viernes, 18 de abril de 2014

La semana santa: ¿Semana de vacaciones o de luto?


Queridos católicos:

El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque para nada hubiera servido la creación si no hubiera habido la salvación.

La Semana Santa es la semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión significa sufrimientos, muerte de Cristo en la Cruz. Pasión, Redención, Salvación y vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, la Cruz y la muerte de Cristo no hay salvación para ti, pecador ingrato.

Cristo se hizo nuestro cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar a la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (III, 66, 4).

Cristo acepta ser maltratado, para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.

Cristo acepta gustar la tremenda sed de la crucifixión y la muerte amarga de la cruz, para que tú no padezcas la sed eterna de felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la cruz para que tú no seas deshonrado y con-fundido en el día del Juicio final.

Y tú, hijo ingrato, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los utilizas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?

Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, Semana de luto, Semana de la muerte del Hijo de Dios; tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.

El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo a tus hijos para que sean agradecidos con su Salvador.

Es Dios mismo quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos 9, 22). Y esa sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todo no digas que no has pecado y no necesitas del perdón. Si lo dijeras manifestarías tu gran ceguedad e ignorancia.

Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados...” (Efesios 1,7).

El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. El se ofrece el Viernes Santo en sacrificio propiciatorio por tí. Sólo, mediante la sangre de Cristo, puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la tiranía del demonio.

Y en estos días durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, divertirte, quizás acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despiértate, hermano mío, despiértate de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa  como católico verdadero!

Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Sábelo que la ingratitud atrae el castigo de Dios más bien que su misericordia. No seas, pues, ingrato sino agradecido.

La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e impulsarnos a la penitencia, a la sincera conversión y enmienda de nuestra vida tibia y mediocre.

El Jueves Santo es el día en que el Señor Jesús antes de ir a su Pasión te dejó el Memorial de su muerte. Para aplicar los frutos de su Pasión a tu alma, instituyó el sacramento de su amor que es la Santa Eucaristía y el sacerdocio para consagrarla. El dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comunicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado mediante la digna recepción de su Cuerpo. Y tú ¡irías a divertirte en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu culpa no aprovechas del remedio que Cristo te ofrece ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, familia y trabajo?

El Viernes Santo es para que grites con y en la Iglesia misericordia para tí mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchando el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.

Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en su victoria.

El Viernes Santo, sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado que es el más horrible cáncer que pueda existir, y del infierno que es la más grande de las des-gracias. Y tú ¿irías de vacaciones con tantos otros neopaganos quizás para matarte en el camino de la ingratitud?

El Viernes Santo es para que hagas el Vía Crucis, medites lo que hizo y padeció por ti tu Señor; para darte cuenta de lo que merece el pecado. Lea los últimos capítulos de San Mateo, Marcos, Lucas y Juan o vea la Pasión de Cristo por Mel Gibson para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio, hacerte hijo de Dios y heredero de la vida eterna. Puedes también leer y meditar Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo por San Alfonso María de Ligorio y La Pasión del Señor por Fray Luis de Granada, o Las Siete Palabras de Cristo por Antonio Royo Marín.

El Viernes Santo es día de ayuno y penitencia, silencio y lágrimas y no día de playa y placeres.

El Sábado Santo es día de luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se le castiga, ¿qué será del culpable si muere con su pecado?

En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo” (Eclesiástico, 5, 8).

Católico, aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el verdadero arrepentimiento aseguran el perdón de los pecados; dan paz al alma y, al fin, la vida eterna que pedimos por ti.  

Padre Michel Boniface, FSSPX







domingo, 13 de abril de 2014

La "Unión Civil" como ficción jurídica


por Francisco Tudela

El debate sobre la unión civil homosexual ha desatado una polémica emotiva y pasional que ha pasado por alto tres aspectos jurídicos importantes, como son el límite de las ficciones jurídicas, el sentido del derecho de las minorías y la razón de ser de  la generalidad de la ley en un estado constitucional democrático.
En primer lugar, ¿La ley debe legislarse a partir de la realidad sensible externa y desde las instituciones sociales consagradas por el uso durante centenares de generaciones, que constituyen el fundamento de una civilización, o sólo a partir de las percepciones subjetivas e ideológicas propuestas por grupos particulares?
La unión civil se promociona como una ficción jurídica análoga al matrimonio civil, pasando por alto que desde la época de los romanos,  nunca se legisló sobre el matrimonio homosexual o sobre las percepciones subjetivas y psíquicas de la sexualidad, porque no estaban ancladas en la reproducción sexual y sus consecuencias morales y materiales, esto es, los hijos, la familia, la comunidad y los derechos y deberes que de estas se derivan.
Esta visión filosóficamente realista, recogida por la legislación de Occidente durante dos milenios, se funda en la convicción de la existencia de una realidad externa sensible, de un orden natural y moral permanente, más allá de la ley positiva.
Ya en el siglo XVIII, el liberalismo redujo el sentido moral de la libertad a lo puramente individual y empírico. En el siglo XIX, el marxismo desencadenó el ataque  contra lo que Marx y Engels denominaron “la moral burguesa”, que no era otra que la familia misma, culpada de originar el capitalismo. En el siglo XX, el comunismo, el nazismo y dos guerras mundiales de una crueldad y mortandad sin precedentes, así como la guerra fría, terminaron de hundir a Occidente en el nihilismo y el relativismo, abriendo las puertas a una indiferencia o a un odio irracional contra toda la civilización preexistente.
El positivismo jurídico fue el aliado amoral de todas estas fuerzas al afirmar que bastaba que una ley sea conforme al derecho positivo existente (de positum, puesta por el poder político) para que sea legítima. No es extraño, entonces, que los partidarios de la acción afirmativa legislativa sean fervientes defensores del positivismo. Según ellos, la ley fabrica la realidad y todo es cuestión de obligar a la gente a obedecer la ley. Se trata de idéntico razonamiento al de los totalitarismos del siglo XX, que fracasaron por violentar la naturaleza humana.
En segundo lugar, se presenta la unión civil homosexual como un derecho de las minorías. El derecho de la minoría nació del derecho constitucional que permite a los parlamentarios de la oposición minoritaria expresarse y actuar sin ser reprimidos por la mayoría. Es un derecho protector, no afirmativo ni constructivista. No significa de ninguna manera que las mayorías tengan que legislar como las minorías quieren, simplemente porque estas tendrían derechos derivados de algún poder de excepción mágico, que les conferiría el sólo hecho de ser minorías.
Las minorías no tienen tal derecho de excepción. El respeto a las minorías significa únicamente que ellas deben gozar de las garantías de la ley general como todo el mundo y que el poder político no puede hacer valer excepciones contra ellas, ni privilegiarlas con regímenes discriminatorios contra la mayoría ciudadana.
Esta cuestión de la verdadera naturaleza del derecho de las minorías nos lleva a la tercera cuestión jurídica: aquella de la generalidad de la ley en un estado constitucional democrático. Establecido el derecho de la igualdad ante la ley en el mundo moderno, sería absurdo que existan regímenes especiales para minorías que no están desprotegidas o no tengan derechos históricos consuetudinarios. En el caso de la unión civil homosexual, la acción afirmativa de una minoría busca crear un régimen patrimonial, tributario y sucesorio, nuevo y diferente al de los demás ciudadanos; un régimen de excepción para esa orientación sexual.
No es difícil imaginar la unión civil entre amigos o parientes heterosexuales, acogiéndose a los mismos y estupendos privilegios prometidos por el proyecto de ley, sin la necesidad de ser homosexuales. ¿Cuál sería entonces la ratio legis, la razón fundamental que debería permitir exclusivamente la unión civil homosexual? Sus proponentes nos dicen que es el amor.
El amor no puede ser objeto de la ley. Tampoco la amistad puede ser legislada. Dados los grados y tipos infinitos de amor y amistad, los sentimientos particulares de una minoría o de un individuo no son un fundamento suficiente de carácter externo, general y real, que la razón legal demanda. El sólo querer no es una razón legal suficiente. La unión civil homosexual, fruto de una percepción psíquica de la sexualidad, aparece como una ficción jurídica desprovista deratio legis fundada en la realidad sensible externa.

