viernes, 21 de febrero de 2014

¿Qué hay detrás de la ideología de la no discriminación?


por Juan Carlos Monedero (h)

“Con los herejes no debemos tener en común
ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión
de que favorecemos su error”.
San Jerónimo

El artículo que a continuación presentamos vio la luz en el mes de Enero de 2011 en el marco de la Revista Gladius (Buenos Aires, Argentina) y es la versión final de una publicación cuyo punto de partida puede encontrarse en internet desde el mes de Diciembre 2009.
Es la respuesta conceptual-doctrinaria al entonces proyecto de legalización del “matrimonio” entre homosexuales, que lamentablemente fue aprobado el 14 de julio de 2010 en la Argentina.
Hoy, a pocos días de la reciente votación en Alemania en torno al mismo tema, presentamos este artículo sabiendo que conserva toda su actualidad. Si bien el caso es tratado con un perfil marcadamente local, también es verdad que los conceptos manifestados son universales, válidos en todos lados y aptos para ser comprendidos por cualquier hispanohablante. El autor del mismo es argentino y su nombre es Juan Carlos Monedero. Tiene 26 años y vive en Buenos Aires.
1. Introducción
2. La cuestión de la tolerancia
3. La palabra «matrimonio»
4. Contrabando ideológico
5. Calculadas imprecisiones verbales
6. Los verdaderos motivos de la ideología de la no discriminación
7. Todo lo que existe merece perecer
8. Equívocos actuales en las filas católicas
9. Pensamiento pugnativo o argumentación endeble
10. ¿Qué pensar de la alternativa del plebiscito?
11. Conclusión
Por Juan Carlos Monedero (h)
1. Introducción
La pretensión de lograr la igualdad jurídica entre quienes realizan prácticas contra la naturaleza y los matrimonios está fundamentada en la ideología de la no discriminación. Este programa se presenta ligado de forma necesaria con otro: el reclamo por los derechos humanos.
Es sabido –y nosotros tan sólo lo apuntaremos escuetamente– que este planteo derecho-humanista no sólo es falso por el contenido de los «derechos» declamados, sino principalmente por colocar la cuestión central donde no debe hacerlo. Omite y se niega a hablar de los derechos de la Verdad, del Bien y, en última instancia, de Dios, para volcarse única y exclusivamente hacia los derechos del hombre, previa divinización en tanto puesto como medida de todas las cosas. Implícita o explícitamente, late un crudo antropocentrismo que erige al Hombre como absoluto. Dios no existe sino como proyección subjetiva humana:
“Todo será cuestión del hombre, incluido en primer lugar Dios”1 .

En segundo lugar, esta ideología favorece el egoísmo y el individualismo más descarnados. Cuando el hombre desconoce la primacía de los deberes, invierte así la noción de justicia –dar a cada uno lo suyo– para que entonces justicia signifique solamente “denme a mí lo mío”. Son los deberes los que engendran derechos y no los derechos, los que engendran deberes; si el deber engendra un derecho, tenemos una concepción política donde prima el bien común. De lo contrario, lo primero –y seguramente, lo único– será el interés: los hombres incomunicados entre sí por lazos de deberes y sólo comunicados por derechos.
La filiación ideológica de estos errores no puede ser más oscura. La primera declaración de “los Derechos del Hombre” nace con la Revolución Francesa, adalid del naturalismo y el optimismo rousseauniano, condenados por el Magisterio de la Iglesia. Dice Calderón Bouchet:
“El discurso revolucionario coloca al individuo frente a la sociedad como si esta última fuera una agrupación benéfica ante la que hay que reclamar todo cuanto nos hace falta. (…) Basta, para esta ocasión, recordar que todos esos errores nacen de la concepción del contrato social, por el cual la asociación civil se equipara a una asociación comercial”2 .

Es necesaria esta fugaz introducción para enmarcar correctamente nuestro objeto de análisis: al amparo de estas ideas –no de nobles preocupaciones por la equidad en el trato hacia las personas– nace la ideología de la no discriminación. Según esta mentalidad hablar de “varones” y “mujeres”, mencionar una sexualidad dada “naturalmente”, afirmar que existen comportamientos “normales” y otros “antinaturales”, son todos actos ilegítimos que debe ser penados por la ley y condenados por la opinión pública, puesto que todas estas afirmaciones son discriminatorias. La ley antidiscriminatoria ya tiene vigencia legal en nuestro país, la Argentina, y es la 23.592.
Para ellos, pues, el Orden Natural no es tal. Es sólo una palabra, sin conexión con la realidad: el hecho que consideremos naturales y antinaturales ciertos comportamientos proviene de una pura convención humana, susceptible –en tanto convención– de ser modificada. Para estos ideólogos, las normas –que fueron consideradas permanentes e intangibles– no son más que construcciones sociales, históricas, sujetas a los vaivenes de las decisiones humanas. Nada es sino pura y exclusivamente acuerdo, pacto.
El lenguaje mismo también puede volverse discriminatorio, si acaso utilizara palabras que remitan a un orden fijo, inmutable, intangible, más allá de la voluntad humana; por eso, en este nuevo Mundo Feliz sólo serían admitidos aquellos vocablos que nos hagan pensar a la sexualidad y a las relaciones humanas como algo dinámico, cambiante, movible. En una palabra: términos que reflejen la energía propia de la libertad humana, que –según ellos– no necesita atarse a ninguna “convención” o “imposición cultural”.
En esta oportunidad3 , ilustrando nuestra investigación con las declaraciones hechas en la Argentina sobre el proyecto de ley –denominado eufemísticamente matrimonio igualitario–,queremos profundizar hasta llegar, si fuera posible, a aquello que está detrás de la ideología de la no discriminación. Bucear hasta develar su verdadero objetivo: lo que realmente buscan quienes promueven esta guerra a la naturaleza humana.

Si bien este artículo analiza diferentes declaraciones públicas y hechos concretos, el núcleo del mismo –así lo esperamos– tiene un valor perenne en esta problemática, más allá del resultado de las votaciones y más allá que estas líneas registren el debate dado en la Argentina. Comenzamos el artículo con una reflexión doctrinaria, pilar necesario para la comprensión de este debate.

2. La cuestión de la tolerancia

No diremos nada nuevo señalando que el error disimulado y sutil es más dañino que el desembozado. Mientras que el error evidente mueve rápidamente a levantar la guardia, las teorías más capciosas son refutadas con mayor dificultad. No obstante, el peor de los males seguirá siendo la coexistencia pacífica de la “verdad” con el error, de lo “bueno” con lo malo. Y las comillas no son errata.
¿Acaso no se nos suelta que debemos tolerar el “matrimonio” entre homosexuales? ¿Por qué quejarnos “si no nos afecta a nosotros”? ¿Por qué no dejarlos “en paz”? ¿Qué daño nos haría, si no vamos a dejar de casarnos como se debe? Todo este argumento reposa sobre la idea detolerancia. Examinémosla.
Servirán para abrir el fuego las palabras de Ernest Hello, el cual –en pleno siglo XIX– ya alertaba respecto de todo lo que esconde la pretensión de tolerancia. Tanto hoy como antes esta idea toma prestada bellas palabras:
“se vuelve el nombre de la caridad contra la luz siempre que, en vez de aplastar el error, pacta con él, so pretexto de conducirse prudentemente con los hombres. Se vuelve el nombre de la caridad contra la luz cuantas veces se le emplea para flaquear en la execración del mal”.

Tanto si las personas, pretextando amor o prudencia, evitan condenar aquello que es erróneo en aras de la tolerancia, vuelven contra la luz aquellos nombres, utilizándolos para lo que no han sido pensados. Porque el mandato que ordena amar al prójimo también ordena combatir su error. Y es frente a los males causados por todo aquello que nos separa de la verdad que nace en las almas de los justos la santa ira, la sed de justicia, tal como será puesta en el Sermón de la Montaña por Cristo, a propósito de las Bienaventuranzas4 . De ahí que no pueda un bautizado aceptar la idea moderna de la tolerancia –propia de la mentalidad subjetivista y agnóstica– sin desnaturalizar uno de los Nombres de Dios: el Amor.
La santa cólera, que es efecto del amor fiel, radiante, celoso, es eliminada de esta manera. Y esta eliminación permite justificar actitudes propias de quienes negocian con aquello que no tiene precio:
“el hombre se ablanda en presencia de la debilidad que quiere invadirle, cuando ha adquirido el hábito de llamar caridad al universal acomodamiento con toda debilidad aún lejana”.

En otras palabras: cuando a los católicos se nos exige “tolerancia” para con este proyecto inicuo, subrepticiamente se nos está exigiendo que abandonemos uno de los efectos propios del amor fiel. Hello detectaba la motivación interna de esta actitud:
“la ausencia de horror para con el error, para con el mal, para con el infierno, para con el demonio, esta ausencia parece que llega a ser una excusa para el mal que uno en sí lleva. Cuando menos se detesta el mal en sí mismo, más se prepara un medio de excusar el que se acaricia en la propia alma”5 .

