martes, 11 de noviembre de 2014

Elogio de los grandes sinvergüenzas


por Jacinto Choza


Hace unos cuantos años que vengo notando en nuestra sociedad la falta de unos elementos claves para la buena forma psíquica de todos sus ciudadanos. Antes de que comenzase la floración literaria sobre los rasgos neuróticos de nuestro tiempo venía sintiendo una nostalgia imprecisa, que por fin he logrado saber a qué se refería: lo que nos faltan son grandes sinvergüenzas. Es lamentable, pero es así.
Si me dedico a escribir estas líneas es porque no se ha reconocido aún que los grandes sinvergüenzas han desempeñado en la historia un papel altamente benéfico. Digamos que escribo por una deuda de gratitud hacia ellos, por un «deber de justicia». Cuando faltan grandes sinvergüenzas, como es nuestro caso, la salud psíquica de los pueblos parece que se resiente de un modo alarmante.
Para no herir susceptibilidades, me voy a situar en el siglo XVI, que, sospecho, queda lo suficientemente lejano como para no desatar pasiones. Por ejemplo, una cuestión sucesoria puede tener tal efecto, pero si se trata de la sucesión de Felipe el Hermoso, cualquier contemporáneo podrá considerarla sin que se altere su ritmo cardíaco.
Pues bien, yo siento nostalgia de formidables sinvergüenzas como Lope de Vega y Felipe II. Fueron grandes sinvergüenzas y fueron inauténticos: mejor aún, en su inautenticidad estribaba su grandeza. De ninguno de ellos puede decirse que obrara siempre de acuerdo con sus convicciones más íntimas y sus más básicos principios, que es lo más definitorio de la actitud ética contemporánea llamada autenticidad.
Es grato, por demás, que nuestra época tributa culto a los hombres auténticos por serlo, pero es ingrato que deteste a otros por lo mismo. Si nos atenemos a lo que significa «ser auténticos», tanto como Che Guevara lo fue don Adolfo Hitler y el señor Faruk. No logro explicarme por qué, siendo tan democrática e igualitarista la sociedad contemporánea, goza con un culto tan arbitrariamente unilateral.
Volvamos a nuestro siglo XVI. En él cabe admirar a Felipe II y a Lope de Vega porque eran inauténticos, y sobre todo, porque lo eran en ese aspecto tan trascendental de la vida de un hombre que es su relación con la mujer; mejor dicho, con las mujeres.
El magnífico Lope no abandonó el ejercicio de su ministerio sacerdotal porque lo creyera imprescindible para alcanzar la plenitud de esa madurez humana de la que tanto se habla hoy, o porque considerase que debía comportarse así en virtud de sus principios básicos. No señor. El gran Lope abandonó su ministerio porque, descuidando el fervor por el que mantenía la vista alzada al cielo, la dejó resbalar hacia la tierra, y comprobó que el animal racional femenino continuaba siendo una criatura fascinante.
Efectivamente, las mujeres pueden contarse entre las criaturas más hermosas de la tierra —sobre todo algunas— y sólo su belleza hace comprensible muchas locuras, a condición de que realmente la posean. Lope era un apasionado de la belleza y era un hombre. Hubiera sido una falta de galantería, e incluso de virilidad, basar su conducta en otros principios que no fueran la belleza de sus damas. Lope, que era un hombre y un esteta, no tuvo necesidad de inventar ningún principio psicológico ni teológico: las amó, sencillamente, porque eran hermosas; y por ellas abandonó sus principios más íntimos y sus convicciones más básicas.
Felipe II es, con todo, el más genial de los grandes sinvergüenzas, y, por consiguiente, aquél hacia el que deberíamos dirigir nuestra gratitud en mayor medida. Lo entenderemos bien si lo relacionamos con su colega Enrique VIII de Inglaterra.
El rey Felipe no era un hombre tan seco y adusto como nos ha hecho creer Tiziano. Era amante de la buena mesa y del buen vino, tenía en su dormitorio un cuadro de las tres gracias, y disfrutó de las mujeres más hermosas. En esto no actuaba el rey Felipe según las convicciones más básicas y los más íntimos principios de su Serenísima Majestad Católica. No era auténtico; pero para resolver sus incongruencias se sometía al juicio y a las amonestaciones de un sencillo fraile que le absolvía de sus pecados.
