sábado, 3 de mayo de 2014

Francisco constituye una Comisión Cardenalicia para ver el caso de la ex PUCP


El papa Francisco ha constituido una Comisión Cardenalicia para (según indica literalmente el comunicado oficial de la Nunciatura Apostólica en el Perú) "encontrar una solución definitiva -dentro del marco de la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae-, a la cuestión de la ex-Pontificia Universidad Católica del Perú". 
Lo único que resta solucionar en este caso es ver cómo de una vez por todas se hace para que la ex PUCP deje de seguir usurpando los títulos de "Pontificia" y "Católica", pues ilícitamente los sigue usando muy frescamente; en otras palabras, lo único que falta es que de una vez por todas cambie de nombre y adopte uno que realmente sí sea acorde con su espíritu (ese de "Primera Universidad Caviar del Perú", le calza perfecto, y mejor para ellos, puesto que así ya no tienen que cambiar sus siglas). Aunque, en verdad, ya sabiendo cómo es S.S. Francisco, más bien hay que rezar para que no termine pidiéndole perdón a Marcial Rubio y a toda la exPUCP por la "afrenta cometida" y el "agravio" llevado a cabo por el "cavernario" papa Ratzinger, contra una institución tan fiel seguidora y promotora de la ortodoxia católica (como,por ejemplo, se puede ver aquí  y aquí ) como es la universidad del Fundo Pando. Si hasta me imagino a Francisco diciéndoles quién soy yo para juzgarlos...


Carta de la Nunciatura

Debate sobre “Unión civil”: el lado débil y el lado fuerte

DOS POSICIONES, DOS ESTILOS

Lunes 28 de abril de 2014
En cualquier debate, cuando una de las partes comienza a sustituir las razones por agresiones verbales contra la parte opuesta, es indicio cierto de la debilidad de su posición. 
Así sucede con los promotores de la actual campaña a favor de la “unión civil” entre personas del mismo sexo. Sintiéndose carentes de argumentos válidos, buscan compensar esa laguna insanable agrediendo con injurias a todo aquel que se les oponga —y en primer lugar, es claro, a la Iglesia Católica.
Vale la pena comparar la calidad de la argumentación de una y otra parte. El día 3 de abril la Conferencia Episcopal Peruana emitió un comunicado sobre el proyecto de “unión civil” que tramita en el Parlamento. El texto sostiene que dicha propuesta contraría el orden natural, distorsiona la verdadera identidad de la familia, contradice la finalidad del matrimonio y, en su igualitarismo extremado, ignora las notorias y naturales diferencias entre el hombre y la mujer.
Los obispos también denuncian que se busca equiparar jurídicamente la “unión civil” al matrimonio [1]. En resumen, el texto expone con sobriedad la doctrina moral de la Iglesia sobre el tema en debate. Y por cierto no contiene ningún ataque personal [2].
Pero esa exposición ya fue suficiente para que los adeptos de la “unión civil” respondiesen como de costumbre, no confrontando ideas sino lanzando contra los obispos una andanada de injurias personales, alternadas con afirmaciones de un subjetivismo delirante.

Soberbia, odio, delirio

Así, un publicitado presentador de TV, haciendo alarde de su homosexualidad atacó el documento de los obispos, afirmando que “nadie está más obsesionado con el sexo que los curas”. Trata despectivamente al Cardenal Arzobispo de Lima de “curita”, y dice sentirse insultado por la crítica que este hace al proyecto en cuanto contrario al orden natural, porque —afirma muy suelto de cuerpo— “el orden natural no existe” [3].
¿No existe, sólo porque él lo afirma? – ¿Conocerá él ese asunto más que toda la constelación de pensadores, filósofos, juristas y teólogos que desde hace 25 siglos lo han explicado? En materia de pretensión y soberbia, es difícil llegar tan lejos...
Otro periodista, desde su columna en “El Comercio” también embiste contra el comunicado de los Obispos afirmando que ha sido “una patada” en el proyecto “conciliador” de Bruce, y que la propuesta de referéndum presentada por el Cardenal Cipriani es “un exabrupto plebiscitario a lo Chávez” [4].
Comparar la propuesta del Primado del Perú con las maniobras políticas del malogrado tiranete caribeño es una bajeza, reveladora del odio ofuscado que ciertos relativistas tributan a la Iglesia.
Pero la perla en esta materia es, sin duda, el artículo del novelista favorito de la macropublicidad, el Sr. Mario Vargas. Pareciera que de tanto escribir novelas él perdió el sentido de la realidad, y fantasiosamente se imagina capaz de enfrentarse de igual a igual a la Iglesia, Maestra de la Verdad, y contradecir a su gusto una milenaria doctrina moral asentada en los diez Mandamientos.
Si por lo menos lo hiciese presentando argumentos, como en vano trataron de hacerlo los fariseos con Jesucristo o los atenienses con San Pablo... Pero elegir el puro insulto como materia de ataque a la Jerarquía de la Iglesia, ¡es matonismo verbal, y del peor!
A ese nivel se rebaja el Sr. Vargas, que no ahorra epítetos al documento de la Conferencia Episcopal: lo califica como “cavernario y de una crasa ignorancia”, resabio del “sector más troglodita de la Iglesia”, que transpira un “oscurantismo agresivo” y se basa en una “creencia prejuiciosa desmentida por la ciencia y por el sentido común”, propia de “países atrasados e incultos” donde imperan “el fanatismo religioso y el machismo”, etc., etc. [5].
De pasada, aclaremos que es totalmente falso que la doctrina de la Iglesia sobre familia haya sido “desmentida por la ciencia” o por el “sentido común”. Y sería imposible desmentirla, ya que se funda en la propia naturaleza humana.