viernes, 11 de abril de 2014

Maduro no sabe qué es realmente el fascismo, lo dice la bisnieta del Duce

La bisnieta de Benito Mussolini, Martina Mussolini envió una carta abierta al presidente Nicolás Maduro donde asegura que éste no sabe qué es realmente el fascismo y lo acusa de ser un “oportunista”. 

Mussolini (Martina) quién vivió su adolescencia en Venezuela, afirmó que en el país “ya no hay respeto por la vida y los que deberían garantizar la justicia muy a menudo son los primeros que la traicionan”. 

A continuación la misiva completa: 

Mi nombre es Martina Mussolini y mi abuelo Vittorio era el hijo de Benito Mussolini, fundador del fascismo, término que últimamente usted nombra constantemente. He entendido perfectamente, por su manera de comportarse, que no sabe muy bien qué es realmente el fascismo, pero tampoco sabe qué es el comunismo; su oratoria populista sin raíz política, solo oportunista y deseosa de poder, ha llevado a Venezuela en el caos total. 

Le escribo desde Italia, donde resido desde hace más de veinte años, pero sobre todo le escribo como venezolana por adopción ya que aunque yo no haya nacido en Venezuela sino en Forlì (ndt:Italia), he tenido la suerte de transcurrir mi adolescencia en ese maravilloso país y en este momento tan difícil mi corazón y mis sentimientos son hacia mis hermanos venezolanos. He tenido que dejar el País porqué allí no había futuro y siento mucho tener que repetirle a mis hijos que no los voy a llevar a conocer los lugares de mi juventud ya que es una Nación demasiado peligrosa, donde ya no hay respeto por la vida y los que deberían garantizar la justicia muy a menudo son los primeros que la traicionan. 

El estadista que ha sido mi bisabuelo, Benito Mussolini, ha luchado, amado y sufrido por su pueblo y en el momento de su muerte, cuando fue colgado por los pies en Piazzale Loreto, no salió ni una moneda de sus bolsillos! Usted indica como fascistas, impropiamente, a los estudiantes y ciudadanos que manifiestan pacíficamente por una Venezuela libre, segura y con un futuro. 

Señor Presidente, aunque usted aplique una política de represión dictatorial que cada vez más le vuelve coautor de crímenes, qué es el fascismo? Quitando la única trágica mancha de las leyes raciales, el fascismo realizó una Italia en cada rincón, creó una identidad nacional, dio escuelas y cultura, construyó fábricas y ciudades, aún con los pocos recursos naturales de Italia, unió a un pueblo. Cruzó el Mediterráneo llevando nuestra civilización y nuestra cultura en Libia, Eritrea y Somalia, construyó también en esos países carreteras y escuelas, contrariamente a las políticas coloniales de los otros países que se limitaron esencialmente a explotar. Se entendió que una guerra habría sido dañina y cuando se les pidió ayuda a las naciones democráticas como Francia e Inglaterra, con su negativa, nos lanzaron en los brazos de los alemanes, tuvimos que aceptar para defendernos; escuche los discursos de mi bisabuelo que nombraba a menudo a los alemanes y lo hacía con desprecio.. “gente que ignoraba la escritura...en una época en la que Roma tenía a Cesar, Virgilio y Augusto”. 

Señor Presidente, dígame qué es el fascismo que usted nombra en cada discurso? El fascismo es un movimiento político revolucionario que se propone la superación del Estado liberal-democrático y del Estado comunista con una “tercera vía”, indicando en esta la construcción de un estado ético-jerárquico fundado en la alternativa corporativa que, eliminando sea la explotación capitalista que la lucha de clases, para crear una Nación y, así, un Pueblo consciente de su propia misión. 

Nació en 1919 alrededor de la figura de Benito Mussolini y derivó de lo que quedaba de la “izquierda interventista” después de las batallas de la Gran Guerra, se impuso en Italia mediante el escuadrismo que aniquiló el poder del partido socialista y gracias a un acto insurreccional, la marcha sobre Roma, 27-31 octubre 1922, permitió a su fundador ser designado Primer Ministro. El fascismo, una vez al poder, tuvo que renunciar a su aspiración republicana y revolucionaria construyendo un “régimen dualístico” donde las prerrogativas monárquicas convivieron por largo tiempo con las instituciones del fascismo de inspiración proletaria. Después de la caída de Mussolini (25 de Julio de 1943) y la consiguiente rendición sin condiciones del Reyno de Italia, el fascismo regresó al poder por corto tiempo durante el breve período de la República Social Italiana donde pudo volver a adquirir su enfoque republicano y dar comienzo a esa revolución social que desde siempre estaba entre sus mitos fundadores. 

Señor Presidente, bien o mal, esta gente ha dejado una marca en la historia, páginas de gloria que citamos con orgullo y páginas de lágrimas que con fiereza del uno y del otro frente evocamos para no olvidar. 