Su colega Enrique VIII, tal vez porque contaba con más cortesanos y con menos damas, tuvo que exigir el beneplácito de toda una «Conferencia Episcopal» para disfrutar de una sola mujer lo que Felipe disfrutó de muchas, sometiéndose luego a las recriminaciones de un solo presbítero.
El bueno de Enrique no quiso obrar en contra de sus más íntimas convicciones y de sus más básicos principios —que eran, por lo demás, los de todos sus compatriotas—, y en aras de la «autenticidad», para evitar que sus deseos fueran deshonestos, convirtió en honesto lo que deseaba. Para ello tuvo que hacer pasar por entre las dos sábanas de su lecho las conciencias de todos sus compatriotas, pero la autenticidad lo exigía. Enrique no quiso ser un sinvergüenza inauténtico, y se convirtió en un auténtico sinvergüenza. Ahí empieza a deteriorarse la salud mental de un pueblo.
Que un hombre abandone sus principios básicos por una mujer, dejando los principios básicos donde estaban, es reprobable, pero dice bastante en favor de ese hombre —y mucho en favor de esa mujer—: ese hombre podrá volver a sus principios cuando quiera, porque seguirán estando donde los había dejado.
Que un hombre lleve consigo sus principios, haciéndolos cambiar con sus deseos, dice poco en favor de la mujer, a la que ya no se ama por una cuestión de belleza, sino por una cuestión de principios, y dice menos en favor del hombre: porque el que se lleva consigo sus propios principios, en lugar de abandonarlos, nunca podrá volver a donde los había dejado, sencillamente, porque ya no están en ninguna parte.
A partir de ese momento, seducir damas recién casadas o novicias, abandonar el ministerio sacerdotal por una mujer, o cobijar en el regio tálamo a un sinfín de ellas, es una vulgaridad al alcance de cualquier mediocre: sencillamente, porque las han «convertido» en acciones indiferentes.
Los grandes sinvergüenzas podían arriesgar su alma a sabiendas por una mujer hermosa, pero tenía que serlo en grado sumo; les cabía la posibilidad de condenarse por un acto arriesgado y voluntario, pero sobre todo, les cabía la posibilidad de arrepentirse. A los auténticos sinvergüenzas no les cabe más que condenarse por acciones vulgares, después de haberse cortado a sí mismos la retirada hacia el arrepentimiento.
Los grandes sinvergüenzas nunca pretendieron justificar sus acciones, pero todos las comprendemos. Para seducir a una fémina jamás necesitaron el apoyo de los teólogos salmantinos: se apoyaron exclusivamente en su galantería. Y en la aventura que ellos sabían reprobable y arriesgada brillaba el vigor de su carácter y el romanticismo de la gran pasión. Sabían que obraban mal, pero el arrepentimiento y la absolución tenían para sus almas un efecto tan saludable como un buen baño, un buen almuerzo y una buena siesta para sus cuerpos. Su salud psíquica era envidiable. Los auténticos sinvergüenzas han echado a perder la salud de los pueblos.
Una mujer hermosa hace comprensibles muchas locuras —dije—, pero no todas: hace comprensible que un hombre abandone sus principios, pero no que los borre. La supresión de los principios tiene la ventaja de que ya no es posible hacer el mal, pero tiene el inconveniente de que tampoco se puede hacer el bien. Si ninguna acción es reprobable, por el mismo motivo ninguna es enaltecible. La supresión de los principios es la supresión de las lealtades, y si nada se prescribe, ni siquiera el amor es meritorio: en el caso de Lope, esto significa que abandonar los principios por la mujer no es mejor ni peor que renunciar a la mujer por los principios. Cuando todo es indiferente, la vida de los hombres y de los pueblos se estanca en esa terrorífica enfermedad que es el aburrimiento puro, porque el heroísmo y el riesgo son ya imposibles.
Los grandes sinvergüenzas, con su inautenticidad, contribuyeron a mantener la salud psíquica de los pueblos. Nuestra gratitud hacia ellos es un «deber de justicia»: porque dejaron la verdad donde estaba, su autenticidad era virtud; su inautenticidad, pasión; sus amoríos, pecados; sus amadas, hermosas; su arrepentimiento, salvación; y su vida, una emocionante aventura que, al menos no dejaba resquicios para el hastío y la indiferencia.