Una demostración de impotencia

Cabe preguntar entonces: ¿qué es lo que llevó a un novelista tan publicitado a perder los papeles de esa manera? ¿será la conciencia de su impotencia para argumentar? ¿un arrebato de odio a la Iglesia? [6] ¿O una conjunción de estas y otras causas?
Es difícil responder, pues las psicologías relativistas son bien complejas. Pero en cualquier caso, lo cierto es que ese animus injuriandi es también una manifestación de debilidad. Al emplear insultos en vez de ideas como arma de polémica, y por más importancia publicitaria que ostenten, los partidarios de la “unión civil” demuestran que son el lado débil en el debate, y los defensores del matrimonio verdadero y la familia serán siempre el lado fuerte, porque tienen la verdad de su lado.
Tengamos eso bien presente y sepamos actuar en defensa del matrimonio y la familia frente a esta nueva acometida revolucionaria, serenos y confiados en la fuerza invencible de la verdad.

[1] Esta intención de llegar hasta el seudo-matrimonio es obvia, y fue admitida en su momento por el propio autor del proyecto, Carlos Bruce, aunque ahora busque disimularla presentando una versión light del mismo, concebida como etapa estratégica de avance hacia a la meta más radical.
[6] Ese odio llevó, por ejemplo, a que la dirigente del movimiento homosexual de Lima, V. Ferrari, declarase que su lucha es “contra la Iglesia” y su meta es “terminar con la Iglesia, estamos en esa lucha” (http://www.exitosadiario.pe/actualidad/el-peru-es-un-infierno-para-las-mujeres). 
¡“Terminar con la Iglesia”! ¿Pretende este agrupamiento realizar lo que en 2 milenios de historia del cristianismo no lograron hacer ni las persecuciones de los homosexuales Nerón y Calígula, ni el Terror promovido por Dantón y Robespierre, ni las tiranías ateas y genocidas de Stalin y Mao? ¡Delirio!

Carta Encíclica "Quod Apostolici Muneris. Sobre el socialismo, comunismo, nihilismo", de S. S. León XIII. 28 de diciembre de 1878


Nuestro apostólico cargo ya desde el principio de Nuestro pontificado Nos movió, Venerables Hermanos, a no dejar de indicaros, en las Cartas Encíclicas a vosotros dirigidas, la mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas entrañas de la sociedad humana y la conduce al peligro extremo de ruina; al mismo tiempo hemos mostrado también los remedios más eficaces para que le fuera devuelta la salud y pudiera escapar de los gravísimos peligros que la amenazan. Pero aquellos males que entonces deplorábamos hasta tal punto han crecido en tan breve tiempo, que otra vez Nos vemos obligados a dirigiros la palabra, como si en Nuestros oídos resonasen las del Profeta: Levanta tu voz, no te detengas; hazla resonar como la trompeta (1).

LOS NUEVOS ERRORES

2. Es fácil comprender, Venerables Hermanos, que Nos hablamos de aquella secta de hombres que, bajo diversos y casi bárbaros nombres de socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por todo el orbe, y estrechamente coligados entre sí por inicua federación, ya no buscan su defensa en las tinieblas de sus ocultas reuniones, sino que, saliendo a pública luz, confiados y a cara descubierta, se empeñan en llevar a cabo el plan, que tiempo ha concibieron, de trastornar los fundamentos de toda sociedad civil. Estos son ciertamente los que, según atestiguan las divinas páginas, mancillan la carne, desprecian la dominación y blasfeman de la majestad (2).

3. Nada dejan intacto e íntegro de lo que por las leyes humanas y divinas está sabiamente determinado para la seguridad y decoro de la vida. A los poderes superiores -a los cuales, según el Apóstol, toda alma ha de estar sujeta, porque del mismo Dios reciben el derecho de mandar- les niegan la obediencia, y andan predicando la perfecta igualdad de todos los hombres en derechos y deberes. Deshonran la unión natural del hombre y de la mujer, que aun las naciones bárbaras respetan; y debilitan y hasta entregan a la liviandad este vínculo, con el cual se mantiene principalmente la sociedad doméstica.

4. Atraídos, finalmente, por la codicia de los bienes terrenales, que es la raíz de todos los males, y que, apeteciéndola, muchos erraron en la fe (3), impugnan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural, y por un enorme atentado, dándose aire de atender a las necesidades y proveer a los deseos de todos los hombres, trabajan por arrebatar y hacer común cuanto se ha adquirido a título de legítima herencia, o con el trabajo del ingenio y de las manos, o con la sobriedad de la vida.

5. Y estas monstruosas opiniones publican en sus reuniones, persuaden con sus folletos y esparcen al público en una nube de diarios. Por lo cual la venerable majestad e imperio de los reyes ha llegado a ser objeto de odio tan grande por parte del pueblo sedicioso, que sacrílegos traidores, no pudiendo sufrir freno alguno, más de una vez y en breve tiempo han vuelto sus armas con impío atrevimiento contra los mismos príncipes.
Causa primera de los males: el alejamiento de Dios

6. Mas esta osadía de tan pérfidos hombres, que amenaza de día en día con las más graves ruinas a la sociedad, y que trae todos los ánimos en congojoso temblor, toma su causa y origen de las venenosas doctrinas que, difundidas entre los pueblos como viciosas semillas de tiempos anteriores, han dado a su tiempo tan pestilenciales frutos.