Señor Presidente, sabe usted que sobre el fascismo y de su actuación se habla todavía hoy y justamente en la Comunidad Europea, mediante insignes economistas por el progreso y el desarrollo que este tipo de movimiento puede generar? Si se aplicaran los principios fundamentales del manifiesto de Verona, Europa estaría fuera de la crisis económica; si solo pensamos que el economista ingles M. Shanks, director de la Comisión Europea, que en su libro “ What is wrong with the modern world?” traducido: “Que hay de equivocado en el mundo moderno?” indica justamente el Estado Corporativo de Mussolini, frente a la persistente crisis del liberismo y del marxismo , como único modelo para salir de las contraposiciones vigentes en la Democracia Parlamentaria, concluyendo con: “no hay alternativa, o el Estado Corporativo o el colapso del Estado”, esto hace reflexionar profundamente ya que lo afirma un economista de fama mundial en un contexto actual de crisis global!. 

Déjeme decir que, a esos estudiantes que usted persigue injustamente, a esas mamás, a esas mujeres, a esos comerciantes, a esos trabajadores, a todo ese maravilloso pueblo que exprime libremente su sentimiento de vivir, como pueblo unido y compacto venezolano, no interesan las ideologías de derecha, izquierda o centro! Tienen hambre! Están cansados de hacer colas interminables por un pedazo de pan, desean poderse curar en su país donde no hay medicinas, están aterrados por una criminalidad en continuo aumento y que no se ve obstaculizada por las fuerzas del orden. La mayoría de ellos no logra entender su propia condición de extrema pobreza aún viviendo en un país con enormes potencialidades económicas e ilimitados recursos naturales, cosa que Italia no tenía ni tiene. 

Las masas oceánicas que invaden las calles venezolanas son solamente venezolanos llevados a la exasperación por un régimen no democrático, corrupto, que fomenta un odio social sin precedentes y que no respeta los derechos humanos; es un crimen, repito es un crimen seguir la guía de un país sin ninguna dirección solo por la codicia del poder. 

Doy gracias a Dios cuando escucho a los opositores llamar “hermanos” a los chavistas, cuando veo niños entregar flores a los policías alineados frente a ellos y los muchos mensajes de solidaridad de la gente común de todo el mundo. Es en este momento que me pregunto dónde está la Comunidad Internacional para intervenir, para aliviar los sufrimientos de un pueblo, adonde están las Organizaciones Internacionales que garantizan la paz, el progreso, adonde están?! El que se cansa, pierde. No me cansaré nunca de dar mi apoyo por una Venezuela libre, unida y en paz. 

Martina Mussolini 

Cédula de identidad venezolana nro. 81.436.585

domingo, 6 de abril de 2014

¿Por qué descristianiza el liberalismo?