TOMADO DE: Jacinto Choza. La supresión del pudor y otros ensayos. 2da Edición. Pamplona: EUNSA, 1980, pp. 77-82

NOTA: El libro completo puede descargarse aquí

lunes, 10 de noviembre de 2014

Lo que verdaderamente corresponde a Dios...y al César

Esclarecedor artículo de Juan Manuel de Prada explicando la tantas veces mal usada frase de Jesucristo. Contra la interpretación en clave liberal-democrática que usualmente se le ha dado -inclusive por parte de políticos católicos-, De Prada ensaya una interpretación mucho más coherente con la propuesta de Cristo, que supone no dejar de lado a Dios de las cuestiones políticas de este Mundo.


Dios y el César

Juan Manuel de Prada

Un amable lector me solicita que explique en uno de mis artículos la misteriosa frase evangélica «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», con la que Jesús responde a los fariseos que pretenden perderlo. Puesto que soy un pobre lego en cuestiones teológicas y políticas, no puedo explicar una frase que exige mucha más ciencia de la que yo tengo; pero probaré a dar mi interpretación, que poco o nada tiene que ver con la que nuestra época ha impuesto.

Esta célebre frase suele ser entendida hoy en un sentido restrictivo, al igual que aquella otra igualmente célebre: «Mi Reino no es de este mundo». En realidad, Jesús no pretende significar que este mundo le resulte cosa ajena, sino que su Reino está «sobre este mundo», imprimiéndole desde lo alto su inspiración. Pensar lo contrario sería tanto como colocar el cristianismo en un peldaño inferior al de todas las religiones que en el mundo han sido, pues lo mismo Mahoma que Confucio o Buda han aspirado a que las religiones por ellos fundadas sean el alma de las leyes que rigen a los pueblos que las profesan. Pero nadie podrá negar que, en efecto, Jesucristo vino a fundar una nueva relación entre política y religión, como en general vino a fundar una nueva relación entre las realidades naturales y sobrenaturales. La clave para dilucidar el sentido de la frase que nos ocupa es establecer el reparto, «lo que es» de Dios y del César, que nuestra época ha sustituido por una caprichosa distribución, según lo que ella desea que sea.

Según la concepción clásica, «lo que es» de Dios son los principios rectores de la política; pero esta concepción ha sido sustituida por otra muy distinta, según la cual solo es de Dios la intimidad de la conciencia, dejando para el César toda la acción política, desde los principios (o falta de principios) en que se asienta hasta sus realizaciones más concretas. Esta división tan desproporcionada la defienden incluso (¡y sobre todo!) los políticos sedicentemente católicos, que militan tan campantes en partidos políticos que promulgan o conservan leyes contrarias a la ley divina, amparándose en que siguen obedeciéndola en la intimidad de sus conciencias. Este alegato resulta tan estrafalario como el del adúltero que, para convencerse de que no está faltando a sus deberes conyugales, se conforma con lanzar un piropo o hacer una carantoña a su mujer en la intimidad de la alcoba, yéndose después de putas tan ricamente. Aceptar tal alegato sería tanto como aceptar que el cristianismo es una religión demente, puramente teorética y desenganchada de la realidad, en la que Dios, después de crear el mundo, se desentiende de él, como si fuese un aburrido juguete.

Sin embargo, esta visión demente del cristianismo es la que a la postre ha triunfado en nuestra época; y la que el pensamiento clericaloide ha asumido, tratando de ofrecer versiones contemporizadoras casi siempre hipócritas de la frase evangélica, en un esfuerzo por amalgamar lo que por su propia naturaleza es inconciliable. No diremos que el propósito de tales esfuerzos amalgamadores haya sido innoble; pero lo cierto es que han terminado como el rosario de la aurora (no hay sino que ver cuál ha sido el destino pútrido de la llamada 'democracia cristiana'), como ocurre siempre que por pragmatismo se acepta ceder, siquiera parcialmente, en los principios. Podría decirse que hoy, cuando el César se ha apropiado de lo que no es suyo, la mejor interpretación de la frase evangélica que nos ocupa es la que nos brinda Pier Paolo Pasolini en sus Escritos corsarios: «Siempre me ha chocado, por no decir que me ha indignado profundamente, la interpretación clerical de la frase de Cristo: 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios'.
 