7. Pues bien sabéis, Venerables Hermanos, que la cruda guerra que se abrió contra la fe católica ya desde el siglo décimosexto por los Novadores, y que ha venido creciendo hasta el presente, se encamina a que, desechando toda revelación y todo orden sobrenatural, se abriese la puerta a los inventos, o más bien delirios de la sola razón. Semejante error, que vanamente toma de la razón su nombre, al intensificar y agudizar el innato apetito de sobresalir, desatando el freno a toda clase de codicia, sin dificultad se ha introducido no sólo en las mentes de muchísimos, sino que ha invadido ya plenamente toda la sociedad.

8. De aquí que, con una nueva impiedad, desconocida hasta de los mismos gentiles, se han constituido los Estados sin tener en cuenta alguna a Dios ni el orden por El establecido. Se ha vociferado que la autoridad pública no recibe de Dios ni el principio, ni la majestad, ni la fuerza del mando, sino más bien de la masa del pueblo, que, juzgándose libre de toda sanción divina, sólo ha permitido someterse a aquellas leyes que ella misma se diese a su antojo. Impugnadas y desechadas las verdades sobrenaturales de la fe como enemigas de la razón, el mismo Autor y Redentor del género humano es desterrado, insensiblemente y poco a poco, de las Universidades, Institutos y Escuelas y de todo el conjunto público de la vida humana.

9. Entregados al olvido los premios y penas de la vida futura y eterna, el ansia ardiente de felicidad queda limitada al tiempo de la vida presente. Diseminadas por doquier estas doctrinas, introducida entre todos esta tan grande licencia de pensar y obrar, no es de admirar que los hombres de las clases bajas, a los que cansa su pobre casa o la fábrica, ansíen lanzarse sobre las moradas y fortunas de los más ricos; ni tampoco admira que ya no exista tranquilidad alguna en la vida pública o privada, y que la humanidad parezca haber llegado ya casi a su última ruina. 
Sociedades secretas; filosofismo, socialismo; otros errores

10. Mas los Pastores de la Iglesia, a quienes compete el cargo de resguardar la grey del Señor de las asechanzas de los enemigos, procuraron conjurar a su tiempo el peligro y proveer a la salud eterna de los fieles. Así que empezaron a formarse las sociedades clandestinas en cuyo seno se fomentaban ya entonces las semillas de los errores que hemos mencionado, los Romanos Pontífices Clemente XII y Benedicto XIV no omitieron el descubrir los impíos proyectos de estas sectas y avisar a los fieles de todo el orbe la ruina que en la oscuridad se aparejaba.

11. Pero después que aquellos que se gloriaban con el nombre de filósofos atribuyeron al hombre cierta desenfrenada libertad, y se empezó a formar y sancionar un derecho nuevo, como dicen, contra la ley natural y divina, el Papa Pio VI, de f. m., mostró al punto la perversa índole y falsedad de aquellas doctrinas en públicos documentos, y al propio tiempo con una previsión apostólica anunció las ruinas a que iba a ser conducido miserablemente el pueblo. Mas, sin embargo de esto, no habiéndose precavido por ningún medio eficaz para que tan depravados dogmas no se infiltrasen de día en día en las mentes de los pueblos y para que no viniesen a ser máximas públicamente aceptadas de gobernación, Pío VII y León XII condenaron con anatemas las sectas ocultas y amonestaron otra vez a la sociedad del peligro que por ellas le amenazaba.

12. A todos, finalmente, es manifiesto con cuán graves palabras y cuánta firmeza y constancia de ánimo Nuestro glorioso predecesor Pío IX, de f. m., ha combatido, ya en diversas alocuciones tenidas, ya en encíclicas dadas a los Obispos de todo el orbe, contra los inicuos intentos de las sectas, y señaladamente contra la peste del socialismo, que ya estaba naciendo de ellas.

13. Muy de lamentar es el que quienes tienen encomendado el cuidado del bien común, rodeados de las astucias de hombres malvados, y atemorizados por sus amenaza, hayan mirado siempre a la Iglesia con ánimo suspicaz, y aun torcido, no comprendiendo que los conatos de las sectas serían vanos si la doctrina de la Iglesia católica y la autoridad de los Romanos Pontífices hubiese permanecido siempre en el debido honor, tanto entre los príncipes como entre los pueblos. Porque la Iglesia de Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad (4), enseña aquellas doctrinas y preceptos con que se atiende de modo conveniente al bienestar y vida tranquila de la sociedad y se arranca de raíz la planta siniestra del socialismo.
DOCTRINA CATÓLICA - SOCIALISMO

14. Empero, aunque los socialistas, abusando del mismo Evangelio para engañar más fácilmente a incautos, acostumbran a forzarlo adaptándolo a sus intenciones, con todo hay tan grande diferencia entre sus perversos dogmas y la purísima doctrina de Cristo, que no puede ser mayor. Porque ¿qué participación puede haber de la justicia con la iniquidad, o qué consorcio de la luz con las tinieblas? (5) . Ellos seguramente no cesan de vociferar, como hemos insinuado, que todos los hombres son entre sí por naturaleza iguales; y, por lo tanto, sostienen que ni se debe honor y reverencia a la majestad, ni a las leyes, a no ser acaso a las sancionadas por ellos a su arbitrio.

15. Por lo contrario, según las enseñanzas evangélicas, la igualdad de los hombres consiste en que todos, por haberles cabido en suerte la misma naturaleza, son llamados a la misma altísima dignidad de hijos de Dios, y al mismo tiempo en que, decretado para todos un mismo fin, cada uno ha de ser juzgado según la misma ley para conseguir, conforme a sus méritos, o el castigo o la recompensa. Pero la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza, del cual toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra (6).