por Francisco Canals Vidal

La palabra liberalismo tiene diversidad de acepciones, con frecuencia no precisadas en su posible conexión. El liberalismo económico ahora casi define la ideología de las actuales «derechas», que preferentemente gustan de llamarse «centro». Liberalismo, en el mundo protestante, especialmente anglosajón, es sinónimo, en lo religioso y teológico, del modernismo que condenó san Pío X o del actual progresismo. En el siglo XIX era una doctrina que se orientaba hacia la separación de la Iglesia y el Estado, y se realizaba en el reconocimiento obligatorio de la igualdad de derechos de todas las confesiones religiosas.
Aquí me ocuparé de esta tercera acepción, que fue cronológicamente la primera en difundirse y que fue objeto de condenaciones pontificias, sobre todo en los pontificados de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y san Pío X. Pío XI le dio el nombre de laicismo y lo condenó igualmente. Ahora, tanto la palabra liberalismo como la de laicismo, en este sentido de relación entre lo religioso y lo político, están prácticamente rehabilitadas y elaboradas positivamente, lo cual es un factor decisivo de la actual confusión de ideas. Porque el liberalismo, entendido tal como la Iglesia lo condena, es contradictorio con la que el Concilio Vaticano II, precisamente en su declaración sobre la libertad religiosa, nombra como «la tradicional doctrina católica, que se mantiene íntegra, sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades hacia la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (Dignitatis humanae, núm. 1).
Buscando razones en defensa del juicio condenatorio de la Iglesia sobre el liberalismo así entendido, se podrían aducir muchos hechos que hacen patente el efecto profunda y extensamente descristianizador de la política y de la legislación liberales. En esta misma asociación de la Ciudad Católica, y aquí en Barcelona, el profesor Alsina analizó documentadamente la pavorosa decadencia de la vida religiosa y de la fecundidad de las familias cristianas en cuanto a las vocaciones sacerdotales y religiosas, que han acaecido en España como efecto de la transición a la democracia, con el paso de una legislación que proclamaba el deber de regularse según la doctrina católica a la afirmación de la completa «descatolización» del Estado español.
Me voy a ocupar, en esta ocasión, de razonar el acierto del juicio de la Iglesia -recordemos que los juicios doctrinales no se derogan por el silencio ni por el lenguaje más o menos preciso con que se planteen cuestiones en el campo político o sociológico- atendiendo a una fuente filosófica fundamental, inspiradora del Contrato social de Rousseau, orientadora de la Ilustración del siglo XVIII y que está en el origen de la «desconfesionalización» de la sociedad política en los Estados Unidos: me refiero a la doctrina de Spinoza, el judío holandés enemistado con la sinagoga de su tiempo y más amigo de los cristianos liberales que eran los republicanos holandeses, enfrentados al calvinismo de Guillermo de Orange, el que «salvó» Inglaterra del catolicismo e instauró y reforzó la confesionalidad en el Reino de la Iglesia de Inglaterra ratificada en su protestantismo reformado, es decir, calvinista.
Bonifacio VIII promulgó una bula de las más denostadas y desprestigiadas, no sólo por los enemigos de fuera de la Iglesia, sino también desde dentro, por todos los regalistas, galicanos y febronianos y, desde luego, por los católicos liberales. Leamos el punto de partida y la definición a que llega la bula, de 18 de noviembre de 1302:
«La fe nos urge y obliga a creer y mantener y confesar que es una la Santa Iglesia Católica y Apostólica, fuera de la cual no se da salvación ni remisión de los pecados, que es único el Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, que es el Cristo de Dios, en la cual Iglesia hay un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo» (DS núm. 870).
La conclusión que contiene la fórmula definitoria dice:
«Así pues, estar sometido al Romano Pontífce es absolutamente de necesidad para la salvación para toda humana criatura. Lo declaramos, lo afrmamos y lo decimos» (DS núm. 875).
En el texto de la bula se habla de las «dos espadas», la espiritual y la temporal. «La primera, ejercida por la Iglesia: la segunda, por los reyes y soldados. Pero, según el agrado y tolerancia del sacerdote. Pues es necesario que una espada esté bajo la otra espada, y que la autoridad temporal se someta a la autoridad espiritual» (DS núm. 873).
El tema de las dos espadas se toma a partir del pasaje evangélico en el cual los Apóstoles, durante la Pasión del Señor, aluden a que tenían «dos espadas». Según el magistral estudio del padre Francisco Segarra, esta argumentación y su contexto no son lo definido infaliblemente. Lo definido infaliblemente es el universal deber de obedecer a la Iglesia en todo lo humano, fundado en que la Iglesia es la única Iglesia de Cristo.
El rey Jacobo I de Inglaterra escribió el tratado Contra la doctrina católica de la autoridad pontificia sobre los reyes. El último acto de juicio formal condenatorio de un rey, y declaratorio de que sus súbditos no le debían obediencia, por oponerse él a la Ley divina, es el de san Pío V contra la reina Isabel de Inglaterra, en una bula de 25 de febrero de 1570 (véase Historia de los papas, de Ludovico Pastor, versión castellana, vol. XVIII, Barcelona, 1931, p. 180 ss.). Notemos que es el último papa canonizado anterior a Pío X y recordemos que los ingleses católicos no lo recibieron con adhesión entusiasta. En réplica al rey Jacobo, escribió Suárez, en 1613, su Defensa de la fe católica contra los errores de lo secta anglicana con respuesta a lo apología a favor del juramento de fidelidad y el Prefacio monitorio del Serenísimo Rey de Inglaterra Jacobo.
En esta obra de Suárez, la cuestión decisiva es tratada en su parte tercera. El rey Jacobo defendía que, siendo el poder real de origen divino, era una usurpación de los papas romanos pretender que tenían juicio y autoridad sobre el poder real. Suárez argumenta contra el rey Jacobo partiendo del principio de que no podrían existir en el mundo dos autoridades soberanas entre las que no se diese ningún orden ni dependencia de una con otra: «O la Iglesia tiene autoridad sobre los reyes en lo que ha sido confiado a la autoridad de la Iglesia o, por el contrario, habrá que reconocer que la Iglesia ha de someterse al poder real». Si no se acepta la autoridad del Papa sobre los reyes, hay que aceptar la autoridad de los reyes sobre la Iglesia.
En realidad, en la hostilidad secular contra la doctrina de Bonifacio VIII estaba subyacente la voluntad de que el poder humano de las autoridades de los estados no tuviese que reconocer ninguna dependencia ni deber de obediencia respecto de los juicios morales que diese la Iglesia sobre las leyes y decisiones políticas. Esta emancipación del hombre frente a Dios, realizada a pretexto del principio de independencia de lo político respecto de la autoridad religiosa, que fue madurando desde el regalismo a través de la Ilustración de las monarquías del despotismo ilustrado, no tendría en el mundo su culminación definitiva más que en el Estado liberal. En la proposición veinte del Syllabus de Pío IX, de 8 de diciembre de 1864, leemos:
«El poder eclesiástico no debe ejercer su autoridad sin permiso ni asentimiento de la autoridad política» (DS núm. 2920).
Y en la proposición treinta y nueve, encontramos condenado el siguiente principio:
«El Estado de la República (es decir, el Estado de origen democrático), en cuanto que es el origen y la fuente de todos los derechos, goza de un derecho no circunscrito por límite alguno» (DS núm. 2939).
Recuerdo que, en los tiempos del ascenso del totalitarismo del Estado nazi, comentaban algunos que Pío IX se había anticipado a su condenación. Lo que en realidad hizo Pío IX es condenar muy explícitamente y con perfecto conocimiento de causa el liberalismo de su tiempo, que sentó el principio que desde entonces no ha hecho sino consolidarse y desarrollarse en sus consecuencias. La democracia absoluta que ahora se presenta a sí misma como la única forma de poder humano acorde con la naturaleza del hombre se fundamenta en principios filosóficos de los que se deduce lógicamente la absoluta independencia respecto de Dios de la voluntad política de los hombres.