Si el celo por la casa de Dios nos consume, jamás podríamos consentir esta legalidad inmoral. Tal abandono sólo es posible una vez extinguida la caridad, por efecto de argumentos pacifistas. Aclara el Angélico:
“El celo, de cualquier modo que se tome, proviene de la intensidad del amor”.
Y luego explicará las razones: “Porque es evidente que cuanto más intensamente tiende una potencia hacia algo, más fuertemente rechaza también lo que le es contrario e incompatible”. Y así corona Santo Tomás el corpus del artículo:
“se dice que alguien tiene celo por la gloria de Dios cuando procura rechazar según sus posibilidades lo que es contra el honor o la voluntad de Dios”6 .

Veamos ahora los efectos de la tolerancia moderna en las inteligencias tocadas por ella.
Por sentido común, cada persona que sostiene una postura la pretende verdadera, aunque objetivamente no lo fuese. Cuando hablamos, pretendemos decir cosas verdaderas aún cuando podamos o de hecho estemos equivocados. Hasta el mentiroso sigue a la naturaleza en este punto: expresa palabras que pretende sean tenidas por verdaderas. Pero el primer efecto de la tolerancia moderna consistirá en considerar sin sentido a la pretensión de verdad, lo cual es mucho más grave que una vil mentira.
“En cualquier esquina podemos encontrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice que, por supuesto, su teoría puede no ser la cierta.
Por supuesto, su teoría debe ser la cierta, o de lo contrario, no sería su teoría”7 .

Esta falsa humildad, reflejada en la cita chestertoniana, recorre buena parte de los discursos actuales. La detectamos porque gusta reservar su derecho a otras tesis opuestas.
Siempre fue corriente que toda afirmación rechazara su opuesta. Proceder de esta forma es lo sano, pues los contradictorios no pueden ser verdaderos al mismo tiempo. Esta pretensión de todas las afirmaciones, incluso de las más inocentes e insospechadas de componente ideológico, las vuelven “exclusivas y excluyentes”; es decir, las vuelven sostenedoras de su tesis y adversarias de las opuestas. Esto es, en principio, lo normal.
“Los jalones colocados en las rutas no ponen sus indicadores en estilo dulce y florido: emplean el estilo de su utilidad. Precisos, directos, insistentes y autoritarios, no dicen: si yo no me engaño, no dudan de sí, no se excusan por lanzar con rudeza a la vista de los transeúntes las flechas de la dirección y las cifras de la distancia. Mas ¿se queja el viajero?”8 .

Si el error, no por virtudes propias sino por coherencia, pretende exclusividad; cuánto más –y cuán legítimamente– la verdad debe exigir lo mismo. Lutero, por ejemplo, no sólo buscaba la divulgación de su herejía sino que además –con lógica, pero sin verdad– buscaba aplastar aquellas tesis opuestas a la suya. Equivocado, sin duda, pero guardaba para su tesis la coherencia propia de la verdad: la intolerancia para con lo que él juzgaba erróneo.
Hemos mencionado el vocablo clave, convertido por lo general en mala palabra. Se ha condenado un término y se ensalza su antónimo, la tolerancia, propia de las épocas modernas. El culto a la tolerancia no es sino aquella postura que propone la búsqueda de una pretendida convivencia pacífica de todas las posturas, opiniones, doctrinas. Este pensamiento no conoce ni se expresa en términos de error o verdad, sino en términos de tolerancia-intolerancia. Piénsese en John Locke con su Carta sobre la tolerancia, en Juan Jacobo Rousseau y El Contrato Social o más cerca en el tiempo,tómese La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper y allí podrá verse claramente la expresión acabada de esta idea.
Al hablar de la convivencia de la “verdad”con el error, usaremos nuevamente las comillas, porque arriesgamos a decir –por escandaloso que parezca– que la verdad, si no rechaza a su contrario(esto es, sin intolerancia) no es verdad. Así, en el tema que nos ocupa, la verdad está emparentada con la naturaleza, mientras que el error puede con la contranaturaleza.
Al respecto del intento de brindar el nombre de “matrimonio” a tales uniones, fue astutamente falaz la invitación a aceptarlo bajo el argumento de que tal innovación sólo reconocía su posibilidad, sin menguar los derechos de los “demás” matrimonios. Sólo se nos pedía tolerancia. En efecto, nos exigían que toleremos, junto al modelo natural, su parodia.
Qué se busca con este ardid: si la naturaleza tolera la contranaturaleza, aquélla pierde –necesariamente– su carácter exclusivo, convirtiéndose en “una alternativa más” y no “la alternativa” a la hora de descubrir el verdadero sentido, origen y finalidad de la sexualidad humana.
Cuando un comportamiento ilegítimo tiene la protección de la ley, esta genera –carácter ejemplar de la norma legal mediante– una grave confusión en el sentido común de la gente, ya anestesiado: bajo la palabra matrimonio se entenderá tanto la unión entre “padre y madre” como “madre y madre” o “padre y padre”, aunque la palabra matrimonio provenga de la palabra matriz9 .
Alguien tal vez señalará que no es muy distinto sostener una postura como absolutamente verdadera y sostenerla como una opción más. Al fin y al cabo –podría decirse– la postura es sostenida. No obstante, hay una enorme diferencia y un ejemplo lo aclarará. Cuando los católicos predicaron la Divinidad de Cristo en el Imperio Romano, afirmaban que era el Único Dios Verdadero; por consiguiente, todos los demás eran falsos. La afirmación monoteísta descalificaba el politeísmo antiguo. Si hubiesen presentado a Cristo como uno más, nadie los hubiese perseguido. La persecución, el testimonio y el martirio tienen lugar cuando se proclama la Verdad incondicional en tanto que incondicional. He aquí la diferencia entre defender el Orden Natural como una postura válida más, en igualdad con otras, y defenderlo como exclusivo y excluyente.
El amor a Dios lleva a la práctica lo de Proverbios 8, 13: Temer a Dios es aborrecer el mal. No debemos tolerar o respetar ni el pecado, ni el vicio, ni el error. Gómez Dávila, lúcidamente avisado sobre este lenguaje, señalaba su origen:
“El que se dice respetuoso de todas las ideas se confiesa listo a claudicar”.

3. La palabra «matrimonio»

¿Por qué desean la admisión de estas uniones bajo el término matrimonio? ¿Acaso no podrían pensar o inventar otra palabra? ¿No les basta hacer lo que quieren, al margen de todo código moral? ¿Necesitan un reconocimiento público y oficial de que su comportamiento no choca con nada?
Lo último dicho es cierto, pues nadie puede quedar indiferente al qué dirán. Pero además de esto –objeto de observaciones psicológicas– no puede omitirse la cuestión objetiva, el fondo y verdadero fin de la ideología de la no discriminación: el vaciamiento del significado de las palabras,provocando deliberadamente la incapacidad de discernimiento.
Todo este discutido proyecto gira en torno a DOS PALABRAS. Nada más que eso: hombre y mujer por «contrayentes». La pugna invencible entre estas dos posturas tiene como eje la disputa de los términos.
Las expresiones vertidas por María José Lubertino, tal como reseñó el boletín Notivida el 9 de noviembre de 2009, facilitan comprender lo que venimos diciendo. Ella “destacó que al Plan Nacional contra la Discriminación adhirieron 21 provincias y que ese Plan tiene un acápite que contempla la no discriminación por orientación sexual; en este acápite, dijo, está la unión de homosexuales, aunque no prevé que sea «matrimonio», denominación que ella considera «sustantiva»”.
¿Por qué Lubertino consideraba sustantiva tal denominación? Aquí, la palabra sustantiva debe entenderse como no negociable, como objetivo principal, cuya ausencia implicaría la derrota. En el mismo sentido, Antonio Poveda (Presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de España) dijo:
“Tiene que ser matrimonio, lo contrario es discriminatorio”10 .

También Felipe Solá vertió confusión y claridad, según se mire, al respecto:
“Esta palabra, matrimonio, que tiene un valor prohibitivo en el caso de hoy, para hombres y mujeres de buena voluntad que están acá y que no quieren (que se siga) discriminando a nadie, es justamente la palabra que significa la igualdad de derechos para aquellos que no eligieron su sexo, que son homosexuales y que quieren poder casarse”.
Así continúa: “La palabra matrimonio es la única que ellos sienten que les devuelve el derecho pleno; ya que no hay igualdad social ni económica por lo menos ellos piden igualdad legal”. Y entonces remata:
“La palabra matrimonio, que en su origen significa (función) de madre –función de madre, no ser madre; función de madre, y es importante destacarlo– es una traba por su adopción por las iglesias; es una enorme traba para muchos”.
Queda claro que el adversario tiene plena conciencia de la importancia de discutir vocablos:
“Quiero decir también, señor presidente, que las palabras tienen valor, tienen un enorme valor; se dice que cuantas más palabras conocemos mayor cantidad de imágenes mentales podemos tener, y por lo tanto más amplio puede ser nuestro pensamiento”11 .