Se hizo pasar aunque parezca monstruoso por moderada, cínica y realista una frase de Cristo que era, evidentemente, radical y perfectamente religiosa. Porque lo que Cristo quería decir no podía ser, de ningún modo, 'complácelos a ambos, no te busques problemas políticos, concilia los aspectos prácticos de la vida social con el carácter absoluto de la vida religiosa, procura nadar y guardar la ropa estando a bien con los dos, etcétera'. Al contrario, la frase de Cristo en absoluta coherencia con toda su predicación solo podía significar esto: 'Distingue netamente entre César y Dios; no los confundas; no hagas que coexistan indolentemente con la excusa de servir mejor a Dios'».

¡Pero Pasolini era un peligroso extremista y un réprobo!, nos diría hoy el político tibio y meapilas que nada y guarda la ropa. Y en verdad lo era; solo que está probado que a veces Dios inspira a los réprobos; en cambio, a los tibios los vomita de su boca.

TOMADO DE: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20141109/dios-cesar-7803.html

viernes, 7 de noviembre de 2014

El cristianismo no puede ser una religión progresista.

“Quieren hacerle hacer progresos al cristianismo. ¡Que no se fíen! ¡Que no se fíen! Quieren hacerle hacer progresos al cristianismo que podrían costarles, que les costarían caros. El cristianismo no es de ninguna manera, en absoluto, una religión de progreso, ni mucho menos aún, si ello fuera posible, del progreso. No es, pues, de ningún modo, en grado alguno, una religión histórica. Es, da vergüenza, da pena tener que volver a decir estas verdades primeras, es una religión mística; en lugar de ser una religión intelectual, es una religión para intelectuales […] Hay gente que quiere perfeccionar el norte, la dirección del norte. El pícaro, el gran pícaro que quisiera perfeccionar el norte, la dirección del norte. Hay direcciones, sentidos, que son, una vez dados, el norte en el mundo físico y el cristianismo en el mundo místico. Así se han dado puntos fijos de una vez por todas en uno y otro mundo, en el mundo natural y en el mundo sobrenatural, en el mundo físico y en el mundo místico.”


Charles Péguy

TOMADO DE: STAT VERITAS

lunes, 13 de octubre de 2014

Una olvidada infame matanza de los rojos durante la Cruzada de Liberación en España

 

El engaño que acabó con gran parte de la aristocracia madrileña en la Guerra Civil

 Una falsa información de un moribundo se convirtió en una matanza olvidada de 67 personas en las trincheras de la capital

«Nos han preparado una encerrona y traído a esta casa con otros quince más. Espero nos matarán. Sea la voluntad de Dios». Son las palabras que Manuel Toll Messía, uno de los 67 hombres asesinados en el túnel de la muerte de Usera durante la Guerra Civil, escribió con la hebilla de su cinturón en una pared, sabedor del trágico final que le esperaba. Su historia y la de sus compañeros fue olvidada por la Memoria Histórica.
Decenas de niños juegan animados en el patio del colegio concertado Nuestra Señora de la Providencia, bajo la dirección de la orden de las Teatinas. Bajo sus pies, se esconde una cripta olvidada. Es el Túnel de la Muerte, donde a finales de 1937 perecieron 67 personas víctimas de un vil engaño.
El comienzo de la Guerra Civil dejó el barrio de Usera como un territorio de nadie, donde nacionales y republicanos se peleaban cada palmo de terreno. A la 36ª Brigada Mixta del Ejército Republicano se le encomendó la defensa de Madrid en esa orilla del Manzanares. Al frente de ésta se encontraba Casimiro Durán, un hombre de confianza del Partido Comunista obsesionado por la «caza de fascistas».
En aplicación del Derecho de Asilo, las embajadas y legaciones extranjeras se convirtieron durante la guerra en improvisados asilos para aquellos que no comulgaban con la causa republicana y que habían quedado «presos» en la capital. Hasta la legación de El Salvador llegó en 1937 un hombre con una extraña misión, la búsqueda de un sacerdote que diese la extremaunción a un moribundo.