16. Mas los lazos de los príncipes y súbditos de tal manera se estrechan con sus mutuas obligaciones y derechos, según la doctrina y preceptos católicos, que templan la ambición de mandar, por un lado, y por otro la razón de obedecer se hace fácil, firme y nobilísima. 
El "poder": doctrina católica

17. La verdad es que la Iglesia inculca constantemente a la muchedumbre de los súbditos este precepto del Apóstol: No hay potestad sino de Dios; y las que hay, de Dios vienen ordenadas; y así, quien resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; mas los que resisten, ellos mismos se atraen la condenación. Y en otra parte nos manda que la necesidad de la sumisión sea no por temor a la ira, sino también por razón de la conciencia; y que paguemos a todos lo que es debido: a quien tributo, tributo; a quien contribución, contribución; a quien temor, temor; a quien honor, honor (7). Porque, a la verdad, el que creó y gobierna todas las cosas dispuso, con su próvida sabiduría, que las cosas ínfimas a través de las intermedias, y las intermedias a través de las superiores, lleguen todas a sus fines respectivos.

18. Así, pues, como en el mismo reino de los cielos quiso que los coros de los ángeles fuesen distintos y unos sometidos a otros; así como también en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes y diversidad de oficios, para que no todos fuesen apóstoles, no todos pastores, no todos doctores (8), así también determinó que en la sociedad civil hubiese varios órdenes, diversos en dignidad, derechos y potestad, es a saber, para que los ciudadanos, así como la Iglesia, fuesen un solo cuerpo, compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común.

19. Y para que los gobernantes de los pueblos usasen de la potestad que les fue concedida para edificación y no para destrucción, la Iglesia de Cristo oportunamente amonesta también a los príncipes con la severidad del supremo juicio que les amenaza; y tomando las palabras de la divina Sabiduría, en nombre de Dios clama a todos:
Prestad oído, vosotros, los que domináis la muchedumbre y os jactáis de mandar turbas de pueblos: el Señor os ha dado el poderío; y las manos del Altísimo, el imperio. El hará inquisición de vuestras obras y escudriñará vuestros designios..., porque severo juicio se hará de los que están en alto, pues no se encogerá ante nadie el Señor de todos, ni se intimidará ante grandeza alguna, porque El ha hecho al pequeño y al grande, y con igual desvelo atiende a todos. Pero a los mayores, espera suplicio mayor (9).

20. Y si alguna vez sucede que los príncipes ejercen su potestad temerariamente y fuera de sus límites, la doctrina de la Iglesia católica no consiente sublevarse particularmente y a capricho contra ellos, no sea que la tranquilidad del orden sea más y más perturbada, o que la sociedad reciba de ahí mayor detrimento; y si la cosa llegase al punto de no vislumbrarse otra esperanza de salud, enseña que el remedio se ha de acelerar con los méritos de la cristiana paciencia y las fervientes súplicas a Dios.

21. Pero si los mandatos de los legisladores y príncipes sancionasen o mandasen algo que contradiga a la ley divina o natural, la dignidad y obligación del nombre cristiano y el sentir del Apóstol, exigen que se ha de obedecer a Dios antes que a los hombres (10). 
La familia cristiana

22. Por lo tanto, la virtud saludable de la Iglesia que redunda en el regimen más ordenado y en la conservación de la sociedad civil, la siente y experimenta necesariamente también la misma sociedad doméstica, que es el principio de toda sociedad y de todo reino. Porque sabéis, Venerables Hermanos, que la recta forma de esta sociedad, según la misma necesidad del derecho natural, se apoya primariamente en la unión indisoluble del varón y de la mujer, y se complementa en las obligaciones y mutuos derechos entre padres e hijos, amos y criados. Sabéis también que por los principios del socialismo esta sociedad casi se disuelve, puesto que, perdida la firmeza que obtiene del matrimonio religioso, es preciso que se relaje la potestad del padre hacia la prole, y los deberes de la prole hacia los padres.

23. Por lo contrario, el matrimonio digno de ser por todo tan honroso (11), y que en el principio mismo del mundo instituyó Dios mismo para propagar y conservar la especie humana, y decretó fuese inseparable, enseña la Iglesia que resultó más firme y más sagrado por medio de Cristo, que le confirió la dignidad de sacramento y quiso que representase la forma de su unión con la Iglesia.

24. Por lo tanto, según advertencia del Apóstol (12), como Cristo es Cabeza de la Iglesia, así el varón es cabeza de la mujer; y como la Iglesia está sujeta a Cristo, que la estrecha con castísimo y perpetuo amor, así enseña que las mujeres estén sujetas a sus maridos y que éstos a su vez las deban amar con afecto fiel y constante.

25. De la misma manera la Iglesia establece la naturaleza de la potestad paterna y dominical, de suerte que pueda contener a los hijos y a los criados en su deber, pero sin por ello salirse de sus justos límites. Porque, según las enseñanzas católicas, la autoridad del Padre y Señor celestial se extiende a los padres y a los amos; y por ello dicha autoridad toma de El necesariamente, no sólo su origen y su eficacia, sino también su naturaleza y su carácter. Y así el Apóstol exhorta a los hijos a obedecer a sus padres en el Señor y honrar a su padre y a su madre, que es el primer mandamiento en la promesa (13). Y también manda a los padres: Y vosotros no queráis provocar a ira a vuestros hijos, sino educadlos en la ciencia y conocimiento del Señor (14).