Ahora veamos por qué buscan apropiarse de esta denominación y lograr la cobertura legal de las uniones homosexuales únicamente al amparo de este vocablo.
¿Es tan importante la palabra matrimonio? ¿No son acaso cuestiones de palabras y no de cosas? ¿No podría valer lo mismo cualquier otra palabra? ¿Acaso nosotros estamos discutiendo palabras? ¿Es tan decisivo?
Absolutamente.
Doble prueba de ello se encuentra por un lado en el fundamento de la palabra, tanto como en el confesado interés del enemigo por vaciarla, ideologizarla, ocultarla o presentarla según convenga. Todo signo es vehículo de realidades. Por algo se quitó el honroso nombre de Gustavo Martínez Zuviría de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional en la Argentina, amputando finalmente la memoria del gran escritor católico; no en vano el progresismo católico rechaza los términos propios del combate paulino; tampoco es casual que la FIFA haya prohibido a los deportistas hacer la señal de la Cruz y, en idéntica comparación, no obedece al azar la embestida laicista contra el crucifijo. ¿Y qué decir de la modificación, por parte del Ministerio de Seguridad del gobierno argentino, de los nombres que llevaban las escuelas de formación policial, cuya sola mención recordaba las víctimas del terrorismo subversivo que asoló nuestro país en los años 70? Por la misma razón que se ocultan los nombres de Alberto Villar y Cesario Ángel Cardozo –comisario general y general de brigada, respectivamente, asesinados por la organización guerrillera denominada Montoneros– el gobierno argentino reproduce, bautiza y rebautiza plazas, puentes y calles con el nombre del extinto presidente Néstor Carlos Kirchner. Y respecto de España, la Ley de memoria histórica –al ordenar “la retirada de los escudos, insignias, placas y otras menciones conmemorativas de la Guerra Civil” siempre que “exalten a uno sólo de los dos bandos enfrentados en ella o se identifiquen con el régimen instaurado en España a su término”– cumple el objetivo de ocultamiento de incómodas realidades.
Todos estos signos –y la palabra, como dijimos, es tal– remiten a las cosas y cada uno contiene, en sí mismo, una capacidad de influir directa sobre las mentes:
“Esta vía de influencia mental es tan real y tan profunda, que ha podido decirse que quien posea el arte de manejar las palabras poseerá la de manejar los espíritus. Su influencia será cada vez mayor a medida que las generaciones nazcan ya en el seno de un lenguaje manipulado y «dialectizado»”12 .

Por lo mismo que remiten a determinadas realidades, la omisión de aquellas palabras y signos equivale al olvido de esos hombres, de esas doctrinas, de esos símbolos.

4. Contrabando ideológico

¿Qué es lo que sucede cuando una misma palabra ya no significa única y exclusivamente una cosa sino que, también, puede significar otra (en este caso, su contrario)? ¿Qué ocurre? Tiene lugar la funesta tolerancia y coexistencia de la verdad con el error, al amparo del mismo techo. Esta seudo comunidad es lo que comienza a ablandar, lenta pero inflexiblemente, la mentalidad de las personas: colonización mental que impide la capacidad de diferenciar las cosas unas de otras, conduciendo a la confusión.
La coexistencia de los contradictorios desanima las almas de quienes viven el verum, el bonum y el pulchrum intensamenteSi el mismo término –«matrimonio»– comienza a significar, indistintamente, tanto una realidad natural como otra contra la naturaleza, la norma que termine autorizándolo tendrá como efecto desdibujar y si fuera posible aniquilar la diferencia entre lo natural y lo antinatural; la misma palabra significa las dos cosas. Y donde no hay límite que distinga todo está permitido, porque no hay nada que discrimine aquello permitido de aquello no-permitido.
La convivencia pacífica de lo natural con lo antinatural es la muerte de la naturaleza. También por el siglo XIX el Cardenal Pie había advertido este problema. Por eso iniciaba su sermón –La intolerancia doctrinal– con esta sentencia que puede aplicarse perfectamente a nuestro tema:
“Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio”.
Y decía, entonces, desde el púlpito:
“La afirmación se aniquila si ella duda de sí misma, y duda de sí misma si permanece indiferente a que la negación se coloque a su lado. Para la verdad, la intolerancia es el anhelo de la conservación, el ejercicio legítimo del derecho de propiedad. Cuando se posee, es preciso defenderse, bajo pena de ser en breve totalmente despojado”.

El enemigo parece no pedir sino muy poco: no nos pide que neguemos nuestra idea, ni que la cambiemos. Sólo nos fuerza a aceptar algo contradictorio junto a esta verdad, debilitándola en el mismo momento que le arrebata su carácter excluyente. Romano Amerio sentencia con mucha agudeza:
“La contradicción es algo profundo, más bien es uno de los primeros principios, y es la cosa más profunda del ser porque se encuentra en la más estrecha relación con el ser. Si el ser es profundo, es decir, si es un primer principio, su contradicción, su negación, es igualmente profunda, es igualmente primaria”.

No hay nada más allá, no hay nada detrás de la contradicción. Es lo último, lo invencible, lo irreductible. Si logran extirpar la capacidad para percibir el ser –y por ende, percibir la contradicción– la guerra de las palabras habrá conquistado las cosas, ya confundidas debido al manoseo semántico.
La percepción del ser es la condición de la vida intelectual, ética y artística; es la base de la inteligencia, para luego ser informada por la fe. ¿Advertimos lo decisivo de esta guerra? Por eso afirma nuestro autor:
“Cuando nos hallamos en este orden de reflexión, estamos en lo más profundo: no se puede ir más allá. Por tanto, convendría tener reparos, temor, pavor a la contradicción”13.

Un verdadero contrabando ideológico tiene lugar al redefinir la palabra matrimonio: admitiendo en su seno lo contradictorio –lo que no es tal– admite por lo mismo a la nada. La inteligencia humana, asediada por el  y el no respecto de lo mismo, acabará en la esquizofrenia.
Este estado de la mente impide juzgar las cosas como son, introduciendo una categoría matemática en un terreno que no la admite: una unión entre dos personas, o es matrimonio o no lo es. No cabe un término medio. Pero si se admite el uso de la palabra matrimonio para las uniones entre homosexuales, quedaría lesionada esta percepción intelectual. Éste es el peligro. Llegará el día en que uno se pregunte: ¿El matrimonio es la unión de uno con una? Y se le contestará: “Mas o menos. También puede ser la unión de uno con uno, o una con una”.
Ahora bien: entre la verdad y el error no cabe un término medio. Toda la contundencia, la intransigencia será poca. Porque si la misma palabra se usa para dos cosas opuestas, vulneramos el entendimiento de la persona: tanto el ser como la nada son admitidos simultáneamente, bajo el mismo vocablo. Ambos pasan por la misma puerta.
Sin embargo, abrirle las puertas a dos posturas, al mismo tiempo, es considerado habitualmente signo de su carácter complementario y no opuesto. Si la contradicción es admitida en el mismo recinto, bajo la misma denominación, entonces no hay tal contradicción.
Pero si no lo hay, si la verdad y el error no se oponen invenciblemente, si el ser y la nada ya no son inconciliables, entonces queda instalada la máxima confusión: identidad entre el ser y la nada, identidad de los contradictorios14 .

Luego, no hay distinción entre naturaleza y contranaturaleza.
Este es el objetivo de la ideología de la no discriminación.
Contemplamos así el quiebre de la capacidad de discernimiento de la inteligencia humana, pues ya no hay línea que divida y distinga la verdad del error, lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, la normal de lo anormal:
“La mezcla de la verdad y el error produce, en boca del mundo, efectos desastrosos. Da a la verdad apariencia de error y al error apariencia de verdad. Hace participar a aquél del respeto que a aquélla se debe”15 .

También ha sido el Padre Petit de Murat quien en su ensayo La palabra violada, se refiere anticipadamente a nuestro tema:
“La alteración que hoy padece la palabra es muy distinta (a las alteraciones pasadas); está sujeta a una doble intención que la violenta en el nexo del signo con lo significado. Al uno se lo mantiene suspendido en su significación primera, mientras se socava lo segundo con la contrariedad misma de lo que se significa”.
Se mantiene suspendido el significado original de matrimonio, puesto que continúa aludiendo al compromiso de un hombre y una mujer, pero se introduce en un plano de igualdad –esto es lo clave– las uniones entre homosexuales. El Padre Petit advierte clarísimamente las implicancias que tiene el ataque a la palabra humana, reflejo de Otra Palabra: “el triunfo de la iniquidad moderna, su carcajada final frente al Verbo sangrante16 consiste en que ha logrado clavar su aguijón en las junturas mismas del concepto con su vocablo”.