Descanso espiritual

A pesar del peligro que suponía salir de la representación salvadoreña, un sacerdote salesiano se ofreció a dar este último descanso espiritual. Lo que no sabía el religioso era el revelador secreto que conocería en el hostal donde se alojaba el enfermo: en Usera había un túnel por el que se podía pasar a la zona nacional de la mano de algunos oficiales comunistas que, aparentemente, renegaban de su uniforme. El trato era simple. Una elevada cantidad de dinero o joyas a cambio de un salvoconducto para reunirse con sus familias en la zona sublevada. «Estaban desesperados. Me lo contó el salesiano. Un día apareció por aquí a despedirse por última vez de sus compañeros del refugio», explica sor Mari ángeles, la antigua profesora de Historia del colegio.
La noticia del túnel liberador se extendió como la pólvora entre los cientos de refugiados en las embajadas. El problema era el elevado coste. En la legación salvadoreña, el Marqués de Cubas y de Fontalba, Francisco de Cubas y Erice, y su nieto vieron en este túnel la ocasión perfecta para huir.
Enmascarados en las sombras de la noche del 8 de noviembre de 1937, un coche de la Cruz Roja, trasladó a los de Cubas, al conde Cazalla del Río, Manuel Toll y a otros tantos aristócratas, abogados y militares hasta un pequeño chalet en Usera. La suya fue una de las ocho expediciones que no terminaron como ellos esperaban.
Al llegar a la casa todo cambió. Un capitán del Ejército Republicano, apellidado Cabrera, les hizo bajar del camión. Empezaba su pesadilla. Encañonados por los fusiles de los brigadistas, los expedicionarios fueron conducidos al interior del chalet, donde se les despojó de todo su dinero y alhajas. A continuación fueron interrogados brutalmente y encerrados en un túnel que no conducía a ninguna parte. Todo era mentira. Nunca más se volvió a saber de ellos.

67 fusilados sin escrúpulos

Lo más granado de la aristocracia madrileña y del mundo de las finanzas, junto con abogados, militares de distinta graduación, estudiantes, catedráticos, arquitectos, aparejadores y empleados de diversas profesiones libres perecieron en el túnel de la muerte. 67 personas en total, de las que solamente pudieron ser identificadas 36.
Temerosos de lo que pudiera pasar, antes de partir, algunos acordaron enviar un código por radio que hiciese saber a los que dejaban que habían pasado al otro lado. Pero aquel «santo y seña nunca llegó», cuenta la religiosa.
Cuando el equipo de forenses del doctor Piga exhumó los cadáveres, descubrió que estaban desfigurados y que todos tenían las manos atadas. La mayoría habían muerto fusilados, pero también los había que habían perecido por asfixia o estrangulación.

Hemingway lo sabía

Olvidado por muchos, el túnel no pasó desapercibido para Ernest Hemingway, quien en su obra «Por quién doblan las campanas» hablaba de lo sucedido en Usera en boca de uno de sus personajes. El estadounidense conocía los hechos de primera mano, había estado con quien él llamaba «los topos de Usera» tan sólo dos meses después de que acabaran los macabros engaños, en diciembre de 1937.
Hasta hace unos años, los familiares de las víctimas se reunían en una misa anual en la cripta en recuerdo de sus fallecidos. Hoy apenas hay descendientes directos. «Tenemos una profesora nueva cuyo abuelo murió aquí», explica sor Rosa, la directora del colegio, a quien lo que más le preocupa es el mal estado de conservación del túnel: «Con el lío de la Memoria Histórica de Zapatero vinieron de la Comunidad a interesarse, pero nada más».
El deterioro de la cripta es notable. Las humedades campan a sus anchas y el mármol de las lápidas de los nichos –vacíos después de que las familias decidiesen trasladar los restos a camposantos– se desprenden. «Con la crisis que hay nos dijeron que no había dinero para arreglarlo», comenta la religiosa mientras señala los estragos del paso del tiempo. Mientras tanto, la barbarie que aquí se cometió continúa enterrada bajos los juegos de los niños del colegio, para quienes el interior de la cripta sólo es parte de su imaginación.