26. También a los siervos y señores se les propone, por medio de mismo Apóstol, el precepto divino de que aquéllos obedezcan a sus señores carnales como a Cristo, sirviéndoles con buena voluntad como al Señor; mas a éstos, que omitan las amenazas, sabiendo que el Señor de todos está en los cielos y que no hay acepción de personas ante Dios (15).

27. Todas las cuales cosas, si se guardasen con todo cuidado, según el beneplácito de la voluntad divina, por todos aquellos a quienes tocan, seguramente cada familia representaría la imagen del cielo, y los preclaros beneficios que de aquí se seguirían, no estarían encerrados entre las paredes domésticas, sino que emanarían abundantemente a las mismas repúblicas. 
Derecho de propiedad

28. La prudencia católica bien apoyada sobre los preceptos de la ley divina y natural, provee con singular acierto a la tranquilidad pública y doméstica por las ideas que adopta y enseña respecto al derecho de propiedad y a la división de los bienes necesarios o útiles en la vida. Porque mientras los socialistas, presentando el derecho de propiedad como invención humana contraria a la igualdad natural entre los hombres; mientras, proclamando la comunidad de bienes, declaran que no puede conllevarse con paciencia la pobreza, y que impunemente se puede violar la posesión y derechos de los ricos, la Iglesia reconoce mucho más sabia y útilmente que la desigualdad existe entre los hombres, naturalmente desemejantes por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y que esta desigualdad existe también en la posesión de los bienes; por lo cual manda, además, que el derecho de propiedad y de dominio, procedente de la naturaleza misma, se mantenga intacto e inviolado en las manos de quien lo posee, porque sabe que el robo y la rapiña han sido condenados en la ley natural por Dios, autor y guardián de todo derecho; hasta tal punto, que no es lícito ni aun desear los bienes ajenos, y que los ladrones, lo mismo que los adúlteros y los adoradores de los ídolos, están excluidos del reino de los cielos.
No por eso, sin embargo, olvida la causa de los pobres, ni sucede que la piadosa Madre descuide el proveer a las necesidades de éstos, sino que, por lo contrario, los estrecha en su seno con maternal afecto, y, teniendo en cuenta que representa a la persona de Cristo, el cual recibe como hecho a sí mismo el beneficio hecho por cualquiera al último de los pobres, les honra grandemente y les alivia por todos los medios, levanta por todas partes casas y hospicios, donde son recogidos, alimentados y cuidados; asilos, que toma bajo su tutela.

30. Obliga a los ricos con el grave precepto de que den lo superfluo a los pobres, y les amenaza con el juicio divino, que les condenará a eterno suplicio, si no alivian las necesidades de los indigentes. Ella, en fin, eleva y consuela el espíritu de los pobres, ora proponiéndoles el ejemplo de Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (16), ora recordándoles las palabras con que los declaró bienaventurados, prometiéndoles la eterna felicidad.

32. ¿Quién no ve cómo aquí está el mejor medio de arreglar el antiguo conflicto surgido entre los pobres y los ricos? Porque, como lo demuestra la evidencia de las cosas y de los hechos, si este medio es desconocido o relegado, sucede forzosamente que, o se verá reducida la mayor parte del género humano a la vil condición de esclavos, como en otro tiempo sucedió entre los paganos, o la sociedad humana se verá envuelta por continuas agitaciones, devorada por rapiñas y asesinatos, como deploramos haber acontecido en tiempos muy cercanos. 
La religión, y los gobernantes

32. Por lo cual, Venerables Hermanos, Nos, a quien actualmente está confiado el gobierno de toda la Iglesia, así como desde el principio de Nuestro pontificado mostramos a los pueblos y a los príncipes, combatidos por fiera tempestad, el puerto donde pudieran refugiarse con seguridad; así ahora, conmovidos por el extremo peligro que les amenaza, de nuevo les dirigimos la apostólica voz, y en nombre de su propia salvación y de la del Estado les rogamos con la mayor instancia que acojan y escuchen como Maestra a la Iglesia, a la que se debe la pública prosperidad de las naciones, y se persuadan de que las bases de la Religión y del imperio se hallan tan estrechamente unidas, que cuanto pierde aquella, otro tanto se disminuye el respeto de los súbditos a la majestad del mando, y que conociendo, además, que la Iglesia de Cristo posee más medios para combatir la peste del socialismo que todas las leyes humanas, las órdenes de los magistrados y las armas de los soldados, devuelvan a la Iglesia su condición y libertad, para que pueda eficazmente desplegar su benéfico influjo en favor de la sociedad humana. 

Sociedades obreras
33. Y vosotros, Venerables Hermanos, que conocéis bien el origen y la naturaleza de tan inminente desventura, poned todas vuestras fuerzas para que la doctrina católica llegue al ánimo de todos y penetre en su fondo.
Procurad que desde la misma infancia se habitúen a amar a Dios con filial ternura, reverenciando a su Majestad; que presten obediencia a la autoridad de los príncipes y de las leyes; que refrenada la concupiscencia, acaten y defiendan con solicitud el orden establecido por Dios en la sociedad civil y en la doméstica.

34. Poned, además, sumo cuidado en que los hijos de la Iglesia católica no den su nombre ni hagan favor ninguno a la detestable secta; antes al contrario, con egregias acciones y con actitud siempre digna y laudable hagan comprender cuán próspera y feliz sería la sociedad si en todas sus clases resplandecieran las obras virtuosas y santas.

35. Por último, así como los secuaces del socialismo se reclutan principalmente entre los proletarios y los obreros, los cuales, cobrando horror al trabajo, se dejan fácilmente arrastrar por el cebo de la esperanza y de las promesas de los bienes ajenos, así es oportuno favorecer las asociaciones de artesanos y obreros que, colocados bajo la tutela de la Religión, se habitúen a contentarse con su suerte, a soportar meritoriamente los trabajos y a llevar siempre una vida apacible y tranquila.