Está teniendo lugar un verdadero latrocinio de la palabra. Ella nos está siendo quitada, desposeída de su significación original para inyectarle un veneno de confusión potentísima:
“Este último (vocablo) ha sido robado para violarlo e imponerle el feto de una significación precisamente contraria, que desde dentro le devora su propio ser significante; se explota su sentido original para inocular en la mentalidad de los pueblos la idea adversa a lo que él necesaria e inmediatamente sugiere”.
Aunque el Padre Petit no se refiera al proyecto de legalización de uniones homosexuales, sus palabras se aplican perfectamente. Todo el valor, toda la importancia y entidad del verdadero matrimonio “se explota” precisamente “en su sentido original” –que remite al amor entre cónyuges, a la fidelidad mutua y al amor para con los hijos– para colonizar la inteligencia.
La hipocresía queda desnuda: lo único que se busca es insinuar, sugerir para finalmente imponer que la palabra matrimonio nos remita, en iguales proporciones, tanto a la homosexualidad como a la heterosexualidad.
Éste es el objetivo. Nunca tan actual la enseñanza del sacerdote dominico.
La guerra intelectual e ideológica a la cual asistimos tiene tan vastas proporciones que se vuelve una verdadera necesidad hacer uso de argumentos contundentes, con lógica correcta y contenido verdadero; no argumentos que puedan ser usados también contra nosotros. Es tanta la fuerza, es tal la patencia del ser, que una vez proclamado éste no puede sino ensancharse y repudiar su contrario: el error, lo falso. En una palabra, la nada. Repudiar la falsedad es también efecto del celo amoroso:
“Quienquiera que ama la verdad aborrece el error y este aborrecimiento del error es la piedra de toque mediante la cual se reconoce el amor a la verdad. Si no amas la verdad, podrás decir que la amas e incluso hacerlo creer a los demás, pero puedes estar seguro de que, en ese caso, carecerás de horror hacia lo que es falso, y por esta señal se reconocerá que no amas la verdad”17 .

De ahí que ellos deseen que la palabra matrimonio no repudie la unión entre homosexuales, debilitando la institución familiar. Este es el mecanismo y objetivo que estamos presenciando.

5. Calculadas imprecisiones verbales

Otra forma de confusión consiste en el uso de calculadas imprecisiones a la hora de hablar. Existen muchísimos actos humanos cuya valoración es incompleta si los consideramos aisladamente, debiendo recibir una especificación, un contenido que nos remita a su fin y, de ese modo, que los vuelva plausibles de admitir una calificación moral.
Estos actos humanos, que pueden ser tanto buenos como malos, son –entre otros– discriminar, ejercer la libertad, comportarse auténticamente, ser sincero con las opiniones propias, hablar con franqueza, etc.
Inmediatamente que se pronuncia la palabra discriminación, debemos preguntar: ¿Qué es lo que se discrimina? Se discrimina algo pero ¿respecto de qué? ¿Por qué, con qué argumentos?
Sería ciego condenar toda discriminación sin escuchar las razones del discriminador: podrían ser legítimas18 .

Cuando nos hablen de libertad, de inmediato preguntemos para deshacer todo eventual copamiento demagógico: ¿Libertad para qué? ¿Con qué fin? Supóngase que se nos insta a comportarnos auténticamente, reflexionemos: ¿Estoy realmente en la verdad, y por consiguiente mi autenticidad será respecto de lo verdadero? ¿O tal vez me halle en el error, y de ser así practicar la autenticidad sería perjudicial?
Ser sincero con las opiniones propias ¿es en sí mismo positivo? ¿O depende de cuáles y cómo sean estas opiniones? ¿Da lo mismo ser sincero con una opinión correcta, que con una falsa? Muchos defienden así a Ernesto Guevara Lynch. La ideología del resentimiento para la cual sirvió y sus asesinatos pasan a un segundo plano.
Hablar con franqueza de lo propio, ¿hace que aquello de lo cual hablamos sea verdadero? ¿O acaso uno no puede decir –con absoluta franqueza– un error grande como una casa?
“La sinceridad no es la verdad. La intención más recta y la voluntad más firme no pueden hacer que lo que es no sea”19 .

Notemos el efecto que tiene la vaguedad y la imprecisión de las palabras en la confusión de las inteligencias: mucho peor que las mentiras. Cabe poner la atención en el detallado análisis de Correa de Oliveira sobre la palabra-talismán:
“La palabra-talismán radicalizada se resiste a explicitar su sentido. En efecto, su gran fuerza está en la emoción que provoca. La explicitación atrayendo hacia ella la atención analítica de quien la usa o de quien la oye, perturbaría e impediría ipso facto la fruición sensible e imaginativa del vocablo. La palabra-talismán, manteniendo obstinadamente implícito su significado, continúa siendo vehículo y escondrijo de su reciente contenido emocional”20 .

La palabra discriminación se vuelve una «palabra-talismán». Pocos advierten que su uso no involucraba injusticia ni desprecio alguno respecto del detalle en la entrega de los papeles del sueldo, por citar un ejemplo.
La ideología de la no discriminación omite y se desentiende deliberadamentede las cuestiones principales, la verdad y justicia del acto discriminatorio. No se quiere distinguir nada al descalificarla.
Los sofistas modernos manipulan y manosean las emociones más puras, confundiendo deliberadamente actitudes de injusticia y desprecio con discriminación, valiéndose de los nobles sentimientos de las personas. Sentimientos que luego serán desvirtuados sin escrúpulos:
“Diríase que el sujeto, al utilizar una palabra, sufre una especie de fascinación ante ella: la absorbe pasivamente y recibe sin poder evitarlo los efectos psicológicos de la significación que le entrega. Su acción sobre el subconsciente es directa, profunda y estimulante. La palabra introduce por su solo empleo esquemas de pensamiento que el sujeto adopta aún sin darse cuenta”21 .

La verdad de las cosas es el norte, la brújula, la guía de estos actos humanos y la que hace posible una calificación moral. Poco vale franqueza, sinceridad y autenticidad sin verdad. Nada vale la libertad para el mal, ni tampoco discriminación injusta. Si la justicia es sinónimo de la verdad, si al “hacer justicia” tratamos a las cosas “conforme a la verdad”, lo decisivo para juzgar la validez o invalidez de la discriminación no es ella misma como tal, sino algo distinto de ella: lo que las cosas son, la verdad del mundo que será objeto de discriminación.
Así las cosas, debe desenmascararse el sofisma central de esta ideología, que consiste en desvincular el acto de su objeto, para condenar de forma anticipada e inapelable el acto mismo, aunque la discriminación reciba su calificación moral según su objeto y motivo.
Discriminar, en sí mismo, no es malo. Es el acto de la inteligencia por el cual distingue una cosa de otra. Sólo puede incomodar la discriminación a quienes no quieren que se distinga.

6. Los verdaderos motivos de la ideología de la no discriminación

Aquellos que defienden y fomentan la ideología de la no discriminación, están interesados en que no haya luz.
Veremos por qué.
Si lograran hacernos creer que no hay línea divisoria entre la naturaleza y la contranaturaleza, entonces “tendrían derecho” a hacer de sus vidas lo que se les antoje, pues el día que las leyes y el sentido común enmudezcan para llamar las cosas por su nombre, sólo quedará la amonestación interna de su propia conciencia –si es que no la han matado aún–, pero ninguna externa. Ellos buscan eliminar toda referencia que los interpele. Como el judío del cuento chestertoniano que odiaba las cruces –rompiendo a su paso todo lo que tuviera la forma del madero de salvación– la ideología homosexualista no tolera ningún vestigio de la realidad que siquiera tangencialmente juzgue sus acciones. El odio a la Verdad los mueve.
“Estoy a favor de este proyecto y creo que debemos hacer un esfuerzo para animarnos a una vida de placer, de libertad, y no encapsular a la familia como una célula reproductora. Si permitimos la unión entre dos personas del mismo sexo, ¿por qué no permitir la unión de tres personas? Y si yo tengo una relación con un perro y el perro está de acuerdo, ¿por qué no?”22 .

El odio a la Verdad, realmente difícil de concebir, es sin embargo registrado por Santo Tomás de Aquino: “una verdad particular puede repugnar o ser contraria al bien amado de tres maneras”. Y luego desarrollará las distinciones del caso:
“Una, en cuanto que la verdad está causal y originariamente en las cosas mismas. Y de esta manera odia el hombre a veces una verdad en cuanto que quisiera que no fuese verdadero lo que es verdadero. Otra, en cuanto que la verdad está en el conocimiento del mismo hombre, la cual impide la prosecución de lo amado. Como si algunos no quisieran conocer la verdad de la fe para pecar libremente, de los cuales dice Job 21,14: No queremos el conocimiento de tus caminos. De otra manera se tiene odio a la verdad particular, como contraria, en cuanto está en el entendimiento de otro. Por ejemplo, cuando uno quiere permanecer oculto en el pecado, odia que alguien conozca la verdad acerca de su pecado”23 .

El misterio del pecado original nos mueve a aceptar esta dramática posibilidad. De ahí la importancia de que siempre haya una voz que proclame la Verdad:
“Así dice el Señor: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida»”24 .

¿Qué hay detrás, entonces, de la ideología de la no discriminación?
El odio a la luz.
La luz es diferenciadora. La luz distingue. La luz marca el límite, marca la definición.
Definir significa marcar el fin, el límite, la línea y el contorno de las cosas: “A partir de aquí esto es, a partir de allí esto no es”. La definición implica un “sí” tanto como implica un “no”. El lenguaje es naturalmente una definición, pues para hacernos entender debemos decir algunos sí y muchos no.
En nuestro caso, la luz a la cual nos referimos es la luz de la inteligencia, logos participado en el hombre, que remite al Logos Imparticipado del que habla el comienzo del Evangelio según San Juan.
Pero para obrar el mal sin amonestaciones ni alarmas a su conducta, es necesario que los hombres se quiten los ojos. Para quitarse los ojos deben negar el hábito diferenciador de la inteligencia: la facultad del discernimiento. Sólo así ejecutarán sus crímenes en completa oscuridad, ya sin amonestaciones ni límites que los incomoden. El ladrón y el asesino se refugian en las tinieblas de la noche.