Spinoza sostiene que «siempre que en un Estado se admita el ejercicio de una autoridad independientemente del poder político habrá, necesariamente, escisión y lucha, como ocurrió a los reyes de Israel, a los que pretendían juzgar los Profetas». Y, a partir de aquí, sostiene que «sólo el poder político puede ser fuente de la vida moral» y que «los que tienen el poder soberano son guardianes e intérpretes, no sólo del derecho civil, sino también del sagrado, y que únicamente ellos tienen derecho a decidir qué sea lo justo y qué lo injusto, lo que sea conforme o no a la piedad. Mi conclusión, finalmente, es que, en orden a mantener el derecho de la mejor manera posible y asegurar la estabilidad del Estado, conviene dejar a cada uno libre de pensar lo que quiera, y de decir lo que piense» (Tractatus theologico-politicus, prefacio).
El Tractatus theologico-politicus de Spinoza fue escrito en 1670. Fue más conocido como el punto de partida de los criterios metafísicos y epistemológicos que pusieron en marcha la lectura racionalista y modernista de la Sagrada Escritura, pero ejerció una inspiración profunda en lo más originario y auténtico del pensamiento liberal. Parece muy probable que el verdadero creador del edificio político americano, Thomas Jefferson, aparentemente «unitariano» era, en su pensamiento profundo, un discípulo de Spinoza, porque hacía ya tiempo que el unitarianismo, que se presentaba como «negador de la Trinidad», había evolucionado en la dirección del monismo panteísta y naturalista que se había expresado en forma tan explícita en la obra del judío no creyente, sino «filósofo», Baruch de Spinoza.
Los católicos liberales del siglo XIX ponían en duda el acierto y la justicia de las condenaciones pontificias sobre el liberalismo, e inspiraron prácticamente la aceptación de los principios liberales. Si hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran comprendido el profundo acierto de las condenaciones de la Iglesia.
En realidad, el Estado moderno de inspiración filosófica deriva prácticamente del panteísmo que. con formulaciones de un monismo estático spinoziano o de un monismo dialéctico hegeliano, vino a reinar en el Occidente apóstata del cristianismo a partir de la Revolución francesa. La primera proposición del Syllabus de Pío IX contiene una admirable síntesis de todos los errores contemporáneos en esta su doble raíz spinoziana y hegeliana. La proposición condenada dice así:
«No existe ningún poder divino supremo sapientísimo y providentísimo, distinto de la universalidad de las cosas, y Dios es idéntico con la naturaleza y, por lo mismo, sometido a cambio, y en realidad Dios se realiza en el hombre v en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la mismísima substancia de Dios, y una y la misma cosa es Dios y el mundo y, por consiguiente, el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto» (DS núm. 2901).
Si los católicos liberales hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran podido advertir la razón profunda de su devastadora influencía descristianizadora. El venerable obispo Torras y Bages veía la revolución liberal como la puesta en práctica delContrato social de Rousseau. Acertaba plenamente, pero podemos añadir que el propio Rousseau, en su Contrato social, viene a ser un epígono de Spinoza, en todo el sistema de su pensamiento (expuesto en la Ethica, el Tractatus theologico-politicus y el Tractatus politici).
Desde el naturalismo integral de Spinoza. carece de sentido el libre albedrío, la conciencia del deber, del mérito y del demérito, o del bien y del mal, pensados como distintos de la utilidad o del deseo al que el hombre es impulsado necesariamente por la naturaleza. Si proclamamos la necesidad natural de todas las operaciones del hombre, nos libramos del sentimiento de culpa por el remordimiento. El mismo Freud es spinoziano. Un misterio presente en el mundo contemporáneo descristianizado es la frecuencia del lenguaje moralizador, condenatorio precisamente de lo tradicional cristiano y del orden natural de las cosas -del matrimonio monógamo e ¡ndisoluble entre varón y mujer, de la fecundidad contraria al aborto, de la conservación de la vida contraria a la eutanasia, de toda autoridad en la familia y en la escuela- para cumplir literalmente la profecía bíblica: «¡Ay de los que a lo bueno llaman malo y a lo malo, bueno!».
Nuestro mundo está atravesado por la desconcertante paradoja de que la filosofía que inspira el liberalismo es determinista, negadora del libre albedrío y desconocedora del carácter personal del individuo humano. Por esto, no es de extrañar que la mayoría de los que combaten la pena de muerte defiendan la licitud del aborto y de la eutanasia. El juicio condenatorio de Pío IX en la Quanta cura y elSyllabus fue reiterado y sistematizado con precisión admirable en el plano doctrinal por León XIII, sobre todo en sus encíclicas Immortale Dei y Libertas, que presentan el liberalismo como la puesta en práctica del inmanentismo naturalista y, a la vez, advierten que el liberalismo conduce al ateísmo.
León XIII insistió en que viene del ateísmo el que el Estado conceda a todas las religiones iguales derechos. Su juicio se corresponde plenamente con la intención profunda de la concesión, por el Estado liberal, del derecho que propugnaba Spinoza de dejar a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piensa como camino para que el poder político se constituya en única fuente de ideas morales. En realidad, estamos viendo esto en la vida política interna de los estados y en la vida internacional: desde la ONU y desde la UNESCO, los criterios y las normas con que se pretende evitar el contagio del SIDA o regular la explosión demográfica en el mundo dan por presupuesto como algo obvio que desde los poderes estatales o internacionales no se ha de esperar ni se puede aceptar ninguna normatividad moral de origen religioso, procedente de cualquier iglesia o confesión.
Hay que reconocer que desde la ONU, como desde los poderes políticos estatales, ni se espera ni se aceptaría un juicio moral venido del mundo religioso. Sociológica y culturalmente, nos encontramos con la trágica exclusividad del islamismo en aparecer como una resistencia explícita a la secularización del laicismo en nuestra vida colectiva. Si se hubiese atendido a los procesos reales que hemos presenciado y que han llevado a la descristianización de la cristiandad occidental, tendríamos que reconocer dos hechos importantísimos y de significado decisivo:
En primer lugar, la injusticia sectaria que ha hecho evolucionar el Estado separado de la Iglesia hacia el Estado laicista opresor del derecho a la presencia de la fe en la educación y en la vida social, que no es algo contradictorio con los principios de liberalismo que la Iglesia condenó, ni accidental su dinamismo profundo. En segundo lugar, la hegemónica influencia del sectarismo anticristiano en los medios de comunicación social y en todos los ámbitos culturales que han conformado la mentalidad contemporánea antiteística es algo no sólo coherente con los principios del liberalismo, sino algo intentado por «principios» explícitamente afirmados como la finalidad del propio liberalismo desde sus fuentes filosóficas originarias y capitales.
Al preparar el envío de la ponencia pronunciada en Barcelona en el último congreso de la Ciudad Católica, me parece oportuno añadir unas notas sobre la filosofía profunda de los nacionalismos, a modo de homenaje al eminente pensador Rafael Gambra, recientemente fallecido, y que durante tantos años había colaborado activamente manteniendo la presencia del pensamiento tradicional en tantos ámbitos de la vida española.