36. Dios piadoso, a quien debemos referir el principio y el fin de todo bien, secunde Nuestras empresas y las vuestras. Por lo demás, la misma solemnidad de estos días, en los que se celebra el nacimiento del Señor, Nos eleva a la esperanza de oportunísimo auxilio, pues Nos hace esperar aquella saludable restauración que al nacer trajo para el mundo corrompido y casi conducido al abismo por todos los males, y nos prometió también a nosotros aquella paz que entonces, por medio de los ángeles, hizo anunciar para los hombres. Ni la mano del Señor está abreviada de suerte que no pueda salvar, ni sus oídos se han cerrado de tal modo que no puedan oír (17).
Por lo tanto en estos días de tanta alegría, y al desearos, Venerables Hermanos, a vosotros y a los fieles todos de vuestra Iglesia, toda clase de prosperidades, con instancia rogamos al Dador de todo bien que de nuevo aparezcan a los hombres la benignidad y adulzura de Dios, Nuestro Salvador (18), que, sacándonos de la potestad de nuestro implacable enemigo, nos elevó a la nobilísima dignidad de Hijos suyos.

37. Y para que Nuestros deseos se cumplan perfecta y rápidamente, elevado vosotros también, Venerables Hermanos, con Nos, fervorosas oraciones al Señor, y junto a El interponed el patrocinio de la bienaventurada Virgen María, Inmaculada desde el principio; de su esposo San José y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, en cuya intercesión ponemos Nos la máxima confianza. Y entre tanto, como prenda de la divina gracia, y con todo el afecto del corazón, a vosotros, Venerables Hermanos; a vuestro Clero y a todos vuestros pueblos, concedemos en el Señor la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 28 de diciembre de 1878, año primero de Nuestro Pontificado.

Notas
1. Is. 58, 1. 
2. Iud. epist. v. 8. 
3. 1 Tim. 6, 10. 
4. 1 Tim. 3, 15. 
5. 2 Cor. 6, 14. 
6. Eph. 3, 15. 
7. Rom. 13, 1-7. 
8. 1 Cor. 12, 27. 
9. Sap. 6, 3 ss. 
10. Act. 5, 29. 
11. Hebr. 13, 4. 
12. Eph. 5, 23. 
13. Ibid. 6, 1-2. 
14. Ibid. 6, 4. 
15. Ibid. 6, 5-7. 
16. 2 Cor. 8, 9. 
17. Is. 59, 1. 
18. Tit. 3, 4. 

Contra el igualitarismo (la desigualdad querida por Dios)


"18. Así, pues, como en el mismo reino de los cielos quiso que los coros de los ángeles fuesen distintos y unos sometidos a otros; así como también en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes y diversidad de oficios, para que no todos fuesen apóstoles, no todos pastores, no todos doctores (8), así también determinó que en la sociedad civil hubiese varios órdenes, diversos en dignidad, derechos y potestad, es a saber, para que los ciudadanos, así como la Iglesia, fuesen un solo cuerpo, compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común."

S.S. León XIII
Carta Encíclica Quod Apostolici Muneris
Sobre el socialismo, comunismo, nihilismo
28 de diciembre de 1878


El totalitarismo del relativismo (S.S. Benedicto XVI)



Contra la tolerancia

Quien tolera el mal se hace cómplice

por Louis de Wohl 




Tolerancia y transigencia


La tolerancia no es ninguna virtud. En el mejor de los casos es una debilidad amable. Y es muy típico de la confusión de ideas de nuestra época el que para muchos sea una virtud y que creamos alabar a una persona tachándola de tolerante.

Tolerancia significa consentimiento. Y consentir algo significa aceptarlo o permitirlo aunque uno no esté 
de acuerdo con ello. Es un concepto totalmente pasivo, y con demasiada 
frecuencia sirve de tapadera para los verdaderos motivos por los que se consiente: indiferencia y cobardía. Federico II de Prusia fue un hombre tolerante cuando se trataba de cuestiones religiosas. «Cada persona debe alcanzar la vida eterna a su manera», fue su famosa frase. Era ateo, la religión no significaba nada para él y por eso le era totalmente indiferente la fe que pudiera profesar su pueblo. Cuando una cuestión no le resultaba indiferente, tampoco era tolerante. La tolerancia es en el fondo la forma más inferior de colaboración. Y está claro que, precisamente por eso, nos impone una responsabilidad personal, pues en definitiva lo que toleramos es lo que consentimos.

Quien tolera el mal se hace cómplice. Puede demostrarse claramente que la tolerancia no puede ser una virtud, porque no existe ninguna virtud que contradiga básicamente la esencia de otra virtud. El sentido del ahorro y la generosidad sólo son contrastes aparentes y pueden muy bien ir juntos. La verdad, en cambio, es esencialmente intolerante. La verdad protesta contra todos los demás resultados de esta suma: dos y dos son cuatro. Sólo acepta cuatro; y tampoco admite que el cinco sea número par. A esto hay que añadir que él concepto de tolerancia lleva implícita además cierta dosis de arrogancia. Tolero la proximidad de otra persona –¡qué despectivo por mi parte!–. Tolero el ruido que hacen los niños al jugar. ¿Por qué? Porque los pequeños deben divertirse, ¡uno también ha sido joven!