7. Todo lo que existe merece perecer

La heterosexualidad es lo natural, la homosexualidad lo antinatural. Ningún artilugio lingüístico puede disimular la complementariedad entre los órganos sexuales masculino y femenino, que no es convencional, ni arbitraria, ni histórica. No es fruto de un contrato entre sociedades, ni de construcciones culturales. Esta complementariedad, “vinculación”, “adaptación” de una función a su facultad, tampoco puede ser fruto de decisiones humanas, ni es sujeta a los cambios del tiempo, ni es fruto de diversas estructuras de pensamiento de cada sociedad.
¿Y con qué palabra designamos a lo que ni es convencional, ni arbitrario, ni histórico ni fruto de la sociedad? ¿Con qué palabra designamos a lo que no está sujeto a la voluntad ni a los contratos ni a las estructuras de pensamiento del hombre?
Con la palabra “naturaleza”.
¿Esto es “discriminación”? Sí, pues es distinción.
Discriminación justa.
¿Esto debe ser penado por la ley, como pretende la ideología que nos agobia? No, porque es la verdad.
De ahí que no basta ser heterosexuales para obrar correctamente, así como no basta simplemente sostener la verdad. La verdad tiene un carácter excluyente con el error, y del mismo modo la heterosexualidad debe tener un carácter excluyente de los comportamientos que van contra la naturaleza humana.
Predicar la verdad y condenar el error.
Practicar la naturaleza y reprobar la sodomía.
Es necesario predicar la buena, sana y santa intolerancia de la verdad para con el error, de lo bueno para con lo malo, de lo bello para con lo feo y, finalmente, de los comportamientos ordenados, en la línea y en el deseo del plan de Dios, para con los comportamientos y acciones desordenadas, que atentan contra el Orden Natural y el Sobrenatural:
“¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas…!”25 .

Si la ideología antidiscriminatoria tiene entre sus principales preocupaciones la manipulación y el manoseo del lenguaje, precisamente allí nosotros debemos librar la batalla de restaurar el noble y luminoso significado de las palabras.
Los ideólogos que enfrentamos no tienen razones; tienen objetivos. Le han declarado la guerra a todo lo que existe, juzgándolo únicamente digno de perecer. Llegado a este punto, algún amable lector podría preguntarnos: ¿Tan mal podemos pensar de estas personas? ¿No serán únicamente personas equivocadas, como muchas veces se nos quiere hacer creer? No nos parece, puesto que los mismos que piden el seudo matrimonio entre homosexuales hoy son los que pidieron el divorcio ayer. Por ejemplo, está el caso de Cecilia Merchán quien “aclaró que nunca se casó, que tiene una hija grande pero «no le interesa el matrimonio»” (publicación digital Notivida, boletín N° 681). No se trata sino de invocar el amor matrimonial, a fines de adulterarlo, corromperlo y destruirlo.
Pero sigamos leyendo las propias fuentes adversas. Veamos los dichos de los ideólogos:
“Luchar por el matrimonio del mismo sexo y sus beneficios y entonces, una vez garantizado, redefinir la institución del matrimonio completamente, pedir el derecho de casarse no como una forma de adherirse a los códigos morales de la sociedad sino de desbancar un mito y alterar radicalmente una institución arcaica. [...] La acción más subversiva que pueden emprender los gays y lesbianas [...] es transformar por completo la noción de familia”26 .

Agradecemos la frontalidad expositiva de esta inescrupulosa alma. Por su parte, Alison Jagger –activista feminista y autora de diversos libros de texto utilizados en universidades estadounidenses– revela claramente su hostilidad frente a la familia:
“El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal. En vez de ésto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma institución de las relaciones sexuales, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural”27 .

Impresionan estas citas que rozan el desvarío mental, patíbulo al que conduce el orgullo.
La explicación a esta furia destructora del hombre está más allá de hombre. El misterio enmarca la miseria ideológica. Así lo describe Donoso Cortés: “Entre la verdad y la razón humana, después de la prevaricación del hombre, ha puesto Dios una repugnancia inmortal y una repulsión invencible”.
El hombre, caído luego del pecado original, no tolera otra soberanía “sino la suya propia”. Por eso “cuando la verdad se pone delante de sus ojos, luego al punto comienza por negarla; y negarla es afirmarse a sí propio en calidad de soberano independiente”. Su corazón está ciego para la humildad, llegando a pensar que “si cede” y admite que no es perfecto o que no tiene razón, “pierde”. Por eso se empeña tercamente en combatir todo aquello que lo limite:
“Si no puede negarla (a la verdad), entra en combate con ella, y combatiéndola combate por su soberanía. Si la vence, la crucifica; si es vencido, huye; huyendo cree huir de su servidumbre, y crucificándola cree crucificar a su tirano”.

Víctima y victimario al mismo tiempo en este sistema de negaciones, absolutamente demencial, el hombre es capaz de sostener sin razones cualquier cosa contra la razón: “entre la razón humana y lo absurdo hay una afinidad secreta, un parentesco estrechísimo; el pecado los ha unido con el vínculo de un indisoluble matrimonio”. Estamos nada menos que ante el misterio de la prevaricación humana:
“Lo absurdo triunfa del hombre, cabalmente porque está desnudo de todo derecho anterior y superior a la razón humana. El hombre (lo) acepta cabalmente, porque viene desnudo, porque careciendo de derecho no tiene pretensiones; su voluntad le acepta, porque es hijo de su entendimiento, y el entendimiento se complace en él, porque es su propio hijo, su propio verbo; porque es testimonio vivo de su potencia creadora: en el acto de su creación el hombre es a manera de Dios, y se llama Dios a sí propio”.

Si Dios Padre genera desde toda la Eternidad al Hijo, pronunciándolo eternamente; si el Logos –Cristo– es el Verbo de Dios; el hombre engendrará parodiando su propio vástago, la nada; una nada bastarda, reacia a integrar la realidad.
En última instancia, la soberbia humana reclama el cumplimiento de las palabras de la Serpiente. La única tentación es endiosarse:
“¿Qué importa que el otro sea el Dios de la verdad, si él es el Dios de lo absurdo?”28 .

8. Equívocos actuales en las filas católicas

Pronunciar la palabra es cosa seria. No únicamente por las implicaciones morales que hemos desarrollado, sino además porque toda palabra, en el fondo, es una participación de Otra Palabra superior. Y si la perfección de la palabra está en tender siempre hacia su máxima conformidad con La Palabra, el lenguaje humano no puede volverse deliberadamente equívoco, no puede convertirse intencionadamente en confusión, en ambigüedad, en constantes elipsis.
La advertencia de Nuestro Señor es clara: Os digo, que de toda palabra ociosa que se diga se deberá dar cuenta en el día del juicio (Mt. 12, 36).
Por estos motivos, fueron gravemente erróneas y engañosas algunas de las declaraciones que tuvieron circulación al respecto, aún cuando pretendieron “oponerse” a la legalización de este proyecto. Veámoslas.
La Comisión Ejecutiva de la CEA (Conferencia Episcopal Argentina) emitió un comunicado encabezado como sigue: “La heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar”. Allí podemos leer:
“Afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto”.

Estará muy bien “partir de una nota objetiva”, presupuesto del matrimonio; es correcto tomar como punto de inicio la realidad objetiva, independiente de nuestra subjetividad. Pero la Conferencia Episcopal yerra gravemente pretendiendo que esta toma de posición no sea denominada discriminatoria.
En vez de enseñarnos que no toda discriminación es ilegítima; en vez de declarar que discriminares un acto que realiza la inteligencia; en lugar de denunciar que son los que moran en la oscuridad los que no quieren que se discrimine, porque ella aquí equivale a luz; en vez de esto, la CEA pretende solamente eludir la adjetivación, sin atacar las verdaderas causas y motivos de fondo que están haciendo posible el avance del lobby “gay”.
Como si la guerra de las palabras no tuviese lugar hoy día, la declaración hace uso de argumentos típicos del pensamiento pro “gay”. Para remediar esta confusión, repitamos que un término utilizado tramposamente no debe admitirse:
“Aceptar un término para su empleo habitual es aceptar una idea, por más que el sujeto la rechace inicialmente en su plano intelectivo. La utilización de un código expresivo –un lenguaje– es ya de por sí abrirse a toda la carga de sentido y actitud que encierra como producto cultural. Las palabras adquieren en su seno un sentido que no tendrían aisladamente o en otro contexto mental”29 .