Artículo de: ABC

martes, 30 de septiembre de 2014

Ex Oriente Lux


por Juan Manuel de Prada

El escritor español Juan Manuel de Prada nos habla acerca del paralelismo entre Rusia y España. La parte final nos hace pensar que España ha hecho, como nación, el camino inverso al que recorrió san Pablo

UNA primera y fugaz visita a Rusia me permite vislumbrar algo que otros muchos viajeros que pasaron largas temporadas en estas tierras han repetido: las similitudes de carácter y mentalidad que existen entre rusos y españoles, salvadas las naturales distinciones derivadas de su muy diversa procedencia. En efecto, rusos y españoles (cada uno a nuestra manera) somos desmesurados y caóticos, vehementes e indisciplinados, poco amigos de normas, efusivos hasta la sangre o las lágrimas, santos y bárbaros a un tiempo. La careta soviética ha podido esconder estos rasgos de la personalidad rusa, ensuciándola de un automatismo huraño, del mismo modo que la careta europeísta a pique está de convertir al español en una suerte de congrio hervido. Pero mi corazón espera, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

Analizando su papel en la Historia, las similitudes entre españoles y rusos se confirman. Ambos pueblos se configuran en la lucha contra los infieles que ponen a prueba su fe (los españoles contra los moros, los rusos contra los tártaros), de cuyo yugo se liberan casi al mismo tiempo. Inmediatamente, españoles y rusos acatan su designio antieuropeísta, resistiendo como dos bastiones formidables los embates del pudridero europeo y repeliendo sucesivamente cada una de sus rupturas, que se inician con la ruptura religiosa de Lutero y alcanzan su apogeo en la era de las revoluciones. Lo mismo Rusia que España repelerán la lepra protestante que se adueña del resto de Europa; y lo mismo España que Rusia combatirán (y derrotarán) al ejército napoleónico. Entre medias, ni Rusia ni España se conformarán con convertirse en «naciones»: enseguida dirigirán la mirada hacia fuera de sus fronteras, en un anhelo cuyo impulso primordial es difundir la fe. Este anhelo ecuménico será poco a poco, a lo largo del siglo XIX, envenenado por el virus revolucionario, que a la vez que carcome la religiosidad de españoles y rusos y desmigaja su imperio, los empuja a la guerra civil.

Y aquí es donde nos tropezamos con la más estremecedora similitud. Españoles y rusos somos por naturaleza enemigos de Europa, cuyo veneno hemos tratado de repeler durante siglos; y cuando por fin nos rendimos a ese veneno, no lo hacemos al modo pacífico de las naciones de chichinabo que integran el pudridero europeo, sino –como señala Dostoievsky– vengándonos, en un vendaval de furia, porque esa rendición nos obliga a contrariar nuestra naturaleza. Es lo que ocurrió en la revolución bolchevique en Rusia, y lo que ocurrió en nuestra guerra del 36. Cuando a los pueblos religiosos se les obliga a renegar de su fe, no se hacen tibios descreídos o modernistas delicuescentes, sino ateos rabiosos y nihilistas que se revuelven contra Dios, locos satanizados que prenden fuego a las iglesias, hienas que no se conforman con abolir lo antiguo para entronizar lo nuevo (como haría el liberal morigeradito), sino que lo inmolan todo en los altares del desorden, del caos… de la nada. Y es que, en efecto, lo que sigue a esta rebeldía contra Dios es la nada, la inanidad de las almas calcinadas y condenadas a la irrelevancia. Rusia ha logrado salir de esta inanidad en los últimos años, recuperando su dignidad; España, por desgracia, sigue inmersa en ella.

En Los demonios, Dostoievsky llegó a escribir: «Creo que el retorno de Cristo tendrá lugar en Rusia». Y los signos de devoción que he visto en estos días me hacen pensar que esta profecía podría estar empezando a cumplirse. Hoy, que por primera vez asistiré a una liturgia ortodoxa, rezaré para que ese retorno se produzca también en mi patria, antaño brava y hoy extenuada, convertida en lacaya de intereses extranjeros.

Imagen de la decadente y apóstata España de los días actuales. Ni punto de comparación con la sensata Rusia de hoy en día. 










TOMADO DE: ABC.es

lunes, 29 de septiembre de 2014

Envidia

por Juan Manuel de Prada

Presentamos, en una sola entrada, dos interesantes artículos del escritor Juan Manuel de Prada sobre la envidia. Especialmente interesante nos parece la reflexión que hace acerca del vínculo entre envidia y democracia.