Tolerancia y amor


No hay que confundir la tolerancia ni el consentimiento, con la paciencia que nace del amor; la simple tolerancia carece de amor por su propia naturaleza. La tolerancia, en el mejor de los casos, es hermanastra de la paciencia, no tiene nada en absoluto que ver con el amor; sin embargo, navega casi siempre o con mucha frecuencia bajo esa bandera. El amor y la paciencia, llamados erróneamente tolerancia, no toleran la maldad, lo torcido, por indiferencia, sino que están dirigidos hacia el prójimo, respetando la libertad de su conciencia incluso cuando hace algo que es en sí erróneo o malo, lo mismo que el Señor deja crecer las malas hierbas hasta el momento de la cosecha, para evitar que al quitar la cizaña pueda arrancarse también el fruto bueno (Mateo, 13, 28-30).


No estoy defendiendo precisamente la intolerancia en sí. Lo contrario de un chichón en la frente es un agujero en la frente; ¡tampoco es agradable!

viernes, 2 de mayo de 2014

Al traste con las formas


Todo es de una impudicia asombrosa en esta versión irreconocible de la Iglesia católica. Irreconocible a quien no hubiese sufrido con ánimo inmutable la declinante gradualidad de los tiempos: pensemos en un alma pía del 1914 que, en entrando a la parroquia a rezar unos minutos ante el sagrario, hallase en su interior el tugurio en que devino en nuestros días la otrora casa de Dios. El altar reemplazado por una mesa de manicura, el sagrario corrido a un costado, los afiches manuscritos al pie del ambón, el cotillón y las guitarras, la sensiblería de los feligreses y el cretinismo del celebrante, que ahora les da a aquéllos la cara (y la espalda al Señor) y les habla de fútbol y de valores cívicos... Esta azorada alma habría creído, sin dudas, que el templo estaba siendo profanado con un culto ajeno y desconocido.

Y es que la nota de catolicidad (universalidad) de la Iglesia reconoce al unum como principio formal: unus Dominus, una fides, unum baptisma. La pluralidad (entiéndasela pluralidad admisible: los demonios y los réprobos no integran el Cuerpo Místico) corresponde, en todo caso, a los sujetos y a las comunidades locales. Y más: esa universalidad abraza las coordenadas espacio-temporales, y no sólo las espaciales, como podría presumir quien no viese en la Iglesia mucho más que un vasto organismo político abocado a un ingente y sostenido esfuerzo centralizador. La universalidad de la Iglesia, no menos que al espacio, abarca al tiempo y las generaciones: de ahí la conocida fórmula de Lérins, «quod semper, quod ubique, quod ab omnibus».Sustrayéndole esta nota a la Iglesia, se le quitan todas las otras (a saber: unidad, santidad y apostolicidad), ya que todas se suponen recíprocamente.

Lo que se ha hecho con la Iglesia (merced a la consagración de un cierto método diacrónico con ínfulas de ciencia que se empleó para su vivisección) es volverla contra sí misma, erigida ella misma en tribunal contra su propia Tradición. A la historicidad inherente al hombre (y que, por tanto, afecta a la Iglesia) se la quiso traer por garante del más obtuso historicismo, y entonces se acabó por negar la presencia irradiante de lo eterno (irrevocable) en lo presente. Reino dividido, dislocado, reino tomado por asalto y entregado a la rapiña de los viles, de los mercaderes de lo sagrado en especies; viña pisoteada por los jabalíes; jardín otrora cercado, hoy presa de la agresiva apetencia de las cabras montaraces. Labrantío refinado con sucesivas labranzas, malogrado finalmente por la fiebre excavadora de legiones de vizcachas, de peludos.

El peludo, bestia capaz de abrirse un sendero
 subterráneo a fuerza de garfios, en minutos

Mesa en que se ponen los pies que acaban de hollar los corrales; casa tiznada por dentro y por fuera con el moho, el hollín y las deyecciones de moscas y cucarachas. Casa agrietada en toda su extensión, siniestrada por voraz incendio, y apagado éste a su vez por una riada incontenible de fango, con el mobiliario remanente patas arriba, chamuscado, y el hedor asociado del lodo y la ceniza. Lodo y ceniza que debieran evocar la penitencia («el polvo y el lodo han de servir de despertadores que me traigan a la memoria mi origen y la materia de que fui formado, imaginando cuando los viere, que me dan voces y me dicen: acuérdate de que eres polvo», padre Luis de la Puente), y en cambio, incomprensiblemente, suscitan en esta hora la hilaridad y los festejos.

Porque es la hora en que coinciden los daños más hondos y las estrepitosas risas, la persecución de la Iglesia a los mejores de sus hijos y la promoción de los depravados a los mayores cargos. Se han tocado lamentaciones (y lo ha hecho Nuestra Señora en las reiteradas apariciones reconocidas oficialmente) y no se ha llorado, y en cambio se ha reído a mandíbula batiente, como en las recientes turbo-canonizaciones en las que se llegó, por la lógica misma de las circunstancias, a canonizar en tiempo récord al pontífice responsable de simplificar al colmo los procesos, haciendo increíblemente innecesaria la certificación de la heroicidad de las virtudes del candidato a los altares por la eliminación de la figura del «advocatus diaboli». Pues cualquiera sabe que un milagro puede fraguarse, o bien puede admitir una causa ajena a la intercesión del sujeto en cuestión, pero el ser señalado como irreprensible: ¡esto es lo difícil, y lo que hace a la santidad tan preciosa y rara, y digna de rendida admiración! Y conste que ya lo había dicho el propio Juan Pablo II, y se lo repitió por estos días con irrisoria solemnidad: se canoniza a la persona, y no al pontificado, como si el pontificado no fuese el fruto probatorio de la virtud que se espera reconocer en el pontífice. ¿O acaso la piedad personal y la bondad de carácter de Luis XVI lo absuelven de la gravísima responsabilidad de haber permitido, por debilidad, el avance de la funesta revolución? Aunque rece el rosario todos los días y socorra con limosnas a las Damas de Caridad, un rey feble, ¿puede ser un prócer?