Lamentablemente, la confusión se extiende aún más: indebidamente es asociado el hecho de no discriminar con la actitud –correcta– de “partir de notas objetivas”, haciendo pasar estas dos ideas como enlazadas. El sentido de la oración es que una lleva a la otra, cuando no es así. Al contrario: porque partimos de notas objetivas –y no a pesar de–discriminamos con plena justicia.
Luego de observar la irregularidad en la cuestión puramente jurídica y formal, la Jerarquía expresó:
“A esto se agrega que el Jefe de Gobierno, en una decisión política que sorprende, no haya permitido la apelación de dicha sentencia absolutamente ilegal, para dar un debate más prolongado y profundo sobre una cuestión de tamaña trascendencia. Esto constituye un signo de grave ligereza y sienta un serio antecedente legislativo para nuestro país y para toda Latinoamérica”.

Leamos bien. ¿Se nos está diciendo que con debate prolongado y profundo, la norma es menos mala? ¿Sin debate, la norma es menos buena? ¿Qué hay que debatir aquí?
Es cierto que el comunicado hace aclaraciones etimológicas cuando dice “La palabra «matrimonio» alude justamente, a esa calidad legítima de «madre» que la mujer adquiere a través de la unión matrimonial”; pero justamente por ello, resulta desconcertante que hacia el final de la declaración –que se limita a decir pocas, muy pocas cosas entre las muchas que se podría, que no ataca ni denuncia al lobby “gay” ni a los organismos que defienden y fomentan esta perversión– se invoque la autoridad de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos y la Convención Americana de los Derecho Humanos:
“esta decisión de la jueza de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires podría considerarse contraria a distintos tratados internacionales con jerarquía constitucional desde 1994…”30 .

¿Acaso no tenemos una legitimidad y autoridad propias, por encima de la puramente humana, que se funda en la Ley Natural? ¿Acaso los católicos debemos apelar a la farsa ideológica de los DDHH? ¿Por qué juzgar “la decisión de la jueza” desde los postulados derecho-humanistas, y no desde los postulados católicos del derecho? ¿Por qué hablar en clave antropocéntrica y no teocéntrica?
Si nuestros pastores no hablan desde la óptica católica, desde los fundamentos católicos a propósito de estos sucesos; si en definitiva no hablan en tanto católicos, ¿cuándo y en qué circunstancias lo harán? ¿Por qué se busca un “terreno común” con los adversarios (perdón por la palabra) y nunca se habla desde las posiciones propias?
Pero ahondemos aún más nuestro análisis: estos tratados internacionales, ¿no podrían cambiar acaso? ¿No están sujetos al arbitrio y conveniencia de los hombres? El día que cambien, este argumento dejará de existir, perderá su fuerza, si es que hoy tiene alguna. Todo esto sin mencionar la pérdida de la soberanía jurídica de una Nación que se somete a leyes extranjeras. De ahí que nos hacemos la pregunta: ¿Por qué argüir solamente con argumentos mudables y no desde la inconmovible roca de la Verdad? ¿Por qué reprobar el seudo matrimonio fundándonos en aquello que cambia constantemente, y no en aquello que permanece inmutable?
El otro argumento, repetido muchas veces, es el atribuir una ilegitimidad al “matrimonio” entre homosexuales aduciendo un respaldo minoritario al mismo. Se suele decir que quienes promueven este proyecto “no representan” el “sentir común de la población”, que son “una minoría dentro de una minoría”, resultando por ende que un proyecto emanado de este sector, no debería ser tomado en cuenta.
Distingamos antes algo.
Si el argumento anterior pretende mostrar que una vez legalizado el seudo matrimonio sólo una ínfima porción de los homosexuales se “casa”, resultando por tanto un pretexto la búsqueda del mismo, este argumento es legítimo porque desenmascara los verdaderos objetivos de los activistas: redefinir el matrimonio. Aquí es de enorme provecho releer la mencionada cita de Signorile.
Pero si implica pronunciarse en nombre de las mayorías; si el argumento se adjudica una legitimidad emanada de la cantidad, el argumento es claramente falso.
No subestimemos el examen de las palabras. No faltan páginas webs que se dedican a refutar prolijamente estos argumentos enclenques, resultando por tanto un deber el defender el Orden Natural de la mejor manera posible.
Estos argumentos aquí examinados, por sí solos, admiten un fácil contragolpe. Son ciertamente replicables y, en estricta lógica, nos llevan a la contradicción. De ahí que debamos repasar las palabras de Amerio al respecto: “convendría tener reparos, temor, pavor a la contradicción”.
Aquellas declaraciones que estamos sondeando carecen de la fuerza máxima de la que podrían ser capaces si adoptaran la máxima oposición. La argumentación debe ser a todo o nada, sin términos medios, incondicional: exactamente como la de los activistas de la revolución permanente. Cualquier elipsis, efugio, titubeo expresivo o argumentativo sólo sirve para evidenciar nuestra confusión o –peor aún– temor mundano ante los feroces enemigos de Dios y del orden establecido por Él.
Ellos sólo temen a quienes no les temen.

9. Pensamiento pugnativo o argumentación endeble

Parece que nos vamos de tema pero volveremos enseguida.
Uno de los elogios más gratos que Chesterton le hace a Santo Tomás de Aquino, tiene lugar cuando comenta su personalidad. En el libro homónimo, a la altura del capítulo V, describe su fisonomía. Se admira, sorprende y elogia. Claro está que Chesterton puede hacer todo esto debido a su connaturalidad con el santo. Por eso, cuando describe sus ojos, dice que: “Hay en ellos un fuego de excitación inmediato; son vivos y muy italianos”. Y luego pasará a describir el interior del Angélico, la fuerza vital que recorría sus entrañas:
“El hombre está pensando acerca de algo, y algo que ha llegado a una crisis, no acerca de nada o acerca de alguna cosa, o, lo que es peor, acerca de todas las cosas”.

Ese torbellino interno en el alma de Santo Tomás, Chesterton lo resalta respecto de la conocida anécdota en la mesa de San Luis, monarca de Francia:
“Debió de haber esa ardiente vigilancia en sus ojos en el momento antes de herir la mesa y asustar a los comensales del rey”31 .

Era toda una vida interior la que nuestro converso inglés retrata en magníficas pinceladas. Y así, luego de elogiar profusamente la cantidad y calidad de su obra, declara:
“Probablemente no lo hubiera logrado si no hubiera estado pensando incluso cuando no escribía; pero, por sobre todo, pensando pugnativamente. Esto, en su caso, no quiere decir amarga o despectivamente, sin caridad, sino combativamente”32 .

Volvamos –ahora sí– a nuestro tema.
El error de ciertas declaraciones que pretenden oponerse al “matrimonio” entre homosexuales consiste en argumentar desde dentro de los axiomas engañosos, origen de las confusiones, objetando las consecuencias sin renunciar a los principios de los cuales emanan. Al hacerlo, aceptan tácitamente el contrabando ideológico, cómodo mientras permanece enmascarado. No debe admitirse el planteo del enemigo para, luego –bajo pretextos “tácticos”–, intentar eludir su ataque según sus mismas reglas.
El abandono de estos argumentos es urgente. Nosotros creemos avanzar porque no hemos sido refutados según sus propios criterios; cuando en realidad son ellos los que avanzan cuando consiguen que hablemos como ellos quieren que se hable.
Nosotros pretendemos llevarlos a la contradicción, sin advertir que ellos se hunden hasta la náusea en ella. Creemos replicarles y, en realidad, abandonamos nuestra semántica. Su mayor victoria consiste en que hagamos un uso ya peyorativo ya ponderativo de las palabras que ellos descalifican o aprueban. Cuánta razón tenía Santo Tomás de Aquino cuando repitió en la Sumaaquellas palabras de San Jerónimo:
“con los herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión de que favorecemos su error”33 .
Las observaciones de Romano Amerio al respecto de este lenguaje son sencillamente brillantes:
“no basta mantener verbalmente una cosa, si después se pretende hacerla coexistir intacta con otra cosa que la destruye”34 .

No basta protestar verbalmente contra el seudo matrimonio y condenar la palabra discriminación.
No basta defender verbalmente la institución familiar como algo intangible y luego hablar en nombre de la mayoría.
Terminamos debilitando y suavizando la oposición a esta ley injusta. La Escritura dice claramente que un reino dividido no podrá subsistir. Todos los que impugnamos esta legalidad debemos mantener una coherencia y unidad del discurso: unidad en la verdad.
Así se vacía el lenguaje, la palabra y su significación: cuando el carácter contradictorio de las afirmaciones queda mitigado por la mixtura intelectual de quien osa colocar una verdad y un error en un mismo planteamiento:
“La verdadera sabiduría tiende a unir. La sabiduría del mundo tiende a amalgamar elementos que no pueden unirse, y, cuando ve que los tiene yuxtapuestos, cree que los ha fundido. Desde el punto en que dos elementos coexisten, el mundo imagina que están unidos.
El hombre de mundo no teme hacer daño. Pero teme chocar. No conoce las armonías, pero sí las conveniencias”35 .