I

Cervantes, que no solía equivocarse nunca, se equivoca sin embargo en el prólogo de la segunda parte del Quijote, cuando afirma que hay dos envidias; y que, junto a la envidia ruin, hay otra envidia «santa, noble y bienintencionada» (lo que hoy, popularmente, llamamos 'sana envidia'). Pero una palabra no puede significar una cosa y la contraria; y lo que Cervantes llama 'envidia santa' es la admiración y el deseo de emular a quien percibimos como superior. Esta virtud (por lo demás tan infrecuente), que permite reconocer las prendas del prójimo y que aspira a imitarlas, es nobleza de espíritu y nada tiene que ver con la envidia, que es tristeza del bien ajeno, tal vez la pasión más innoble y vil que pueda albergar el ser humano, incluso en sus versiones más mitigadas, cuando más que tristeza del bien ajeno es aflicción de la desdicha propia. Pues aun entonces esta versión mitigada de la envidia tiende, antes o después, a gotear sobre la otra y a mezclarse con ella.

La envidia, escribió Quevedo, es flaca «porque muerde pero no come»; y Calderón nos recuerda que «en los extremos del hado / no hay hombre tan desdichado / que no tenga un envidioso, / ni hay hombre tan virtuoso / que no tenga un envidiado». De donde se desprende que la envidia es pecado universal que a todos nos afecta y a todos nos destruye con su insomne mordisco roedor; y que, a la vez que nos atormenta, nos hace estériles. Siempre se ha dicho que la envidia es el pecado por antonomasia de los españoles; en lo que volvería a probarse que el pueblo español sigue siendo muy religioso (aunque su religiosidad esté vuelta del revés), porque la envidia es el pecado teológico por excelencia, ya que en su raíz se halla una rebelión frente a Dios, que repartió desigualmente los dones entre los hombres, haciéndolos a unos guapos y haciéndonos a otros feos. Cosa que el igualitarismo contemporáneo no puede soportar, según se explica en aquellos versos impagables que aprendí de Castellani: «¡Igualdad!, oigo gritar / al jorobado Fontova. / Y me pongo a preguntar: / ¿Querrá verse sin joroba / o nos querrá jorobar?».

Unamuno decía que la envidia era «íntima gangrena del alma española», «fermento de nuestra vida social» y «lepra nacional», elaborando en torno a la envidia un ensayo sobre el carácter español. Muchos extranjeros repararon en esta lacra que nos empuja a los españoles a destruirnos los unos a los otros; así, por ejemplo, John Stuart Mill escribe en Consideraciones sobre el gobierno este juicio tan certero como demoledor: «Los españoles persiguen con saña a todos sus grandes hombres, les amargan la existencia y, generalmente, logran detener pronto sus triunfos». Y es que, en efecto, los españoles (y sospecho que también los vástagos del tronco hispánico) tendemos a afligirnos de las dichas ajenas, tendemos rencorosamente a despreciar todo aquello que no podemos alcanzar, tendemos a negar y eliminar todo lo que destaca por sus méritos y bondades, en un empeño lastimoso (y vano) por hallar consuelo en nuestra mediocridad, nivelando por abajo, haciendo tabla rasa del talento, denostando y ensuciando todo lo que nos parece superior, hasta igualarlo con lo que es inferior.

Además, la envidia española tiene la característica peculiar de no estar generalmente ligada a la mera codicia, como ocurre en la envidia más elemental y primaria, que tiende a pensar que la posesión de un bien por parte del prójimo nos impide disfrutarlo a nosotros. Frente a esta envidia elemental, la envidia española (subrayando su naturaleza 'espiritual') se entrevera de un orgullo que se resiste a reconocerse inferior a nadie (aunque íntimamente se sepa inferior, o sobre todo cuando se sabe inferior) y no soporta reconocer la superioridad del prójimo. Este orgullo acérrimo e inexpugnable provoca en el español un disgusto o malestar espiritual que acaba degenerando en resentimiento y amargura, hasta anegarlo de una envidia 'existencial' que no nace de lo que el prójimo posee o disfruta, sino de lo que el prójimo es. Y el dolor que provoca esta envidia 'existencial' no se cura despojando al prójimo, sino rebajándolo, difamándolo, humillándolo, calumniándolo, arrastrándolo por el fango; y, a la vez, enalteciendo, exaltando, entronizando al que es mediocre, con la condición de que lo sea al menos tanto como nosotros.
Naturalmente, una pasión tan innoble y a la vez universal (sin consuelo posible, además, si no viene de arriba) tenía que ser aprovechada políticamente. De esto hablaremos en nuestra próxima entrega.--...