En un iluminador trabajo titulado Patriotismo y nacionalismo, publicado en la revista barcelonesa Cristiandad (núm. 160. noviembre 1950, pp. 507-508), Rafael Gambra formuló un análisis profundo y fundamental sobre la génesis y el sentido de la ideología nacionalista que me parece oportuno citar literalmente con alguna extensión:
«Para los ilustrados, las diversas religiones... eran visiones burdas, representaciones populares de una más profunda verdad, que es la comprensión racional, científica, del universo. Y como complemento de este nuevo gnosticismo vulgarizado dominó, en el ambiente de las Luces, una filosofía de la historia según la cual se va operando lentamente un proceso de racionalización en el cual la razón va abriéndose paso a través de las nieblas de la ignorancia, de la superstición y de la creencia. [...]
»La actitud personal del enciclopedista, congruente con esta concepción, habría de ser idéntica a la del antiguo sofos griego, que fue heredada por el gnosticismo: un aristocrático desdén hacia las perecederas creencias del pueblo y del medio ambiente, y la pasividad meramente espectadora del «iniciado» que espera lo que necesariamente y por sus pasos contados ha de suceder.
»Sin embargo, en el seno de la Ilustración, surgió una voz que, si participante del espíritu general del movimiento, era disidente respecto de la filosofía de la historia... fue la voz la J.J. Rousseau. Para el autor del Emilio, el advenimiento de la era racional de la humanidad no ha de venir por sus pasos contados, en un lento pero necesario abandono de los ídolos, porque la irracionalidad no es meramente un estrato previo que se transformará en Ilustración, sino que es causa del mal, del único mal posible, origen de la perversión del hombre, naturalmente bueno... es preciso, en consecuencia, destruir esa sociedad para, sobre ella, edificar la nueva sociedad racional, en la que el hombre, libre de estas influencias deletéreas... recupere el máximo posible de libertad, y con ello de espontánea inocencia.
»Entonces surge de un modo explícito el espíritu revolucionario, por oposición y en contraste con el plácido espíritu enciclopedista que, simplemente, esperaba la evolución. [...]
»Esta organización de la sociedad sobre bases racionales a partir de una ruptura con el pasado debería realizarse, para ser lógica, sobre la sociedad universal, o al menos sobre un ideal universalista, antinacional.
»Sin embargo, contra la lógica interna del sistema, el constitucionalismo decimonónico admitió y se aplicó a las nacionalidades existentes, estableciéndose para cada nación una Constitución racional y definitiva que tomaba como objeto y calificativo, precisamente, el nombre de la nacionalidad. Entonces surge un nuevo y extraño sentimiento que, como el antiguo patriotismo, representa una adhesión afectiva a la propia nación, pero que no puede llamarse ya 'patriotismo' porque reniega de la obra de los padres y antepasados, y se funda sobre una ruptura con su mundo y sus valores. Este sentimiento es el nacionalismo».
A continuación, Gambra señala dos características del nacionalismo como «nueva fuerza espiritual del mundo moderno»: su naturaleza teórica frente a la meramente afectiva y existencial del patriotismo... y su absolutividad.
«Al paso que el patriotismo puede ser un sentimiento condicionado y jerarquizado... en el nacionalismo la razón de Estado es causa suprema e inapelable, y la nación o Estado, hipostasiados, comunidad abstracta, constituyen una instancia superior sin ulterior recurso».
El fundamentado juicio de Rafael Gambra responde a un conocimiento auténtico de las bases filosóficas y los condicionamientos culturales en que se gestó la doctrina nacionalista: el idealismo filosófico, elaborado en el contexto cultural del Romanticismo alemán. En esta nota de homenaje a Gambra, no haré sino subrayar los rasgos característicos de este pensamiento en el doctrinario del nacionalismo catalán. Enric Prat de la Riba, en su decisivo manifiesto La nacionalitat catalana, afirma:
«Descentralización, autogobierno, federalismo, estado compuesto, autonomismo, particularismo, suben con el astro nuevo, pero no lo son. Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora. Unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana. Son problemas internos que se resuelven en la conciencia y en la voluntad de un pueblo, como sus equivalentes se resuelven en el alma de un hombre, sin que el hombre y el pueblo dejen de ser el mismo hombre y el mismo pueblo por el hecho de pasar por estos diferentes estados».
No puedo dejar de recordar la indignación con que leía este texto de Prat de la Riba el padre Orlandis, al dármelo a conocer. Contiene un juicio desorientado y desorientador que explica, probablemente, muchas incoherencias internas y debilidades en las posturas políticas que ven en esto una inspiración de sus actitudes pero, con su vaciedad e inconsistencia, el significativo párrafo de Prat de la Riba es coherente con la inspiración filosófica que revela al escribir «la nacionalidad es un 'Volksgeist', un espíritu social o público».
Para los sistemas idealistas en que se plasmaron estos conceptos, este «espíritu del pueblo» es una más cercana y profunda expresión de lo absoluto que la fe o el culto religioso. Aunque tal vez Prat de la Riba no fuese plenamente consciente de ello, se habia ciertamente contaminado e impregnado de aquellas deletéreas concepciones filosóficas.
Se explica así que, para negar que la «unidad católica» pueda ser admitida como explicación de la existencia histórica de España, afirme que «es un contrasentido inexplicable hacer de la religión católica, que es por su naturaleza universal, un elemento de diferenciación de los pueblos. Por su origen, por su fin, por su doctrina y por su misión social, la religión católica es incompatible con la acción nacionalizadora que se le atribuye».
Podríamos observar aquí el carácter abstracto y, en el fondo, racionalista, que atribuye a la catolicidad de la Iglesia, que siempre, a lo largo de su historia, ha asumido y se ha compenetrado en la vida histórica de los pueblos, de tal manera que no sólo los pensadores católicos, apologistas de la fe y de la Iglesia en los distintos pueblos, sino la misma autoridad jerárquica de la Iglesia, ha hablado frecuentemente y ha reconocido secularmente su presencia generadora de tradición católica en los pueblos.
Hace poco tiempo, Juan Pablo II llamó a España «evangelizada y evangelizadora», y nunca la Iglesia ha dejado de proclamarse «generadora maternal» de la vida colectiva y de la tradición de pueblos como Italia, Irlanda, Polonia, Francia o Bélgica. La Santa Sede ha dado el título de Católica a la Corona española, de Cristianísima a la Corona francesa, de Fidelísima a la Corona portuguesa, o deApostólica a la Corona de Hungría.
El pensamiento implícito del extraño juicio de Prat de la Riba se pone más gravemente de manifiesto si continuamos la lectura del párrafo en que acaba de negar la posibilidad de que la Iglesia católica ejerza una acción formadora de la tradición de un pueblo. Escribe Prat de la Riba:
«Causa de individualización social sólo podrían serlo las religiones antiguas, las religiones naturales, que nacían en cada pueblo como los otros elementos de la vida popular, como el derecho, la lengua. No lo podrá ser la religión de todas las naciones y lenguas».
La extravagancia de estas afirmaciones, desenfocadas y erróneas, pone también de manifiesto que Prat de la Riba no era consciente de que, en la filosofía inspiradora del contemporáneo nacionalismo revolucionario, la negación o total olvido de la trascendencia de lo religioso sobrenatural sobre la sociedad y la cultura humana se apoya, precisamente, en aquella absolutización de lo inmanente. No se da cuenta de que, entendida como «espíritu del pueblo», universalizada y absolutizada en las filosofías idealistas, la nación pasa a tener el papel de las religiones gentiles y a dar desde luego por «cancelada» la economía sobrenatural y divinizante de la Iglesia católica, máximamente apta para ser orientadora y generadora de culturas humanas.