Digan lo que digan, lo que cualquiera advierte es que se canoniza al pontificado, y aun más: se canoniza al Concilio. Sin el menor asomo de rubor por lo burdo de la engañifa, que ahora resulta que a la misma Iglesia que tuvo sólo cuatro papas santos en los mil años previos al Vaticano II, de los cuatro difuntos papas postconciliares ya le hicieron dos, y un tercero con fecha próxima de beatificación, pese a las hirientes evidencias que debieran paralizar la causa. Y por si quedaran dudas de que la voluntad es ley, ahí está el neosanto Juan XXIII, que ni siquiera necesitó de un segundo milagro para treparse a los altares.

Viene a comprobarse, de pasada, una de las más ominosas facetas de la protestantización de la Iglesia: la que haría oportuna la aplicación, en la hora actual, de aquel lamentable principio de Cuius regio, eius religio, el mismo que se impuso en la paz de Augsburgo como una salida pragmática a la amenaza de un rebrote crónico de las guerras de religión en los dominios imperiales de Carlos V. Esto supuso sancionar, para los países protestantes, el finiquito de la catolicidad y la definitiva subordinación de lo religioso a lo político: la rápida subdivisión del cisma en iglesias nacionales es la prueba más tangible de ello. Para ruina de la Iglesia, los patológicos antojos de Bergoglio y la ñoñez del neo-católico medio hicieron posible la importación de la vieja fórmula, que puede traducirse en nuestro caso como «según lo piense Francisco, así habrá de creerse», incluyendo la más paladina revisión de la doctrina del pecado original, haciendo ahora a la desigualdad «la raíz de los males sociales» (ver aquí). Queda clara la escisión, la quiebra del vínculo con todas las generaciones que nos precedieron en la fe, el abandono de la catolicidad. Con razón el blogue angloparlante de Mundabor, con justo fastidio, después de asentarle al pontífice el remoquete deDestroyer ("Destructor"), se sirve recordar la enseñanza genuinamente católica acerca del origen de los males sociales: «la rebelión a la ley de Dios de parte de nuestros primeros padres -una rebelión que todos arrastramos con nosotros, y que está en la raíz misma de la pecaminosidad del hombre- es la que ha causado al mundo el ser afectado por guerra, hambre, peste, pobreza, pervertidos, comunistas, curas del Vaticano II y Jorge Bergoglios. El mensaje cristiano ha sido siempre claro».

Se impone a la vista: la Iglesia ya no sólo se ha dejado invadir por el virus mortal, sino que incluso ha dado al traste con las formas. La desvergüenza lo invade todo. No bastaba que la deriva postconciliar hubiera visto decaer dramáticamente las vocaciones religiosas, hubiese olvidado el decoro de las celebraciones y la pureza de la doctrina: ahora debemos tragarnos las veleidades de las monjas pop-stars y las coreografías con obispos bailando el ula-ula. Para coronar la obra, un triunfalismo tan impúdico como canallesco viene a encubrir a los responsables últimos, ofreciéndolos como modelos a imitar.

¡Dejen respirar!
Pasa como en el transporte público de pasajeros en las "horas pico", con la unidad atiborrada de gentes que viajan como sardinas enlatadas, y el aire falta, y los pulmones gimen por una bocanada de aire fresco. No va que en esas circunstancias opresivas, paroxísticas, no falta el gracioso oculto que se pone a pedorrear, como quien quisiera hacer sucumbir con crueles bromas a los agonizantes.

Algo así nos resulta el pontificado de Destroyer y sus socios en la empresa de demoliciones. Que si continúan dispuestos a contrapuntearle a la crisis con jaranas, habrá que temer les repliquen desde arriba con nuevos signos de advertencia, en una santa porfía que involucra a las causas segundas como actores. Algo muy grave debe estar exigiendo que el acostumbrado silencio de Dios ceda el paso a la elocuencia de los signos, desde aquel rayo sobre la cúpula de san Pedro el día de la renuncia de Benedicto, a la gaviota (larus argentatus)posada en la chimenea de la Sixtina momentos antes de la fumata blanca -misma ave que, acompañada de un cuervo, atacó a una paloma soltada desde la ventana de la Loggia posteriormente por Francisco. Para no aludir a la desgraciada muerte de un joven residente en la calle Juan XXIII de Bérgamo, dos días antes de la canonización conjunta de Wojtyla y Roncalli, aplastado por un crucifijo erigido en 1998 en honor de Juan Pablo II con ocasión de su visita a Brescia (cuna del próximo beato Paulo VI). La última, un día antes de la doble canonización, fue la mutilación de una mano de laMadonnina de Civitavecchia (otrora honrada por el papa polaco) por la caída inopinada de la corona de oro que llevaba sobre su cabeza.

El valor de estas curiosas evidencias, se descuenta, es persuasivo más que probatorio. La escalada, con todo, se anuncia imparable. Dios también parece decidido a dar al traste con las formas, es decir, con la serena disposición habitual de las cosas. Huelga decir que el Señor apuntaba al creciente dramatismo esjatológico cuando previno, para nuestro mayor consuelo, aquello de maiora videbitis.


TOMADO DE: In Exspectatione