático pionero cuyo tratado sobre álgebra, una vez traducido del árabe, hizo que varias generaciones de europeos accedieran a las escasas satisfacciones que brinda esa rama de las matemáticas.

Pero, de hecho, los principios sobre los que trabajaba Al-Juarizmi habían sido descubiertos varios siglos antes de su nacimiento, incluyendo el cero, que con frecuencia es atribuido a los musulmanes. Inclusive lo que actualmente se conoce como «numerales arábigos» no tuvieron su origen en Arabia, sino en la India preislámica, y en la actualidad no se utilizan en la lengua árabe. De todos modos, no se puede negar la influencia ejercida por Al-Juarizmi. La palabra álgebra proviene de la primera palabra del título de su tratado Al-Jabr iva al- Muqabilah, y la palabra algoritmo es una derivación de su nombre. El trabajo de Al-Juarizmi ha abierto nuevas vías de exploración matemática y científica en Europa; pero entonces, ¿por qué no sucedió lo mismo en el mundo islámico? Los resultados son evidentes: los europeos finalmente utilizaron el álgebra, conjuntamente con otros descubrimientos, para realizar significativos avances tecnológicos, mientras que no lo hicieron los musulmanes. ¿Por qué? Una de las respuestas es que Europa tenía una larga tradición intelectual que hizo posibles estas innovaciones, lo cual no sucedía en el mundo islámico. Esto también incluía la utilización de las palabras árabes de un modo que no lo hacían los musulmanes: en las universidades europeas del siglo XII, y también posteriormente, se estudiaba a Aristóteles y a sus comentaristas musulmanes Avicena y Averroes, mientras que en el mundo islámico su trabajo era completamente ignorado y no se enseñaba en las escuelas, que en esa época, al igual que en la actualidad, se concentraban mayormente en el estudio y memorización del Corán. También han existido otros notables filósofos islámicos. ¿Por qué se leía a Avicena y Averroes en Occidente, pero sólo en forma excepcional dentro de sus propias tradiciones? ¿Por qué ni siquiera se enseñaba filosofía en las escuelas islámicas de aquella época? En gran medida, la responsabilidad por esta situación recae en el sufí Abu Hamid al- azali (1058-1128).

A pesar de ser un importante pensador, se convirtió en el principal portavoz de una corriente de anti intelectualismo que sofocó gran parte del pensamiento filosófico y científico islámico. Según señala Al-Gazali, algunos filósofos eran un tanto reticentes a abrazar las verdades reveladas del Corán: Abu Yusuf Yaqub ibn Ishaq al- Sabbah al-Kindi (801-873), por ejemplo, había sugerido que la religión y la filosofía eran dos vías diferentes pero equivalentes en el camino hacia la verdad. En otras palabras, los filósofos no necesitaban prestar atención o rendir homenaje al Corán, con su egoísta profeta y su burdel en el Paraíso. Abu Bakr ar-Razi (864-930), conocido en Occidente como Rasis, va incluso más allá al decir que sólo la filosofía conduce a la verdad suprema. Otros filósofos musulmanes transitaron por vías igualmente peligrosas de indagación. En su texto La incoherencia de los filósofos, Al-Gazali acusa así a los filósofos musulmanes de «negación de las leyes reveladas y de las confesiones religiosas», y de «rechazo de los detalles de la [enseñanza] religiosa y sectaria, creyendo que se trata de leyes artificiosas y de ardides exagerados». Acusa a los filósofos musulmanes Al-Farabi y Avicena de desafiar «los [verdaderos] principios de la religión». Al final de La incoherencia de los filósofos, Al-Gazali plantea una pregunta retórica sobre los filósofos: «¿Se podría decir entonces, en forma concluyente, que son infieles y que es obligatorio matar a aquellos que sostienen sus creencias?». A lo que responde: «Es necesario proclamarlos infieles en tres cuestiones», referidas a sus enseñanzas acerca de la existencia eterna del mundo, de que Alá no tiene conocimiento de los asuntos particulares sino sólo de los universales, y de que no existe la resurrección del cuerpo. De este modo, según la ley islámica, era «obligatorio» matarlos. Se trata de una buena manera de propiciar el desarrollo de una pujante tradición filosófica. Después de Al-Gazali vinieron otros filósofos musulmanes, pero nunca llegaron a alcanzar el nivel de Avicena. Averroes (Abul-Walid Mohamed Ibn Ruschd) le respondió a Al-Gazali en un libro titulado Incoherencia de la incoherencia, insistiendo en que los filósofos no tienen que doblegarse ante los teólogos, pero el daño ya estaba hecho. La Edad de Oro de la filosofía islámica, si es que la hubo, había llegado a su fin.