El verdadero camino para oponerse a esta ideología pasa por restaurar el hábito noble y diferenciador de las palabras. No hay que demostrar que el Orden Natural no es discriminatorio: hay que demostrar que no toda discriminación es, en sí misma, injusta.
No retrocedamos ni un centímetro. Cada palabra debe convertirse en un alcázar. Ya sabemos que mientras menos definición tenga el discurso, a más personas puede llegar. Pero mientras menos perfil tenga nuestra palabra, mayor será la confusión que instale. Un auditorio amplio nos hace sentir tranquilos, pero desde ahí no podremos defender la verdad entera. Por eso Gómez Dávila decía:
“Para huir de esta cárcel, hay que aprender a no pactar con sus indiscutibles comodidades”.

10. ¿Qué pensar de la alternativa del plebiscito?

Vayamos al tema del plebiscito, pedido a fines de mes de julio por la jerarquía de la Iglesia, por boca de Monseñor Antonio Marino.
“He conversado con varios senadores para presentarles la postura de la Iglesia y muchos admiten que coinciden con nuestra posición y están de acuerdo…, pero después aparece el realismo político y terminan apoyando la ley…”.
Y ante tal perspectiva, nos lanza su solución. La convocatoria a un plebiscito sería “una vía más razonable que la seguida por los legisladores, muchos de los cuales actúan bajo presión”. Reclamó, así, “más tiempo para una decisión más sana”.
“Llama mucho la atención que en momentos en que la sociedad está afectada y preocupada por el índice de inflación, la inseguridad, la desocupación y el drama de la droga, entre otros graves problemas, se fije como prioridad legislativa este tipo de leyes”.

FAMPAZ ya lo había propuesto el 2 de junio36 ; antes, el arzobispo de Salta, monseñor Mario Cargnello, como reseña AICA el 12 de mayo37 . Su argumento fue:

“Se pretende imponer una decisión que parece superar la responsabilidad de nuestros representantes ya que las consecuencias de la misma son tan graves que necesitan, por lo menos, ser consultadas a la comunidad”.

La propuesta plebiscitaria elude la hipótesis de conflicto. Ahora bien, la Iglesia debe pensar católicamente. El orden natural no se plebiscita. Debe ser defendido. ¿Cómo es posible que se proponga rifar la verdad?
La propuesta plebiscitaria comporta una confusión incluyo mayor que la vertida por otro sacerdote, Nicolás Alessio, que sin concesiones defendió en los medios de comunicación el “matrimonio igualitario”. El desdichado Alessio –puesto que está violando la ley de Dios– ha dicho lo que realmente piensa. Se juega a una sola carta, sin simular y sabiendo que todo católico bien nacido condenará fuertemente su nombre como ciego que guía a otro ciego. Pero pedir un plebiscito es indigno: implica que estamos efectivamente en contra de la ley, pero que no animándonos a decirlo, deseamos que tal decisión recaiga en la mayoría anónima.
Por vía de posibilidad, como del plebiscito puede salir cualquier cosa, la Iglesia al pedirlo está colocando mansamente el cogote en la guillotina de sus enemigos: “acepto lo que la mayoría diga, resulte lo que resulte”. Ahora bien, ¿qué impedirá que mañana, cuando se discuta el aborto, los homicidas del niño por nacer pidan el plebiscito? ¿Qué diremos entonces? ¿Y si piden plebiscito por la educación sexual, la anticoncepción? ¿Alguien quiere plebiscitar algo más?
Algo de este retruécano del argumento plebiscitario lo manifestó el mismo Alex Freire, activista pro “gay”:
“Los derechos humanos no se plebiscitan. Sino, con ese criterio, que convoquen a un plebiscito y le pregunten a la gente si quiere seguir financiando con sus impuestos a la Iglesia Católica”38 .

Sólo proponer el plebiscito revela pensamiento endeble. Advirtamos no obstante la coherencia de los destructores del Orden Natural. La desventurada María Rachid también dijo al respecto que
“los derechos humanos no se plebiscitan”39 .

Diana Maffia afirmó, tal como lo recoge su propia página web:
“Sabemos que hay grupos que quieren hacernos plebiscitar derechos. Y yo pregunto: ¿se puede plebiscitar la igualdad? ¿se puede plebiscitar la libertad? Pues no, ya tenemos derecho a ser libres y a amar a quien una/o quiera”40 .

Alguno podrá argumentar que estas arpías dicen esto porque saben que perderían, pero que no tendrían ningún escrúpulo en plebiscitar si contaran con la certeza de victoria. Sin embargo, no perdamos de vista el punto. Independientemente de lo que piensen, se animan a decir algo que debería estar en la boca de los que repudiamos el seudo matrimonio: HAY COSAS QUE NO ESTÁN SUJETAS A LA SOBERANÍA POPULAR.
Lo mismo se diga de los judíos y los protestantes. También ellos han tomado la delantera con un discurso más contundente. Un rabino dijo que es “un escándalo espiritual” que el Congreso argentino debata esta ley: dijo que la debata, no que la apruebe.
El hebreo advirtió que con esta ley se pone en peligro el futuro porque “la creación del mundo fue para que hagamos un matrimonio para producir esta naturalidad del mundo y no se puede ir contra eso”41 . Y luego se animó a citar el Talmud en el medio de la atmósfera laicista. El rabino sí habla “en nombre de Dios”, aunque no reconoce al verdadero, Jesucristo.
Los católicos no.
A través del boletín Notivida42 , tenemos noticia también de las declaraciones de los protestantes. Ellos han afirmado que “pasar por alto la ley de Dios es el comienzo de la desintegración de una Nación”; no tuvieron empacho ni vergüenza en citar las sagradas escrituras al afirmar que “si uno toma el Antiguo y Nuevo Testamento” se ve claramente que “Dios previó el matrimonio para varón y mujer”. El texto bíblico, entonces, “no deja posibilidad de que el matrimonio sea otra cosa”, en clara alusión al rabino Daniel Goldman, que minutos antes había adulterado las sagradas escrituras justificando el seudo matrimonio. Incluso, los protestantes se pronunciaron en estos términos: “el matrimonio es el signo de la unión entre Cristo y su Iglesia”, concluyendo con una afirmación llena de énfasis:

“Yo sólo puedo bendecir lo que Dios bendice”.

El punto máximo de intensidad en sus palabras fue el siguiente:
“La obediencia a ley de Dios trae bendición y su rechazo condenación”43 .

No hemos tenido un ataque de irenismo ni de relativismo religioso, ¡Dios nos libre! sino que solamente señalamos algo digno de tenerse en cuenta. ¿Por qué nosotros estamos obligados a usar todo tipo de argumentos excepto los sobrenaturales, y los demás no?
He aquí la trampa del naturalismo arrojada a los católicos, en el nombre de la “estrategia”.
Tal vez alguno pensará que da lo mismo cómo o en nombre de qué uno se opone al seudo matrimonio; que lo importante es que se oponga, no importa cómo, no importa de qué manera, no importa a qué precio.
¿Seguro que no importa en nombre de qué?
Volvemos al ejemplo del principio. Si los primeros cristianos hubiesen predicado en nombre de “un dios”, alternativo a los ya existentes, no hubiesen sido perseguidos ni arrojados a los leones. Pero no hicieron eso: predicaron al Dios celoso, al Verdadero y Único: Jesucristo.
La fidelidad al logos, que es Dios mismo, el Verbo, la Palabra, nos exige como católicos la pronunciación responsable, pedagógica y testimonial de la verdad conocida. Un destino trágico aguarda a los que ceden frente a las ambiciones de los lobos:
“Las concesiones son los peldaños del patíbulo”.

11. Conclusión

Es necesario, por último, denunciar la oscuridad de la inteligencia en un mundo que no quiere distinguir, pero no porque pretenda acoger desinteresadamente a los extranjeros, no porque desee un trato respetuoso por igual para blancos, negros y amarillos; sino porque rechaza a la luz de la verdad, rechaza el límite que marca diferencias entre lo que es y lo que no es. Rechaza en última instancia su carácter de razón fundada y pretende colocarse como Razón Fundante, pretendiendo ser Fuente de las cosas y Norma Primera de legitimidad para los comportamientos.
Así justifica la homosexualidad. Así justifica las uniones contranatura. Así justifica los comportamientos llamados, eufemísticamente, “gay” y las relaciones sexuales entre lesbianas. Así justifica, en última instancia, la reducción de la sexualidad humana –traspasada siempre de espíritu, o más aún, ella misma penetrada por lo espiritual– a la pura y desencarnada genitalidad, en donde mientras más próxima está la carne, más lejos están las personas unas de otras; en donde se da contra la naturaleza la fusión de los cuerpos pero nunca, nunca, la fusión de las almas; en donde la persona queda reducida a materia prima experimentable e intercambiable, como lo atestigua el altísimo índice de promiscuidad de los comportamientos homosexuales. Porque los mismos que ahora luchan por el “matrimonio gay” son los que escriben en graffitis “Ni te cases ni te embarques”. No les interesa el “compromiso” “matrimonial” entre dos personas del mismo sexo; les interesa el desvirtuar una institución natural para que no quede ya sombra de la señorial distinción del intelecto.
Es tal el misterio de la sexualidad que respecto a su despliegue no caben términos medios:
“La sexualidad humana está fatalmente colocada en esta alternativa: o fiscalizada y sobrealzada por el amor del espíritu, o prostituida por el pecado del espíritu”44 .