II

A simple vista, una pasión tan universal e innoble como la envidia haría ingobernable cualquier sociedad. En efecto, la envidia, que amarga y destruye tanto a quien la sufre como a quien la suscita, envenena la vida social y genera insolidaridad e individualismo, así como aversión hacia quienes se perciben como superiores, instaurando el reinado de la mediocridad. Todos los regímenes políticos se han tropezado con la cizaña insalvable de la envidia; y con ella han tenido que bregar, tratando de impedir que se extendiese su torva carcoma. Max Scheler, gran estudioso de la envidia, señala que solo hay dos modelos políticos que lograrían atemperar (ya que no reprimir del todo) sus efectos deletéreos: una democracia social, acaso quimérica, que propiciase una solidaridad perfecta entre sus miembros; y una organización jerárquica muy rigurosamente articulada. En cambio, afirma que la sociedad que favorece más la envidia es aquella en que «los derechos políticos y la igualdad social, públicamente reconocidos, coexisten con diferencias muy notables en el poder efectivo y en la riqueza efectiva; una sociedad en que cualquiera tiene 'derecho' a compararse con cualquiera y, sin embargo, no puede compararse de hecho».

¿Acaso no está refiriéndose Scheler, exactamente, a la sociedad en la que vivimos? No es el filósofo alemán el único que ha establecido este vínculo entre envidia y democracia. Así, por ejemplo, Nicolás Gómez Dávila escribió que «en las democracias, donde el igualitarismo impide que la admiración sane la herida que la superioridad ajena saja en nuestras almas, la envidia prolifera». Unamuno afirmaba, por su parte, que, cuando la envidia «su hiel en muchedumbre vacía / de gratitud al llamamiento sorda / suele dejarla y la convierte en horda, / que ella es la madre de la democracia». Bertrand Russell consideraba que las teorías políticas «son siempre el disfraz de la pasión, y la pasión que ha reforzado las teorías democráticas es indiscutiblemente la envidia». Y, para no seguir aburriendo al lector con la coincidencia en este extremo de pensadores tan diversos, aportaremos la opinión de Fernando Savater: «La envidia es la virtud democrática por excelencia (...). Es en cierta medida origen de la propia democracia, y sirve para vigilar el correcto desempeño del sistema (...). Hay un importante componente de envidia vigilante que mantiene la igualdad y el funcionamiento democrático».
Si repasamos las citas anteriores, descubriremos que no solo afirman que la democracia sea incapaz de mitigar la envidia, sino también que la envidia da sentido (es 'refuerzo' de la democracia, según Russell; 'madre', según Unamuno; 'origen', según Savater) a la democracia; como si dijéramos que la envidia le brinda su alma a la democracia. Se trata, desde luego, de una reflexión desazonante; pero son muchos los pensadores que han llegado a la misma conclusión desde puntos de partida muy distintos, casi antípodas. Sa vater llama a la envidia, incluso, «virtud democrática»; pero todos tenemos una experiencia nítida e intransferible de la envidia (por padecerla, por despertarla o por ambas cosas), y sabemos que no es una virtud, del mismo modo que sabemos que lo que la envidia propicia no puede ser virtuoso. Por no emplear palabras con connotaciones morales, podríamos decir (y creo que es una expresión que los autores citados podrían aceptar por 'consenso') que la envidia es 'motor de democracia'.

Como sostiene Savater, la envidia mantiene a los gobernados vigilantes en una demanda constante de igualdad; pero la igualdad que les procura no es efectiva, como sagazmente observa Scheler. Y en una sociedad en que cualquiera tiene derecho a compararse con cualquiera y, sin embargo, no puede compararse de hecho, la envidia no hace sino proliferar como los conejos. Esta proliferación de la envidia la utilizan luego los demagogos, dividiendo a las masas en facciones contrapuestas, a las que llamarán 'privilegiados' y 'oprimidos', o 'retrógrados' y 'progresistas', o 'rojos' y 'azules', o 'negros' y 'blancos', o como les plazca. De este modo, todo el encono social que produce constatar que la igualdad prometida no es efectiva, en lugar de dirigirse contra los urdidores del engaño, se convierte en gresca que incendia el cuerpo social; y los demagogos pueden así apacentarlo, estableciendo alianzas entre quienes tienen envidias comunes para llevar acciones comunes contra los envidiados.

A la larga, una sociedad así se convierte en una junta de caníbales; pero, entretanto, los demagogos hacen su agosto. 

Tomado de: Envidia I  y Envidia II