El ataque de Al-Gazali a los filósofos constituyó una sofisticada manifestación de una tendencia que siempre ha dificultado el desarrollo intelectual en el mundo islámico: existe una presunción predominante de que el Corán es el libro perfecto y que no se necesita nada más. Con la idea de que el Corán es el libro perfecto y que la sociedad islámica es la civilización perfecta, gran cantidad de musulmanes pensaban que no necesitaban tener ningún conocimiento proveniente de otras fuentes, y mucho menos de los infieles.

Alá mata a la ciencia

Pero el mayor golpe de gracia a la investigación islámica científica y filosófica ha podido tener su origen, por cierto, en el mismo Corán. El libro sagrado del islam refleja a Alá como totalmente soberano y sin ningún tipo de limitaciones. Esta soberanía era tan absoluta que quedaba excluida la idea fundamental que permitió generar el desarrollo de la ciencia en Europa: los judíos y los cristianos creen que Dios es bueno y que Su bondad es coherente. No obstante, Él creó el universo de acuerdo con leyes racionales que pueden ser desveladas, haciendo posible la investigación científica. Santo Tomás de Aquino lo explica así: En la medida en que los principios de algunas ciencias —por ejemplo, la lógica, la geometría y la aritmética— se derivan exclusivamente de los principios formales de las cosas, de las cuales depende su esencia, se deduce que Dios no puede contradecir estos principios; El no puede hacer que el género no sea predecible en las especies, ni que las líneas trazadas desde el centro de un círculo hasta su circunferencia no sean iguales, ni que los tres ángulos de un triángulo rectángulo no sean iguales a dos ángulos rectos. Pero en el islam, Alá es completamente libre. Al-Gazali y otros no estaban de acuerdo con la idea misma de que había leyes de la naturaleza; eso hubiera sido una blasfemia, una negación de la libertad de Alá. La afirmación de que Él creó el universo de acuerdo con leyes coherentes y racionales, o de que Él «no podía» hacer algo, como lo afirma aquí Aquino, hubiera sido limitar su absoluta soberanía. Su voluntad lo controla todo, pero es inescrutable. Así, el desarrollo de la ciencia moderna tuvo lugar en la Europa cristiana en vez de producirse en la Casa del Islam. En el mundo islámico, Alá mató a la ciencia.

No todo está perdido, hay algunas cosas que podemos agradecer al islam


Sin embargo, esto no quiere decir que no puedan atribuirse al islam ciertos logros intelectuales, científicos o artísticos. De hecho, podemos atribuir a la Casa del Islam dos logros significativos: el descubrimiento del Nuevo Mundo y el Renacimiento en Europa. Todos los escolares saben, o al menos lo sabían, que en 1492 Cristóbal Colón atravesó el océano y descubrió América cuando buscaba una nueva vía marítima hacia Asia. ¿Por qué buscaba una nueva ruta hacia Asia? Porque la caída de Constantinopla en manos de los musulmanes en 1453 clausuró las rutas comerciales hacia el oriente. Esto tuvo efectos devastadores para los comerciantes europeos, que hasta ese momento viajaban a Asia por tierra para traer especias y otras mercancías. Colón intentaba resolver la grave situación de esos mercaderes, evitando el encuentro con los musulmanes al hacer posible que los europeos llegaran a la India por vía marítima. Por consiguiente, la belicosidad y la intransigencia del islam finalmente permitieron que Europa descubriera América. Otra de las consecuencias de la caída de Constantinopla, y de la precedente lenta y prolongada agonía del Imperio bizantino, fue la emigración de intelectuales griegos a Europa occidental. La expansión territorial musulmana a expensas de los bizantinos determinó que muchos griegos buscaran refugio en Occidente, con lo cual las universidades occidentales empezaron a contar con una cantidad sin precedentes de platónicos y aristotélicos. Esto condujo al redescubrimiento de la filosofía y de la literatura, y a un grado de florecimiento intelectual y cultural nunca visto anteriormente (y que nunca más se volvería a ver). Puede ser que la decadencia caída del Imperio bizantino haya sido una contribución musulmana a la historia de la filosofía y a la vida intelectual delmundo occidental mayor aún que la preservación árabe de Aristóteles. Evidentemente, ninguna de estas dos consecuencias ha sido realmente un «logro» islámico. Se trata del resultado de la aplicación de las violentas doctrinas del islam analizadas anteriormente. Pero en términos de sus efectos reales sobre el mundo, trascienden ampliamente a la existencia de toda una colección de tratados filosóficos islámicos y de un cargamento completo de caligrafías. 

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