Acerca del pretendido anticatolicismo del Fascismo

Pequeño comentario que rebate algunos mitos sobre el Fascismo de los que se hacen eco algunos azules

Dentro del mundillo patriótico y azul, uno de los argumentos que más suele emplearse en contra del Fascismo es el supuesto carácter anticatólico del mismo y de su fundador, Benito Mussolini. Los grupos ultracatólicos, como los carlistas o algunos "piñaristas" inciden claramente en este aspecto. Igualmente, un sector muy importante del mundo azul coincide en estas apreciaciones y resalta que la dignidad de la persona humana que proclamaba José Antonio es incompatible con el Fascismo. Dentro de esta teoría se encuadrarían todos los grupos azules ajenos a FE-La Falange, así como muchos azules independientes. La teoría de un Falangismo antifascista tiene sus raíces en la Falange del régimen franquista, a la que le interesaba desvincularse del carácter fascista que pudiera tener la primigenia Falange, una vez derrotados aquellos regímenes en 1945, con vistas a hacer más presentable el régimen a la opinión internacional. Curiosamente, los pretendidos "auténticos" e "independientes" han adoptado esta teoría directamente cocinada en los hornos del franquismo más rancio. Pero eso no es el objeto de este pequeño comentario. 

Finalmente, hay un grupo dentro del entorno patriótico que ve la supuesta arreligiosidad del Fascimo como un mérito más que como un demérito. Me refiero a los paganos y a algunos nazis "new age". La tesis de este sector suele ser la expresada por Michel Schneider en su libro "Los Principios de la Acción Fascista", que viene a decir que "en su forma más original, el fascismo es republicano y anticlerical, y si en alguna ocasión, en algún lugar y momento (como ocurrió durante el "ventennio" de entreguerras) se ha asociado con la Iglesia y con la monarquía, siempre lo ha hecho con cierta repugnancia y como un mal necesario."

Como veremos, ninguno de estos defensores del carácter anticristiano del Fascismo, ya sean nazis o falangistas "independientes", lleva razón.

Michael Schneider se equivoca al sostener que la asociación del Fascismo con la Iglesia fue cosa sólo del "Ventenio fascista", una especie de "desliz pasajero" al que se vio obligado por las circunstancias. En el Ventenio, como sabemos, se establecieron los pactos de Letrán en los que por fin se reconocía el Estado Vaticano y se otorgaba a la Iglesia un lugar muy privilegiado en la sociedad italiana. Pero es que después, cuando ya Mussolini prescinde del Rey y de los posibles apoyos burgueses, la Constitución de la R.S.I. establece claramente que "La religione cattolica apostolica e romana è la sola religione della Repubblica Sociale Italiana" y dice que la R.S.I. tiene como fin, entre otros, la "la missione civile affidatale da Dio...". En otra palabras: la R.S.I., libre de todas ataduras que pudiera tener Mussolini con anterioridad, era un Estado Confesional con todas las letras. Podemos elucubrar todo lo que queramos sobre fascismos paganos o arreligiosos pero no lo podemos hacer con los datos históricos en la mano

Los defensores de la irreligiosidad del fascismo siguen insistiendo en que esto era una suerte de Realpolitik que obedecía a ciertas servidumbres de la política. Pero, en todo caso, no nos es posible saber qué política hubiera llevado Mussolini con respecto a la Religión Católica de no haber existido las servidumbres antes mencionadas. Si, efectivamente, durante la R.S.I. Mussolini hubiera dado marcha atrás en algunos aspectos, sí que podríamos concluir que la política religiosa del Ventenio obedecía a una Realpolitik. Pero es que no sólo no dio marcha atrás, sino que declaró al catolicismo como religión oficial del Estado. No tengo la plena certeza, pero creo que durante el Ventenio el catolicismo no gozaba de tal preeminencia en las leyes. En cualquier caso, de no ser así, sería igualmente una confirmación de la política religiosa del fascismo. Y como en sus 23 años de existencia el fascismo no desarrolló otra política que no fuese la del catolicismo como religión de Estado, no podemos concluir que el Duce hubiera querido otra cosa, a menos que se presente un texto donde lo diga expresamente. Y aun así, no sería del todo concluyente.

En todo caso, los Pactos de Letrán sí podrían obedecer a una Realpolitik por aquello de pacificar las siempre complicadas relaciones entre el Vaticano y el Estado Italiano. Pero la declaración de la Religión Católica como la oficial del Estado es algo que excede en mucho a las servidumbres que pudieran existir con ciertos sectores de la sociedad. Recordemos también que uno de los lemas del régimen era "Dio Patria Famiglia". Lema que podría dejar a algunos de esos sectores falangistas tan quisquillosos con la religión como una panda de ateos impenitentes. ¿Eso también formaba parte de la Realpolitik? Y no hablamos de los primeros años. El primer mandamiento de la X Flotilla MAS que se creo para defender a la R.S.I. decía así: "I) DIO - PATRIA - FAMIGLIA siano i principi della tua esistenza.". Aún hoy puedes visitar las webs de las asociaciones de ex-combatientes de la R.S.I. y dicho lema figura en el frontispicio de alguna de ellas. ¿Realpolitik?

¿Con esto estoy diciendo que Mussolini meara agua bendita? No, para nada. Simplemente intento situar las cosas en su justo sitio. Las cosas no son como algunos cuentan.

Luego está la historia del Mussolini ateo, que es repetida hasta la saciedad. Ignoro hasta que año dura su ateísmo, pero lo que sí sé seguro es que los últimos años de su vida volvió al catolicismo. Veamos qué dice su testamento:

"Ho creduto nella vittoria delle nostre armi, come credo in Dio, Nostro Signore..."

Se puede consultar en la página:
http://spazioinwind.libero.it/mussolini/documenti/testamento.htm

La verdad es que parecen unas declaraciones muy sorprendentes para alguien que es ateo. Aunque también podríamos hablar de Fra' Ginepro, el capellán y confesor de Mussolini:

http://www.italia-rsi.org/uomini/fraginepro.htm

No tengo noticia de que los ateos tengan capellanes o se confiesen. Alguien podría argumentar que durante parte de su vida Mussolini fue ateo. ¿Y eso qué importa? ¿No es acaso el Mussolini de los últimos años -el de la R.S.I. el que se reivindica? Además, creo que es norma común el dar mayor importancia a los últimos años de los grandes personajes como, por ejemplo, sucede con el José Antonio de 1935-36. ¿Acaso va a tener más importancia el Mussolini pre-fascista? ¿El que se escapó del servicio militar?

Veamos lo que dice Mussolini en "La Doctrina Fascista", que es bastante anterior a la R.S.I.:

Lo Stato fascista non rimane indifferente di fronte al fatto religioso in genere e a quella particolare religione positiva che è il cattolicismo italiano. Lo Stato non ha una teologia, ma ha una morale. Nello Stato fascista la religione viene considerata come una delle manifestazioni più profonde dello spirito; non viene, quindi, soltanto rispettata, ma difesa e protetta. Lo Stato fascista non crea un suo «Dio» così come volle fare a un certo momento, nei deliri estremi della Convenzione, Robespierre; né cerca vanamente di cancellarlo dagli animi come fa il bolscevismo; il fascismo rispetta il Dio degli asceti, dei santi, degli eroi e anche il Dio cosi come visto e pregato dal cuore ingenuo e primitivo del popolo.