Quienes levantan la bandera de la no discriminación se encuentran –lo sepan o no– desesperados. No cabe duda de que se están negando a sí mismos: rechazan su sexualidad tal como la tienen, ya fuera masculina, ya fuera femenina; rechazan la vocación propia de su cuerpo, rechazan el sentido espiritual, psicológico y biológico de la fusión con el sexo opuesto. Es un sistema de negaciones y rechazos. En suma, se trata de una oposición radical a todo lo que sea dado. Un enfrentamiento con la naturaleza –en su más noble y pura acepción–, y por ésto, en última instancia, con el Autor de la naturaleza.
Es finalmente la inmadurez de quien no quiere aceptarse a sí mismo, que ve su error, su mal, pero que no quiere emplearse a fondo para cambiarlo. Teme arriesgarse, empeñarse en corregirse y luego caer, nuevamente, habiendo gastado sus energías en cambiar inútilmente. Por eso elige el camino fácil de dejar de luchar. Y en este “dejar de luchar”, debe encontrar una justificación teórica ante los demás. Así pasa a la negación de lo que nos es dado naturalmente, para volcarse sobre sí como un Nuevo Creador, pretendiendo substituir al Verdadero. La mente del ideólogo es el escenario de la eterna tentación: seréis como dioses.
Proclamemos la verdad, no suavizándola o matizándola indebidamente. No con ingredientes cosméticos que disimulen su intransigencia. Proclamemos que hay discriminaciones y discriminaciones: unas justas, hijas de la inteligencia que es luz; otras injustas, hijas del desorden de las pasiones y de la voluntad. Es el malvado el que odia la luz, porque la luz pone en evidencia sus acciones. Amemos la luz de la Verdad, sabiendo que si somos fieles a Ella, Aquél que recompensa a los trabajadores fieles y laboriosos nos brindará –ya en la otra vida– la belleza con la cual Se engalana y de la cual, en este valle de lágrimas, sólo atisbamos fragmentos.
Cristo, Logos Eterno y Verbo Increado del Padre, nos dé la gracia de restaurar la palabra en nosotros mismos, nuestras familias, nuestra sociedad, nuestra Patria.
Juan Carlos Monedero (h)



1 Antonio Caponnetto. Hispanidad y leyendas negras, Buenos Aires,Nueva Hispanidad, 2001, págs. 34–37.
2 Rubén Calderón Bouchet, La Revolución Francesa, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 1999, pág. 168. Es llamativo que la decisión parlamentaria sobre la legalidad de este proyecto tenga lugar, justamente, el 14 de julio.
3 Hemos publicado otros trabajos relacionados, tales como El lenguaje es discriminatorio, ¿y qué? Qué hay detrás de la ideología de la no discriminación (resumen).
4 Mt. 5, 6.
5 Ernest Hello. El hombre. La vida – La ciencia – El arte, Buenos Aires, Difusión, 1941, pág. 86.
6 I-II, q. 28, art. 4, corpus.
7 Gilberth K. Chesterton, Ortodoxia, Buenos Aires, Excelsa, 1943, págs. 51-52.
8 Charles Maurras. Mis ideas políticas, Buenos Aires, Huemul, 1962, pág. 87.
9 Los promotores de la ideología antidiscriminatoria pretendieron subestimar el valor esclarecedor de la etimología de ciertos términos, a fin de sostener racionalmente su postura. No importaba, pues, que matri hiciera pensar en la palabra mater –“madre” en nominativo singular de latín– puesto que “si nos rigiéramos por la etimología para determinar los alcances de una institución jurídica… el ‘salario’ debería pagarse en sal…”. Nuestro adversario ofrece algunos ejemplos más, pero este basta. Aunque tales puedan impresionar, una observación atenta basta para desarticularlos. En el caso de la palabra “salario”, no se verifica que la misma haya cambiado de significado. La palabra salario continúa queriendo decir, obviamente, el pago debido a determinado tipo de trabajos realizados. Lo que ha cambiado es el objeto –y no el significado– con el cual se retribuye: sal, monedas, cheques, billetes, etc.
10 Ambas citas extractadas de http://www.notivida.org/ , Boletín 634, Año IX, 9 de noviembre de 2009.
11 www.felipesola.com.ar/nota203_discurso-en-la-sesion-por-el-matrimonio-gay.html. Visto el 23 de junio de 2010.
12 Rafael Gambra. El lenguaje y los mitos, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2001, págs. 23-24.
13 Romano Amerio. Ponencia presentada en el Congreso Teológico de Sí Sí No No, http://lamentabili.blogspot.com/2009/07/romano-amerio-e-caritas-in-veritate.html . Visto el 26 de junio de 2010. Deberíamos preguntarnos si tenemos ese temor a la contradicción o si, por el contrario, constantemente formulamos argumentos endebles, raquíticos.
14 De ahí la frase de Martín Heidegger: “¿No pertenece a la esencia de la verdad, justamente lo opuesto a su esencia? (…) ¿no tiene entonces que retomar la hasta ahora omitida no esencia de la verdad, la no verdad, y admitirla expresamente en la esencia de la verdad? ¡Evidentemente!”.
15 Ernest Hello. El hombre…, ídem pág. 111.
16 La versión que tenemos de La palabra violada incluye justo aquí esta nota al pie: “Agraden al cielo con sus bocas y la lengua de ellos lame la tierra”. Salmo LXXIII-9. No está numerada, no remite al año ni a la editorial que la ha impreso.
17 Ernest Hello, citado por el Padre Alfredo Sáenz SJ, Siete virtudes olvidadas, Buenos Aires, Gladius, 2005, pág. 142.
18 Remitimos a nuestro amable lector a otro trabajo nuestro titulado El lenguaje es discriminatorio: ¿y qué?, del cual sólo queremos reproducir estas líneas relativas al término “discriminación”: “Discriminar es distinguir. Y confundir es lo contrario de distinguir. Por ende, no discriminar –como machaconamente se nos insiste– equivale a confundir. La bandera de la no discriminación es la bandera de la confusión. Guste o no, es así. Sólo en una segunda acepción –tal como registra la Real Academia Española– discriminar significa “Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”. Y esto sería discriminar injustamente; lo que especifica a la discriminación como reprobable es su injusticia. Hoy padecemos la deliberada hipertrofia de la segunda acepción de esta palabra, que ha desplazado su sentido propio y exacto”.
19 Charles Maurras. Mis ideas políticas…, ídem, pág. 88.
20 Plinio Correa de Oliveira. Trasbordo ideológico inadvertido y diálogo. Traducido al español por el Consejo de Redacción de “CRUZADA”, Buenos Aires, 1966, pág. 29.
21 Juan Milet, citado por Rafael Gambra. El lenguaje…, ídem, pág. 21.
22 http://ncn.com.ar/08/noticiad.php?n=6452&sec=2&ssec=51&s=noticiad . Visto el 27 de junio de 2010.
23 I-II, q. 29, art. 5, corpus.
24 Ezequiel 33, 7-9.
25 Isaías 5, 20.
26 Michael Signorile, activista homosexual y escritor, citado en Crisis Magazine, 8 de enero de 2004.
27 Alison Jagger, “Political Philosophies of Womens Liberation”, Feminism and Philosophy, Littlefield, Adams & Co., Totowa, New Jersey, 1977, pág. 13. Los subrayados son nuestros.
28 Juan Donoso Cortés. Ensayo sobre Catolicismo, liberalismo y socialismo, Obras escogidas, Buenos Aires, Poblet, 1943, págs. 528-529.
29 Rafael Gambra. El lenguaje…, ídem, pág. 23.
30 www.aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=19319&format=html. Visto el 23 de junio de 2010
31 Santo Tomás de Aquino, Buenos Aires, Espasa-Calpe Argentina, 1937, pág. 112.
32 Ídem, pág. 115.
33 Suma Teológica, III, q. 16, art. 8, corpus.
34 http://casadesarto.blogspot.com/2004/09/romano-amerio-y-el-divorcio.html . Visto el 9 de julio de 2010.
35 Ernest Hello. El hombre…, ídem, pág. 109.
36 http://www.aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=21853&format=html . Visto el 30 de junio de 2010.
37 http://www.aica.org/docs_blanco.php?id=274 . Visto el 3 de julio de 2010.
38 http://www.clarin.com/sociedad/Matrimonio_gay-Iglesia-polemica-plebiscito-acto_0_288571280.html . Visto el 30 de junio de 2010.
39 http://www.amprovincia.com.ar/noticias/detail_noticia.asp?id=21867&seccion=1 . Visto el 30 de junio de 2010.
40 http://dianamaffia.com.ar/?p=5738 . Visto el 30 de junio de 2010.
41 http://aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=21453&format=html . Visto el 30 de junio de 2010.
42 www.notivida.org, boletín N° 717.
43 Ídem.
44 Gustave Thibon. Lo que Dios ha unido (Ensayo sobre el amor), Buenos Aires, Librería, 1952, pág. 164.












No hay comentarios:

Publicar un comentario