De estas esclarecedoras palabras no se puede desprender que Mussolini ya hubiese vuelto al catolicismo, pero sí parece claro que el Fascismo respetaba profundamente el hecho religioso y en especial el catolicismo.

Otra cantinela que se oye con frencuencia es que Mussolini pudo mandar fusilar a algunos curas en la etapa final de la R.S.I. Esto, además de no estar probado con la suficiente claridad, no tendría nada de particular. También Franco fusiló a curas díscolos que se unieron al bando republicano, especialmente en el País Vasco. Pero no los fusiló por sus creencias religiosas, sino porque habían tomado parte activa contra él en la guerra. Es una falacia intentar presentar estos posibles fusilamientos como muestra de la arreligiosidad de Franco o del Fascismo. Los que de verdad fusilaban a curas sin la menor contemplación fueron los del bando contrario, los partisanos y los aliados, y como muestra se pueden consultar estas webs:

http://www.fascismoeliberta.net/preti.html
http://www.nonconforme.altervista.org/ARTICOLI%20-%20cappellaninellaRSI.htm
http://www.carpe-diem.it/storia/htm/clero.htm

Y no son webs nada sospechosas de clericalismo. Algunos de los asesinados eran capellanes que habían sido destinados por la Iglesia Católica para acompañar a las tropas de la R.S.I. Algunos de ellos incluso han sido canonizados por la Iglesia, como los que murieron en nuestra Guerra Civil. ¿Se puede hablar en estas circunstancias de un Fascismo anticatólico?

Finalmente, queda por abordar el tema de la dignidad humana, que tan consustancial es a la doctrina falangista. ¿Era realmente el Fascismo un monstruo inhumano? ¿Son los herederos políticos del Fascismo unos monstruos come-niños?

Uno de los argumentos por los que algunos grupos falangistas niegan toda vinculación de la Falange con el Fascismo es porque, según ellos, José Antonio afirma la dignidad de la persona y la condición del hombre de portador de valores eternos, cosa que en en el Fascismo no se da. También se suele aludir a que el falangismo es un movimiento de carácter espiritual, mientras que el Fascismo carece de esta faceta.

Pues bien, quiero pasaros un fragmento de una declaración política de los malvados fascistas italianos de Forza Nuova sobre este tema:

Noi dichiariamo la morte dell’ uomo economico e la vittoria dell’Uomo integrale che in se stesso è sia religioso sia politico sia economico. 

Noi affermiamo la centralità e la sacralità della persona, il cui fine trascende il mero dato materiale ed immanente.

Affermiamo quindi la superiorità dell’elemento spirituale sopra il dato materiale, fisico e biologico.

Noi affermiamo che la centralità e la sacralità della persona conferiscono ad ogni uomo una superiore dignità che questi è chiamato ad onorare attraverso il compimento di scelte morali conformi alle leggi naturali.

Noi rivendichiamo quindi il diritto e la difesa della vita per ogni persona dal momento stesso del suo concepimento fino al momento della sua morte naturale.

Noi intendiamo la difesa della vita come la tutela di quanto concorra al pieno sviluppo della persona in conformità alla sua natura di essere creato ad immagine e somiglianza Divina.


Supongo que más o menos entenderéis el italiano. Como véis, alguno de los enunciados se parece bastante a lo expresado por José Antonio en sus textos. A pesar de todo, según algunos avispados con camisa azul, es un pecado de "leso falangismo" el hecho de que FE-La Falange pacte con este tipo de grupos fascistas. Esta gente debería leer y viajar más porque tienen una incultura política que clama al cielo.

En resumidas cuentas, pienso que la imagen de un Fascismo anticatólico e inhumano está promovida de forma artificial con unos fines muy concretos pero no se ajusta a la realidad. Es irracional y totalmente impúdico seguir agarrándose a mentiras de ese calibre. Con ello no estoy afirmando que la Falange tenga un carácter fascista, que sería tema más complejo y daría para otro artículo. Esto es sólo una anotación para el debate. 


TOMADO DE: Hispanismo.org

sábado, 5 de abril de 2014

5 de abril de 1992

"Señores: ¿cuál es el principio del Sr. Cortina? El principio de S. S., bien analizado su discurso, es el siguiente en la política interior : la legalidad, todo por la legalidad, todo para la legalidad, la legalidad siempre, la legalidad en todas circunstancias , la legalidad en todas ocasiones; y yo, señores, que creo que las leyes se han hecho para las sociedades, y no las sociedades para las leyes, digo : la sociedad, todo para la sociedad, todo por la sociedad, la sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasiones.
Cuando la legalidad basta para salvar á la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura. Señores, esta palabra tremenda, qué tremenda es, aunque no tanto como la palabra revolución, que es la más tremenda de todas; digo que esta palabra tremenda ha sido pronunciada aquí por un hombre que todos conocen; no ha sido hecho por cierto de la madera de los dictadores. Yo he nacido para comprenderlos, no he nacido para imitarlos. Dos cosas me son imposibles : condenar la dictadura y ejercerla. Por eso lo declaro aquí alta, noble y francamente. Estoy incapacitado de gobernar : no puedo aceptar el gobierno en conciencia : yo no podría aceptarle sin poner la mitad de mí mismo en guerra con la otra mitad, sin poner en guerra mi instinto contra mi razón, sin poner en guerra mi razón contra mi instinto.
(...)
Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso como cualquier otro gobierno, es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida social. La vida social, señores, como la vida humana, se compone de la acción y de la reacción, del flujo y reflujo de ciertas fuerzas invasoras y de ciertas fuerzas resistentes."

Del Discurso sobre la dictadura, de Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas



miércoles, 2 de abril de 2014

1 de abril: 75 aniversario del triunfo en la Cruzada de Liberación

Un 1 de abril de 1939 terminaba la Cruzada de Liberación española, con el glorioso triunfo del Bando Nacional sobre las huestes rojas y anticatólicas. ¡Honor y gloria a los vencedores que lucharon y murieron por Dios, la Iglesia y su Patria!
¡Viva el Bando Nacional!
¡Viva España Católica!
¡Viva Cristo Rey!